Historias de Espionaje. Por : José Julio Perlado.

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Desde la Biblia a la historia clásica y bizantina, pasando lógicamente por los avatares de la Edad Media y del Renacimiento, el espionaje y los espías, cada uno con su ropaje y su envoltura de misterio, han sido protagonistas embozados en las esquinas de la sospecha, como si de un “tercer hombre” se tratara esperando paciente entre la música de los tiempos. Si se hojeara la Historia descubriríamos espías entre los cuerpos diplomáticos de Europa y no nos sorprendería cómo Reyes, tiranos y príncipes  mandaron siempre espiar o  espiaron ellos mismos. Shakespeare, entre otras pasiones del alma, retrata alguna vez esa continua inclinación al silencioso y secreto control del enemigo. ( José Julio Perlado).

 

 

 

 

Historias de Espionaje. Por: José Julio Perlado.

 

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La reciente aparición de la novela de John Le Carré, “El hombre más buscado”, publicada por el autor a los setenta y ocho años de edad, tras éxitos como “El espía que surgió del frío” en 1964, “El honorable colegial”, “El topo”, “Llamada para un muerto”,La gente de Smiley” o “Asesinato de calidad”, entre otros, nos sumerge en las profundidades históricas del espionaje mundial, algo que parece de ayer o de hoy  pero que hunde sus raíces en viejos siglos.

Desde la Biblia a la historia clásica y bizantina, pasando lógicamente por los avatares de la Edad Media y del Renacimiento, el espionaje y los espías, cada uno con su ropaje y su envoltura de misterio, han sido protagonistas embozados en las esquinas de la sospecha, como si de un “tercer hombre” se tratara esperando paciente entre la música de los tiempos. Si se hojeara la Historia descubriríamos espías entre los cuerpos diplomáticos de Europa y no nos sorprendería cómo Reyes, tiranos y príncipes  mandaron siempre espiar o  espiaron ellos mismos. Shakespeare, entre otras pasiones del alma, retrata alguna vez esa continua inclinación al silencioso y secreto control del enemigo.

 

 

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Fouché, jefe de policía de Napoleón, supo organizar muy hábilmente a sus espías y los tratados sobre técnicas de espionaje tienen en Oriente un volumen célebre, el “Ping Fa”( de 510 años antes de Cristo), escrito por Sun-tzú, que fue lectura obligatoria de los agentes chinos y que durante la Segunda Guerra Mundial se distribuyó entre los miembros de la Fuerza Aérea británica en Ceilán. En China también podemos encontrar el “San Kuo”, de Lo Kuanchung, (1260-1341), novela que se dice era consultada por Mao Tse-tung y por las guerrillas del Vietcong.

 

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El espionaje siempre ha ido tras las evoluciones de los tiempos. Hoy día se espía industrialmente con aparatos diminutos los aciertos decorativos de ciertos escaparates o se sigue el rastro que van dejando en Internet las pisadas que las yemas de los dedos realizan al avanzar por los buscadores. Todo se espía. El Gran Estado espía desde el vientre de su maquinaria de impuestos, las ciudades lo hacen desde las fachadas de las calles y plazas por donde caminan los viandantes y John Le Carré culmina su obra con otra historia en la que se mezclan refugiados musulmanes, adolescentes chechenos, servicios secretos alemanes, ingleses y norteamericanos, todo ello en el marco de una nueva guerra fría entre el terrorismo fundamentalista y las defensas de Occidente con la batería de sus aparatos de contraespionaje.

Los nombres en el mapa literario del espionaje son numerosos. Brillan especialmente cuatro, ya clásicos por sus obras: Conrad, Somerset Maugham, Ambler y Graham Greene. El primero con novelas célebres, como “El agente secreto”, la gran narración de un suceso anarquista en el centro de Londres. Para Conrad espiar no es un fin sino un medio. El fin, para Conrad, es la naturaleza absolutamente vil de la revolución, donde los espías tienen un repulsivo papel. En el caso de Somerset Maugham, sus relatos de “Ahesenden” estaban basados en las experiencias del autor como oficial de inteligencia y se ha dicho que la postura moralmente neutral de Maugham sentó las bases sobre las que trabajaría Ambler y mucho más tarde John Le Carré, mientras que la frialdad de uno de los personajes de Maugham frente al asesinato sería adoptada y adaptada por Ian Fleming para su “James Bond

 Por otra parte, la mejor novela de Eric Ambler, “La máscara de  Demetrios” – en la que se pone en escena a un escritor en busca de las huellas de un espía criminal que ha muerto y cuyo retrato intenta recomponer – figura como una obra intensa que jamás decae. Graham Greene, por su lado, mantiene el espionaje a un gran nivel literario en “El agente confidencial, “El Ministerio del miedo”, “El tercer hombre” o “El factor humano”, entre otros. Son estos quizá los cuatro grandes autores sobresalientes, aunque los hay muy abundantes en calidad dentro de este género. La obra de John Buchan, por ejemplo, a quien la versión cinematográfica de “Treinta y nueve escalones” hizo célebre, el citado Ian Fleming con su serie sobre Bond, Len Deighton con “Funeral en Berlín” o Le Carré con tantas publicaciones ya aludidas aquí se abren paso entre muchos otros autores de los años 50 y posteriores (Weismiller, Adam Bell, MacInnes, Gardner, Frederick Forsyth, etc, etc) Una lista mucho más amplia, llena de riqueza y de aciertos.

 niebla                                                                                                      Graham Greene, preguntado sobre Le Carré, contestó en una ocasión hace ya años: “Es mucho más joven que yo y, en consecuencia, su experiencia política me parece mucho más limitada que la mía. En una entrevista por la radio decía que yo era demasiado simple, si no ingenuo, para entrar en los terrenos de la política, y que había quedado anclado en la problemática de los años treinta”. Ello quizá era cierto, pero la calidad de las historias las enriquece el tiempo. Los tiempos han cambiado. Ahora acaso el espía está tan cerca de nosotros que nos observa desde dentro del ordenador. Si salimos a la calle es un espía distinto el que nos sigue sin apenas darnos cuenta. Resuenan unos pasos que nunca habíamos oído y que jamás volveremos a oír  porque los pasos cambian y las suelas de quienes nos espían se van adaptando a los problemas de cada siglo y la astucia del espiar se basa en que nadie nos descubra que nunca somos nosotros los espiados sino que nosotros somos los que espiamos siempre.