Ángeles caídos: Mireia. C. Zubiaurre.- Nublada Tierra: Iasone Cañada Zorrilla

Nunca sabrás cuán difícil me resultaba rescatarte cada atardecer de entre los ángeles caídos. (Mireia. C. Zubiaurre.)

Se acortan las horas de luz desde otro lugar del espacio, no desde el tiempo. (Iasone Cañada Zorrilla)

 

Ángeles caídos. Por: Mireia C. Zubiaurre

Lo único que jamás me perdonaré será mi incapacidad por hacerte comprender que el sol también salía cada día para ti.

Te esperaré en la Plaza Roja de Moscú, nos veremos allí, en el sueño nunca alcanzado, la salida, tal vez la luz que intuía para ti. Ahora es demasiado tarde, pero aún así, allí estaré. Tú tomaste una decisión que te arrastró al vacío, no podrás reprocharme que yo elija mi propio camino, mi propia solución y opte por pasar el resto de la vida que me queda por consumir entre sueños y recuerdos, recuerdos que me embriaguen y me acompañen en mi calvario, recuerdos que justifiquen esos sueños que ya nunca cumpliré. Viajar y vivir la vida, olvidar o al menos engañar a la bestia que te acechaba noche y día cual animal de presa, ávida de venganza y culpa, deseosa de arrebatarte el más mínimo atisbo de alegría, esa sensación que ya no más supiste generar, bestia que yo no fui capaz de batir.

Lo veía en tus ojos cada mañana, el destino amenazante, ni tan siquiera la voluntad de pedir ayuda y yo lo veía, lo sabía. ¿Qué podía hacer yo? Nunca sabrás cuán difícil me resultaba rescatarte cada atardecer de entre los ángeles caídos, escarbar entre las piedras, entre la tierra apelmazada y putrefacta para recuperar lo que iba quedando de ti, regresar al hogar y recomponer ese alma tuya, encerrada y carcomida por sentimientos que hacía tiempo debiste desechar.

Si bajo el calor irrompible de la noche supimos dibujar nuestra vida, pudimos volver a intentarlo y por lo que me diste y viví, quise esperar a pesar del frío mortal que exhalabas. Esa fue tu decisión, no hay perdón y el alma se te ennegreció hasta que encontraste la redención, tu auxilio, tu descanso. No hay lugar para los reproches, ya nada era como entonces, pero yo también perdí la alegría que nos inundó durante tres años, yo también sufrí, yo también estuve aquí; ahora lo he perdido todo.

 

La Naturaleza, caprichosa, ha creado almas de piedra, pero también de cartón y de frágil papel, que la mía pudiera ser a tu entender de dura roca no te otorga, a mi entender, el derecho a probar su resistencia abandonándome primero con tu vacío interior y después con tu ausencia definitiva. Si esa fue tu conclusión, si pensaste antes del último estertor que yo todo lo resistiría, tal vez habría sido mejor que me hubieras probado apoyándote en mí y no provocando un derrumbe seguro. Ahora tengo mucho tiempo para recomponer mi alma de piedra, aunque ya no sé si seré capaz de colocar cada pieza en su sitio y si ni tan siquiera merecerá recuperar su nombre; no hay reproches, pero el daño está hecho, ya comienzan a caer, una a una, las piedras de esa alma imbatible. Qué ironía…

No tengo quien quiera leer en mis ojos cada mañana mi destino ni mi pasado, más que un estúpido espejo que me devuelve la imagen del fracaso y la angustia fiel que nunca me abandona. No tengo quien quiera lavarme lo negro de mi interior ni espantar mis malos sueños; no tengo quien venga a rescatarme de entre mis ángeles caídos y no veo la luz que me levante. Empiezo a dudar de mi resistencia, todo se vuelve incomprensible y no tengo a nadie que alivie la sensación de ahogo; no encuentro la salida, no logro entender por qué.

Por eso solo me queda sobrevivir entre recuerdos de placer, de alegría y esperanza, sobrevivir enganchado al pasado por aguantar el presente y esperar un futuro incierto en el que, tal vez, me permita el lujo de cerrar las puertas del infierno y abrir las de un paraíso utópico en el que no seré capaz de olvidar, pero al menos vivir, comenzar un nuevo sueño, nunca jamás compartir el tuyo, el nuestro, y ofrecer mi  maltrecha alma de piedra a quien quiera imaginar lo que yo creía inerte y hacer que de la nada misteriosa surja otro ángel, aquel que, esta vez sí, tú no quisiste crear.

                

 

  

De entre mi confusión observo en primera línea la dureza de la vida, la incapacidad humana por controlar su destino y sus sentimientos, la impotencia ante el dolor, lo incontrolable ante lo adverso; observo la necesidad de apoyo y compruebo la debilidad del más fuerte. No hay lugar para los que flaquean en este infierno en el que puede llegar a convertirse la vida, si no para aquellos que logran levantarse conscientes de lo que les ha tocado por destino, obstinados, no cejan en su empeño por mantenerse en pie entre el resto de mortales que se deslizan suavemente allá donde los condenados solo encuentran precipicios sugerentes y puertas falsas hacia ninguna parte, más que el vacío mortal.

Sé lo que tengo, los recuerdos no me abandonan ni nunca me abandonarán. Sé lo que debo hacer, mis sueños son tus sueños y solo contigo los puedo y quiero compartir. Allá donde estés, yo siempre estoy presente, siempre te espero, siempre vuelve a mi, recuerdo.

Pero la vida aún sabrá darme lo que perdí y, aunque allá me hallaréis, en la Plaza Roja de Moscú, salgo a buscar una nueva oportunidad que disipe esta oscuridad y a un nuevo ángel al que ver alzar el vuelo.

 

 

Nublada Tierra por: Iasone Cañada Zorrilla

 

Cielo oscuro. Cielo roto. Cielo bajo, pegándose a la tierra nube a nube. Gota a gota inundándolo todo. Mar enloquecido, gris verde espuma.

Arriba, siempre el azul intenso del firmamento infinito. Soledad devastadora.

 

Sin la luz abierta llenándolo todo, se acortan las horas de luz desde otro lugar del espacio, no desde el tiempo. Necesito la luz con la misma avidez que recibe la tierra reseca esta lluvia imparable.

       

 

 

 

 

    

Miro la tierra húmeda y fresca desde mi corazón encogido.

 

No me basta con mirarla. Embarro mis manos y respiro el increíble aroma de esta tierra tan fértil y maravillosa. Las flores brillan más y se abren con una plenitud extraordinaria… las gotas se quedan en sus bordes como lagrimas repletas de ternura que al caer sobre mi mano, acarician mi corazón nublado.

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Me acerco aún más, mojada y extasiada, buscando la manera de devolver a este rincón de tierra, tanto amor y color, tanta bondad. Susurro las melodías que me inspiran, hasta que el atardecer trae poco a poco el íntimo silencio de la noche. Me siento acompañada y en la misma cadencia en que los pétalos se repliegan uno a uno, mi corazón se abre en la certeza de lo profundamente unida que está mi vida a esta tierra. Apoyo mi cabeza sobre ella escuchando su latido hasta acompasarlo con el mío.

 

Mojada, sucia y reconciliada vuelvo a casa.