Viento sobre el mar: Por Olga Muñoz

Había preguntado y sabía que mi destino no estaba demasiado lejos. (Olga Muñoz)

Viento sobre el mar: Por Olga Muñoz

El cielo era como una capa de cemento que se empeñaba en teñir todo el lugar. Nunca había estado en invierno, en un pueblito de esos típicos de vacaciones que tanto tenemos en España. Me costaba imaginarme aquellas, calles completamente vacías y grises, llenas de pantalones floreados, y sufridos padres cargados sombrilla al hombro. Lo que más me llamó la atención fue  la ausencia de ruido. Un silencio casi tan gris como el cielo se había apoderado del lugar haciéndole un tanto desapacible. Pensé que  cuando se crean espacios para algo concreto, cuando es el hombre el que destina un lugar para una determinada actividad es muy difícil que ese lugar, ese espacio resulte atractivo.

 

 

Anduve por aquellas calles. Había preguntado y sabía que mi destino no estaba demasiado lejos, así que preferí caminar por aquél lugar vacío silencioso. Empezó un viento que casi era un vendaval. Pasados unos 100 metros comencé a oír el silbido del aire y un ruido especial que le acompañaba. Giré por la primera calle a la derecha y ante mi, conquistándome para siempre, apareció aquella playa vacía, donde las olas iban y venían libremente, sin temor a nadie que las molestara. Rompían unas con otras, chocaban contra el pequeño malecón que conformaba el minipuerto deportivo. Algunas embarcaciones se balanceaban en un baile cerrado con aquel viento que silbaba sin parar.

 

Y una vez más, la naturaleza pudo más que cualquier obra creada por el hombre. El mar, el aire, el cielo infinitamente gris fueron uno y fue un verdadero placer sentirme parte de la naturaleza en su estado mas puro.