Frente al espejo: Por Olga Muñoz

 El sábado pasado, como tantos otros, he estado en aquella casa…(Olga Muñoz)

Frente al Espejo.   Por: Olga Muñoz

Recuerdo aquellas tardes en las que, junto a mi hermana y una amiga, empezamos a descubrir el mundo de las emociones. Ellas son un poco mayores que yo, así que siempre me aproveché de su incipiente sabiduría.

 

Recuerdo aquellas tardes mágicas.

 

Eran tardes de calor de verano en Madrid, de ese Madrid en el que, entonces, la hora de la siesta era sagrada y la casa entera dormía hasta las 5 de la tarde, hora en que del 4º izquierda exterior la voz, a puro de grito, de un conocido locutor nos despertaba a todos. Bueno, no a todos, nosotras tres entonces salíamos disparadas del baño, lugar habitual para nuestras conversaciones.

 

Aquel minúsculo cuarto de baño ha sido, sin duda, la habitación más concurrida de la casa. Era como el camarote de los hermanos Marx. No entiendo qué atractivo tenía aquel lugar, pero siempre acabábamos ahí. Seguramente por estar bastante separado del resto de las habitaciones y, sobre todo, porque en aquel tiempo uno de los entretenimientos principales de esas tres jovencitas que éramos entonces, era elegir un peinado, probar barras de labios, sombras de ojos, mientras mi hermana y su amiga se contaban algún secreto que, inevitablemente, tenía que ver con chicos.

 

Resultaban tan emocionantes aquellos preparativos de una tarde de sábado en la que una de las dos “había quedado”…

 

 Todo comenzaba en el pequeño baño, allí llevábamos nuestros tesoros. Una sentada en la taza, casi siempre yo, y la protagonista del día sentada en aquel taburete pintado de blanco en el que, pacientemente, se dejaba hacer pruebas de peinados, uno tras otro, para luego comprobar el resultado en el espejo. Normalmente también llevábamos allí la ropa y así, una vez acabada la operación, la “reina del día” salía totalmente arreglada para la ocasión. Tengo que reconocer que muchas veces mi madre se nos unía. Mi madre siempre ha sido muy hábil con el peine y las tijeras. Su especialidad eran los moños, así que ahí íbamos nosotras la mar de colocadas con aquel moño que ella había visto en alguna revista de cine de la época.

 

El sábado pasado, como tantos otros, he estado en aquella casa, en aquel antiguo baño. Todavía hay en él muchas de las cosas que había, aunque ha sufrido algún pequeño cambio. Así, eché de menos aquel tirador de cisterna de plástico blanco, que en su día cambiamos por aquello de la modernidad. Recordé como, al descubrir que se abría, guardamos un pequeño trozo de papel en el que un chico del barrio había escrito una notita y allí debió permanecer, como un tesoro escondido, durante meses. Las altas ventanas, el espacio reducido, la misma banqueta, casi todo estaba allí pero nada era lo mismo.

 

Me di cuenta de la extraordinaria capacidad que tenemos los humanos para cambiar la realidad y ver en ella aquello que queremos ver. O quizá, por el contrario, vemos lo que de verdad “es”, lo que de verdad importa y todo lo demás, el continente, lo dejamos a un lado cuando todavía somos puros, frescos, como aún éramos. Entonces nos importaba sólo el significado de aquellas tardes, de aquellos momentos en los que lo que había, y había hasta rebosar, eran nuestros sentimientos, nuestras emociones, esas ganas de vivir en cada minuto llenándolo todo de una atmósfera de especial cercanía que ha permanecido a lo largo de los años. Éramos lo que se suele llamar “amigas”, pero creo que éramos mucho más que eso, éramos tres personas que juntas empezábamos a descubrir el mundo y a comprobar que la amistad es mucho más que hablarse o verse a menudo.

 

 

Y allí, frente al espejo, con el pelo recogido como entonces, me pinté los labios, los ojos. Probé a soltarme el pelo, me hice un pequeño moño, jugué con los diferentes coloretes que aún encontré por los cajones, sonreí y volví a sentirme aquella niña despertando a la vida.