De Arte, mentiras y paraguas.

Percepción capaz de generar auténticas obras de arte, inspiración perturbada, real como la vida misma, creadora de auténticos estilos artísticos universales. (Mireia. C. Zubiaurre)

Me vuelvo hacia quien en el fondo de su mirada siempre mantiene una luz (Iasone Cañada)

Era como si aquel paraguas estuviera pidiendo clemencia. (Emma Rosa Rodríguez)

 

Formas de Expresión Artística . Por : Mireia. C. Zubiaurre

Durante miles de años, desde que el hombre es consciente de su existencia y de su pertenencia a un mundo complejo e incontrolable, ha mantenido una extraña e intensa relación con el arte en todas sus facetas. Más allá del concepto objetivo de arte, este es una prueba palpable de la evolución psicológica del ser humano, de su adaptación al medio en el que le ha tocado sobrevivir, de sus inquietudes personales, de sus dudas. Así, cuando la inseguridad ya no provenía del exterior, cuando lo indomable y temible era científicamente pacificado, las musas surgían de lo más profundo y desconocido de la mente humana, con absoluta libertad y crudeza visual, la realidad tal y como se nos presenta, la realidad tal y como los artistas la viven y entienden. Percepción ésta capaz de generar auténticas obras de arte, inspiración perturbada, real como la vida misma, creadora de auténticos estilos artísticos universales.

 

En la Grecia Clásica el respeto y temor hacia los dioses del Olimpo quedó magistralmente reflejado en esculturas que buscaban la perfección absoluta del cuerpo humano a la vez que la máxima expresión del castigo divino en obras como el Laocoonte de Agesandros, Polydoros y Athenodoros.

La inspiración, la presión artística llegaba entonces del exterior, del poder de unos dioses temibles y vengativos que trajeron consigo la explicación a algunas de las dudas existenciales del hombre de la Grecia Clásica.

Siglos después, la presencia absoluta y omnipotente de la iglesia sobre una población medieval analfabeta y temerosa de Dios, favorecieron el nacimiento del Románico precisamente a las puertas del año 1000, del pregonado Juicio Final, del perdón o el castigo del Dios Todopoderoso. Las iglesias y catedrales románicas se convirtieron en el medio idóneo para, con sus esculturas y motivos decorativos, aleccionar y atemorizar a los súbditos de un Dios que exigía una vida ejemplar y de entrega a los principios cristianos. Fervor religioso, búsqueda de refugio físico y espiritual, temor a Dios… las dudas provienen de un hipotético más allá, de la vida tras la muerte y se asientan en el mundo real en forma de bellas esculturas de piedra que ejercen de poderoso reclamo ante los ojos ignorantes de los fieles.

( Caspar David Fiedrich. Caminante sobre el mar de Niebla)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con el Romanticismo, la magia medieval resurgirá entre sentimientos incontrolables y trágicos, cuya única salida liberadora no parece ser otra más que el suicidio romántico y exagerado. Espíritu de rebeldía entre paisajes oníricos, de belleza mortal y sutiles nieblas: la mente subjetiva del hombre se abre paso entre reminiscencias mitológicas y bucólicas.

¿No es el arte el resultado de un proceso con claros matices psicoanalíticos?

Vincent Van Gogh plasmó en sus obras la angustia interior que sufría mediante un cromatismo extremo con el que parece liberar la bestia sin control en la que llegó a convertirse su mente de artista. Su sufrimiento quedó descubierto en un estilo artístico innegable que aún nos perturba y que influyó a generaciones enteras de artistas.

Lo mitológico y fantástico es fuente de inspiración por lo mágico y moldeable de su significado, pero ya no es la explicación única de lo que sucede en el mundo humanamente conocido, la ciencia objetiviza la concepción de lo visible y lo invisible, lo palpable y verificable. La inspiración agresiva que genera obras auténticas surge de lo más profundo y temido de la mente humana, se le da alas y una libertad que no esperaba, quedando las sensaciones y visiones artísticas plasmadas en obras de difícil comprensión: es la complejidad del subconsciente humano.

 Edward Munch. El Grito. )

“El grito”, de Edvard Munich nos aterra por su realismo psicológico, por su conexión con el miedo y la angustia vital que todo ser racional puede llegar a sufrir en algún momento de su existencia. Lo grotesco y desesperante se convierten en la mejor y más acertada forma de crear estilos que emanan de las profundidades mismas de la mente humana. El Expresionismo allana el camino a lo que posteriormente daría alas al subconsciente más fantástico y llamativo de la historia del arte. El Surrealismo, bajo la influencia teórica de Sigmund Freud, es una puerta abierta de par en par al mundo de los sueños y los deseos inconfesables e incontrolables de la mente, de los símbolos y las figuras cuasi realistas que esconden tras de sí la existencia de deseos e impulsos primitivos autocensurados y socialmente controlados. La obra surrealista atrae, atrapa y mueve la curiosidad, a la vez que perturba el sueño del subconsciente humano, del de aquel que la observa y se cuestiona su significado.

Sorprende y maravilla la frialdad metálica que exhalan las nuevas creaciones arquitectónicas, hijas de un estilo peculiar como es el del deconstructivismo. ¿Qué significan esas calles infinitas de edificios acristalados, fríos, cerrados a la vida exterior? ¿Qué significan esos edificios sobreiluminados en la noche que, como pavos reales del urbanismo, con su plumaje desplegado, buscan y desean miradas de admiración?

¿No responden a esta sociedad que desea vivir con un pie puesto en el siglo que está por llegar, a su frialdad, su hermetismo, a su necesidad constante por ser halagada, observada, admirada? ¿Qué no saben albergar esas avenidas sin fin en las que el tiempo corre fugaz, sin posibilidad de disfrutar del momento más que continuar el camino de la vida sin detenerse a pensar :”¿esto está realmente bien?”.

Sin embargo, cautivan sus miles de luces asépticas, su resplandor fantástico entre la siempre cautivadora noche y por un instante encontramos las puertas abiertas al placer y al sueño efímero; compartirlo raya con la locura.

  ( BerliPlatz)

¿Qué significan esas luces de neón, ese miedo a la oscuridad, ese anhelo por alargar el día por evitar los monstruos de la noche, los pensamientos inconexos, la voz de nuestro interior?

La calle infinita, atrayente y siempre viva, nos invita a continuar adelante, cegados por un resplandor que no cesa hasta agotar la mente, hasta domar el pensamiento más surrealista y alejado de la cordura.

 

Es el arte actual una muestra del agotamiento intelectual y artístico que acaba desplegando sus intereses sobre el dolor y la miseria humana, sobre los sentimientos más confusos y la realidad más cruda. La belleza a primera vista ya no vende, la búsqueda del impacto sobre quienes contemplan una nueva obra de arte arrastra al creador a mundos e inframundos impensables en la Grecia Clásica. Es la sociedad de nuestros días, presa de una selección natural en la que el destino parece gobernar más de lo humanamente deseable, hundiendo a una parte de seres racionales en la más profunda de las miserias existenciales. El arte lo estudia, lo muestra y expone ante la mirada, entre indiferente y atónita de un espectador ocasional.

Sin temor a dioses mitológicos ni juicios finales, los edificios del siglo XXI son auténticos laberintos en los que uno se pierde entre pasillos y estancias sin fin como se pierden los pensamientos sin sentido y vacíos, solo dolorosos y obsesivos. Obras de arte incomprensibles que invitan a la reflexión, a la especulación, al pensamiento ilógico. No son obras clásicas fáciles de ver y de sentir, de comprender y digerir, sino que son obras con un significado oculto, tal vez más cercano a nosotros de lo que a primera vista puede parecer desde sus formas imposibles de hormigón, plástico y hierro.

Antiguamente las poblaciones deseaban catedrales grandiosas, majestuosas, que mostraran con su grandeza su poder y devoción religiosa. Hoy en día las ciudades parecen pugnar por lo edificios más llamativos y extravagantes, por las obras al aire libre más confusas, proclives a recibir pintadas reivindicativas y a convertirse en el próximo lienzo del graffitero de turno.

 

Del miedo que sentía el hombre en la Antigüedad ante fenómenos y situaciones que se le presentaban en el día a día, aún incomprensibles y fuera de control  se ha evolucionado hacia una absoluta falta de respeto por las obras de arte, por lo que éstas representan y, en definitiva, por el hombre y su sufrimiento.

 

La Mentira . Por: Iasone Cañada

¿Qué se le puede decir a alguien que no tiene conciencia?

La mentira… ¡qué manera de tomar posesión de los seres que la priorizan en su vida!

Nunca dejan de impresionarme los que inician una ruta sin retorno…con su primera mentira. Esa que necesita de otra más y de otra para sustentarse… y que debe ser alimentada adecuadamente a cada segundo… no sólo en los gestos y en la distribución emocional de su cuerpo… sino de montar su realidad basándose en esas mentiras. Una realidad forzada para responder así. Unos recuerdos forzados a recordar así. Un lenguaje obligado a elegir las palabras así.

Es sólo empezar.

Es sólo no tener ninguna otra cosa por la que destruirla.

Es sólo poder.

Más poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hablo de las personas, que sustentan la mentira hasta creérsela de tal manera, que la consideran como una verdad. ¿Hay alguien más peligroso?

 

Se la creen hasta el punto de construir poco a poco un pequeño y asfixiante mundo en que apoyarla y mostrarla al planeta revestida de un halo verdadero.

La defienden con la violencia extrema de un alma aterrada y derrotada por una mente perversa y fría que “sabe” que miente, pero le sigue dando beneficios.

 

¿Hasta donde creen poder estirar el hilo de la vida?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Busco otras manos fuertes que den calor a este frío insoportable que desprende su corazón cuando mirándome de frente son capaces de seguir mintiendo sin conciencia, aun sabiendo que lo sé. Que te sé. Que os conozco.

Prefiero ésta soledad, que la de las piedras frías y desérticas donde nada crece sino únicamente se erosiona por el paso seco del tiempo. Ritual de destrucción.

 

La tristeza podría dejarme exhausta. Pero sería reafirmarles en sus creencias. Mi único modo de responder por ahora, a estos seres, es encontrar una y otra vez ése lugar en el interior de mi misma, inviolable, y reforzarlo.

 

 

 

Volver la mirada hacia lo perdurable, hacia lo que la naturaleza fértil siempre empuja a crecer. Los colores que diferencian a las criaturas de éste mundo… son colores que no importa como se esparzan y mezclen por la tierra… siempre componen un bello dibujo. Me vuelvo hacia quien en el fondo de su mirada siempre mantiene una luz. Hacia los corazones que siempre eligen el riesgo de ser verdaderos.

 

Busco ahora el mar… necesito sentirme parte de algo espléndido e inmenso. Sentir que pertenezco a un universo infinito que diluye las pequeñas cosas cotidianas dejando mi vida, hoy, del color de la paz tranquila… a z u l.

 

Lunes de Paraguas Tristes . Por: Emma Rosa Rodríguez.

 

Fue un lunes.  Pero podría haber sido un martes, un sábado o, incluso, un domingo.

Salí de casa por la mañana, no muy temprano. Caía una lluvia finísima que apenas llegaba al suelo, parecía que el cielo estuviera desperezándose y no se hubiera decidido todavía a llover en serio o a escampar en firme.

Iba por la calle, como casi siempre, ensimismada en mis pensamientos sin prestar demasiada atención al entorno. Es curioso,  se puede vivir en un precioso lugar, rodeada de paisajes tan bellos que si los contempláramos en cualquier postal  los admiraríamos, y sin embargo los tiene una cerca y no les presta ninguna atención.

Mis pasos eran tranquilos, no tenía mucha prisa, en mi cabeza estaban recolocándose ideas para un nuevo artículo que quería escribir. Entonces, los descubrí: En una papelera, apiñados y retorcidos, estaban tres paraguas, con las telas rasgadas y las varillas rotas, como sin vida; descansaban allí en una especie de tumba, conformando un macabro florero de estrambóticas flores.

(Caillebote. La plaza de Europa bajo la lluvia)

Aquella estampa me pareció un tanto extraña, pero enseguida la olvidé. No obstante un poco más adelante…

Quizá el destino se había empeñado en acompañarme en mi camino y convertirse en protagonista de mi paseo  porque, tirado al lado de la acera entre la hierba mojada había otro paraguas, también destrozado, pero a diferencia de los otros, éste, estaba solo, abandonado bajo la lluvia fina, en medio de un charco que semejaba su propia sangre o sus propias lágrimas, la tela ondeando al viento y dejando ver sus varillas como si de un esqueleto se tratara.

Aquella imagen sí me impactó. Era como si aquel paraguas estuviera pidiendo clemencia, estuviera suplicando que una mano le buscara un sitio donde poder cobijarse, donde no tuviera frío, donde pudiera morir tranquilo.

A mí, en aquel momento, se me asomó la tristeza a los ojos y me vino a la mente un famoso verso de Bécquer, y me dije a mí misma: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos…”