Jan Garbarek. La compleja sencillez del saxo. Por: Alfredo Rodríguez.

Jan Garbarek… El único saxo tenor jazz europeo capaz de ejercer una profunda influencia en el panorama jazzístico norteamericano. (Alfredo Rodríguez)

Jan Garbarek. La compleja sencillez del saxo. Por Alfredo Rodríguez.

El pasado 4 de marzo, el saxofonista noruego Jan Garbarek, cumplió 61 años de prolífica actividad musical desde que a los 14, este hijo de un prisionero polaco y una campesina noruega, escuchara en la radio a John Coltrane tomara la decisión de dedicar su vida a ese instrumento. Se compró un método de aprendizaje y empezó a practicar la digitación incluso antes de tener el instrumento en sus manos. Esos primeros pasos fueron sólidos, ya que en 1961 ganó un concurso musical para aficionados y a los 18 años, ya estaba en la orquesta de George Russell y participó en la grabación del disco Otello Ballet.

 

Mucho ha sido el camino que ha recorrido este noruego, hasta convertirse en el único saxo tenor jazz europeo capaz de ejercer una profunda influencia en el panorama jazzístico norteamericano, a pesar de que sus orígenes musicales no tienen nada que ver con la raíz afroamericana del jazz nacido en los Estados Unidos.

 

En 1968 formó su primer trío con el contrabajista, Arold Andersen, y el baterista, Jon Christensen, a los que se incorporaría, al año siguiente, el guitarrista, Terje Rypdal. En ese mismo año grabaría su primer disco Esoteric Circle, que les abrió las puertas del sello alemán ECM en lo que fue el inicio de una larga y fructífera relación. Sin embargo, el momento que se puede considerar clave en la definición del sonido absolutamente personal que define a Garbarek, fue el contacto con Don Cherry, que en aquel entonces, mediados de los años 60, era uno de los pioneros del free-jazz y de lo que hoy se denomina World Music o Músicas del Mundo.

Fue ese trompetista el que le animó a explorar el potencial de la música folclórica del lejano norte en el que tenía sus orígenes para incorporarle los conceptos improvisatorios propios del jazz. En esa línea, Jan Garbarek publicó en 1972 el disco que tituló Triptykon, en el que por vez primera, toma los elementos propios del folclore de su país para darle un aire completamente nuevo gracias a los esquemas procedentes del jazz.

 

A partir de ahí el camino que emprendió Garbarek, le ha llevado a explorar el potencial musical de los países que conforman el Oriente Medio, la India, las canciones medievales noruegas o el canto gregoriano, con tal éxito que ha conseguido colar sus discos en las listas de jazz, clásica, e incluso de rock y pop, lo que habla de una versatilidad ciertamente extraordinaria. En este punto, destacan con luz propia las colaboraciones que ha tenido con músicos como el indio Ravi Shankar; el virtuoso del laúd, el tunecino Anouar Brahem; el bajista checo, Miroslav Vitous, o el coro británico The Hilliard Ensemble, con el que grabaría dos discos imprescindibles como son Officium (1994) y Mnemosyne (1999). Ragas and Sagas (1992) es un disco fruto de la colaboración con el músico pakistaní Ustad Fateh Ali Khan.

 

A lo largo de su discografía, en la que se reúnen una treintena de títulos, destaca poderosamente el sonido que Garbarek es capaz de sacar de su saxo, tenor o soprano, para dar vida a unas notas que quedan flotando en el aire con limpieza, y seguridad, mientras que la solidez de su timbre le sirve para dar a su música un aire melódico, triste, capaz de poner la piel de gallina al oyente más insensible. El tono de su música es austero, huye de la complacencia melódica para convertirse en un instrumento capaz de evocar paisajes, vistas, sentimientos, y una complejidad oculta debajo de una sencillez capaz de hacernos llegar momentos de enorme ternura. Digamos que nos dibuja paisajes sencillos y, al mismo tiempo, tan inmensamente complejos como inmensas son los paisajes noruegos ocultos bajo la nieve de los largos inviernos nórdicos.

 

Los silencios, que son otro elemento que vendría a definir su estilo, contribuyen a redondear una música de una suave intensidad, con textura de terciopelo, y un punto contemplativo. En resumen, una música desprovista de todo lo superficial, en la que la emoción y el sentimiento son los elementos que priman.