Tio Vania de Chejov, en el María Guerrero.

Se podrá decir que Chejov escribió una pieza dramática acorde con el escepticismo de su  tiempo, acorde también con sus relatos, con sus cuentos largos, con su pesimismo casi visceral; sin embargo Chejov, sin saberlo, escribió un drama para el siglo XXI.

Por eso traemos a Referencias esta obra que dirigida por Carles Alfaro, se está representando en el Teatro Maria Guerrero de Madrid hasta el 23 de marzo.

Sobra la anécdota en la que se basa el drama, porque además el director lo ha traspolado a un país del trópico, lo que no sobra es el profundo nihilismo de la obra.

A través no solo del diálogo, sino de los gestos – Tio Vania es una obra en la que el lenguaje no  verbal es otro de los factores para entender lo que se nos está contando- el espectador asiste a un devenir en las relaciones, a un profundo deterioro en los afectos, a un desencuentro en los deseos, que no es propio solo del tiempo en que se escribió la obra, sino del hombre actual.

Los personajes de  Tio Vania no saben cómo querer lo que desean. Tampoco saben bien qué desean, pero principalmente sí saben lo que no quieren: Permanecer anclados en una vida en la que nunca sucede nada.

Solo Vania es consciente de que no sabe qué quiere; por eso Vania es un desclasado, un outsider, diríamos hoy; hay que decir que Enric Benavent borda el personaje. No hay un solo gesto de más- ni de menos- en él, no hay un solo grito sin medida.

Sonia- Malena Alterio- realiza una interpretación cercana a lo magistral: precisamente por ser uno de esos personajes que parecerían destinados a no destacar, Sonia no es nadie, Sonia no es nada, Sonia es fea, cursi, y además enamorada sin remedio de el Doctor, Francésc Orella – otro excepcional actor- pero es Sonia, paradójicamente quien nos devuelve la ternura de la esperanza de los inocentes al  final de la obra.

Podríamos seguir con el decorado, obra de Max Glaenzel y Estel Cristiá, un lujo de minimalismo, interiorismo y cercanía, o con los efectos ( por decirlo así) musicales, de Javier Almela, que – no está de más decirlo- ponen el alma en un puño al espectador, pero es bastante.

Vayan y disfruten.