De látigos, tambores y nalgas. Iasone Cañada. Emma Rosa Rodríguez.

Los antiguos ritos ocupan un lugar que quizá debiera ser reemplazado por la activa experiencia de compartir. (Iasone Cañada)

Después descubrí que no tendría cabeza, aún así no me rendí  ante la fatalidad… (Emma Rosa Rodríguez)

 

Látigos y Tambores. Por: Iasone Cañada.

 

Estos días, el ruido de fondo, son unos tambores que disciplinadamente, repiten y repiten lo mismo sin cesar… es a la mañana, de madrugada, a la noche… constantemente. Sustraerse es casi imposible. Pienso en el sentido de estas procesiones de gente encapuchada y sufriente, en una época de nuestro mundo en el que el dolor nos rodea, no muy lejos de aquí. Personas que dedican su tiempo a conseguir que comer y que beber y con que hacerlo.

 

Que mueran al día 6.000 personas por falta de agua es un dato simple. Debiera colocar nuestras prioridades adecuadamente.

 

Estas reflexiones me las hago, porque mucha de la gente que desfila bajo esas capuchas terribles, no sé si en su corazón guardan algo más. Si estarían dispuestas a dar algo de lo que tienen, no de lo que les sobra. Si estarían dispuestas a arriesgar algo de su vida por los que no tienen nada. Si esa penitencia tiene algún sentido mas allá del espectáculo que genera.

 

Descolocada miré en la TV las enormes procesiones de otros lugares… y me preguntaba, como es posible que con tanto fervor, no hubiera más amor en esta sociedad en la que me ha tocado vivir. Como es que con tantos miles de personas arrebatadas por imágenes de un sufrimiento extraordinario, no hagan de sus vidas, al menos, un testimonio que merezca la pena.

 

Me queda un mal sabor emocional. Se rebela mi fe en la raza católica-humana. Los antiguos ritos ocupan un lugar que quizá debiera ser reemplazado por la activa experiencia de compartir, de ser solidarios, de amar a las personas que nos rodean, de ser conscientes del dolor del de aquí al lado, de tener la mano cerca de quien la necesita, la casa abierta para quien no la tiene, la melodía de nuestras vidas para quien no puede sino escuchar el hambre y la sed. A cara descubierta, silenciosamente.

 

Me basta ver reflejado ese sufrimiento en los seres que me rodean. No necesito imágenes. Me basta el encogido silencio de sus corazones, no necesito tambores. Me basta el saber distribuir (y elegir) mis riquezas, sean las que sean, no necesito hacer penitencia con latigazos públicos. Me basta recordar que somos uno, no necesito recontar las filas de encapuchados. Me basta mirar al cielo y saberme viva un día más, cuando otros están muriendo, no necesito llevar sobre mis hombros el peso de esas imágenes descompuestas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo pido a cada una de esas personas que han desfilado durante estas señaladas fiestas, que hagan cada día un acto de amor, gratuito, anónimo. Y que cada uno de esos actos de amor, lleve inexorablemente a otro…y a otro… y a otro… la música que oiremos entonces, a la mañana, a la tarde, de madrugada… será la risa de esas bellas almas que han recibido una tregua, con la que subsistir, un hora más… un día más.

 

Mi desconsuelo profundo lo genera la insensibilidad que todo lo envuelve, las grietas que redoble tras redoble, ahondan en el amor convirtiendo las palabras más poderosas, porque su contenido habla de lo infinito y divino de los seres humanos, en palabras que una vez dichas se olvidan, se ocultan, se mienten.

 

Miro al cielo otra vez… pido a los seres alados fuerza. 

 

El Arte está en el Culo . Por : Emma Rosa Rodriguez.

 

 

No sé muy bien como empezar a contarles  mi historia, aunque quizá, lo mejor sea que comience por el principio: Sentí  la luz del sol por primera vez en el año 2001 gracias al arte y buen hacer de mi padre, el pintor D. Eduardo Úrculo.

Yo, antes de esa fecha no era nada, sólo una idea  gestándose dentro de la cabeza del artista. Sólo un enorme trozo de piedra sin personalidad y sin ninguna forma determinada hasta que aquellas manos se pusieron a trabajar sobre mí y entonces empecé a soñar con mi futuro:

Y me imaginé grande, famoso, único… Sin duda, yo llegaría a ser una maravillosa obra de arte que admiraría el mundo entero. Seré tan bello como el David de Miguel Ángel o tan fastuoso como su Moisés, me decía a mí mismo, hasta que mis esperanzas empezaron a fundirse derritiéndose ante la cruda realidad.

Cuando me percaté de que no iba a tener brazos, me consolé pensando en La Venus de Milo que, a pesar de carecer de ellos, es una de las reinas del Museo del Louvre. Después descubrí que no tendría cabeza, aún así no me rendí  ante la fatalidad recordando a la bellísima Victoria de Samotracia.

Pero, enseguida,  el aspecto de mis formas me demostró que mis sueños no se iban a cumplir y no tuve más remedio que rendirme ante la evidencia: Sería una de esas extrañas estatuas de arte moderno contemporáneo,  cuyo significado,  cada espectador interpreta a su manera. Bueno, pensé, algo si se iba a cumplir, yo medía  mas de cuatro metros, así que, al menos, donde me coloquen no pasaré desapercibido porque grande, sí que soy. Entonces, me ví como realmente era: Un enorme y estrambótico culo. O, mejor dicho, un doble culo, porque ni siquiera era un hermoso culo normal con su par de glúteos y sus genitales al aire -como en el caso de tantas esculturas maravillosas-,  no, yo era sencillamente un trasero con cuatro nalgas sobre cuatro muslos, como si dos personas puestas enfrente la una de la otra se hubieran fusionado hasta tal punto que sólo se les vieran las posaderas; pero yo, además, no tenia ni torso, ni pies, ni rodillas.

   ( Culis Monumentalibus. Eduardo Úrculo)

Me bautizaron con el rimbombante nombre de: “Culis Monumentalis”  y me depositaron encima de una peana en plena calle, ni siquiera en un Museo, no, en una de las zonas mas transitadas de la ciudad de Oviedo, para mi mayor desgracia y para que me pudiera admirar todo el mundo.

Tengo que confesar que aquellos primeros días fueron bastante horribles.  Allí, situado a la intemperie, mostrando mis vergüenzas o,  mejor dicho, mis desvergüenzas, porque de las primeras no tenía,  a todos los transeúntes que se paraban a contemplarme con cara de incredulidad buscándole sentido a mis curvas, sentía que aquello era humillante hasta que, un buen día me puse a valorar la situación de forma objetiva: La ubicación era estupenda, al lado del Teatro Campoamor, podría ver a Los Reyes de España y a muchas personalidades, incluso podría ser admirado por ellos, como de hecho fui, y  me llegarían también los ecos de la música en las temporadas de ópera y zarzuelas.

Y así, poco a poco, la gente fue encontrando mi presencia de lo más normal. Yo pude asumir lo que soy y ahora estoy contento, ya no me cambiaría por otro, cada día que pasa  oteo el horizonte y si se acercan los turistas a hacerse fotos conmigo saco pecho, es un decir claro, y poso como si fuera una gran estrella.

Ah, y cuando oigo corrillos a mi alrededor de visitantes que se preguntan qué soy, entonces, yo muy orgulloso les respondo: “Ustedes disculpen, soy un culo”.