Rituales Musicales: Por: Carles Rius i Cruz. Hindemith: Música, Innovación y compromiso: Por: Anna Sáez de Tejada.

¿Sabíais que el violín tiene alma?… ( Carles Rius)

Agotó la paciencia del régimen nazi, que le lanzó graves acusaciones y forzó su exilio. (Anna Sáez de Tejada)

 

 Rituales Musicales . Por : Carles Rius i Cruz

Hoy he ido a comprar unas partituras. Podría quedarme horas hojeando los tesoros que encierran las catacumbas de la tienda a la que suelo ir. Cientos y cientos de libritos no muy gruesos que encierran estudios y obras en un formato muy peculiar y sin apenas letras: el lenguaje musical. Después de encontrar lo que busco y de decidir que edición prefiero, subo a la tienda de instrumentos y aprovecho para comprar cuerdas nuevas y resina.

 
Siempre que salgo de allí estoy nervioso. Me voy a una granja cerca de allí y pido cualquier cosa. A veces no se ni lo que he pedido porque en la cabeza sólo tengo una idea: examinar minuciosamente las adquisiciones. A veces sorprendo a alguien mirando mi extraño ritual. No me avergüenzo en absoluto y continuo con lo mío y mientras vuelvo a casa, voy pensando en el porque mi satisfacción:

“Desde hace casi tres meses el violín ha entrado en mi vida y por el momento la está transformando a nivel espiritual. El porqué lo desconozco y puede que de aquí a algún tiempo podré satisfacerme con una respuesta completa pero por el momento sólo tengo algunos apuntes de por donde podrían ir los tiros.

Tocar el violín precisa de mucha calma, y no tan sólo para aprender a dominarlo musicalmente, ya que sacarle un buen sonido puede llegar a ser frustrante, sino que además uno debe cuidar al compañero de fatigas y darle todo lo que pide si es posible. Hay que pensar que uno sin el otro no puede hacer nada. A veces, el arco se queja porque no le hemos dado de comer. Atiborrarlo de resina también causa en él un audible dolor de barriga. Las cuatro cuerdas también precisan de cuidados, al igual que el pulido y bonito cuerpo de madera que, envidioso de las cuerdas y del arco, reclama atenciones. ¿Sabíais que el violín tiene alma? La tiene. A mí, todos estos cuidados no me suponen ningún stress, al contrario, son una excusa perfecta para relajarme.

Ensayar es otro de los rituales que me atraen del violín. Abrir el estuche que lo salvaguarda, retirar la suave lona de terciopelo que lo cubre, colocar la costilla, ajustarla, tensar el arco, darle resina si es preciso y despertar, como me dijo una vez un profesor que tuve, al violín del sueño profundo en el que, desde el último ensayo, descansa a fin de recuperar fuerzas. Lo afinamos, le recordamos quienes somos para que se sienta seguro y se abra a nosotros al mismo tiempo que nosotros nos dejamos llevar y nos entregamos a él. Puedo estar horas ensayando y cuando me doy cuenta de que ya no hay luz fuera, deshago el ritual lentamente y me despido prometiendo volver pronto.

Quedan pocos días para el Lunes, día de clase particular. Es el momento que yo y mi violín esperamos con más ansia pues, cual aprendices en una escuela de magia, recibiremos nuevas fórmulas, pócimas y secretos que nos servirán para en un futuro hechizar los oídos de los que nos rodean. Las lecciones son distendidas pero intensas. No hay día que no salga de allí satisfecho aunque haya mucho por mejorar y nada nuevo que añadir a mi repertorio de ensayo.”

Ahora veo que el análisis que voy elaborando mientras subo en el ascensor puede parecer demasiado ingenuo  o  edulcorado por la novedad de todo éste mundo que estoy descubriendo. El tiempo dirá qué permanece en mis apuntes y qué no. Por el momento no puedo añadir nada más y ya estoy en mi planta.

Son las 20:00 y aún tengo una hora para dedicar a ” Paganini”, mi violín. Saco el libro de estudios de Kayser y me preparo para mis rituales…

 

 Hindemith: Música, Renovación y Compromiso. Por : Anna Saez de Tejada.

 

Paul Hindemith, nacido en 1895, fue uno de los más influyentes compositores del siglo XX. Alemán, empezó su formación musical en el conservatorio de Frankfurt, donde recibió clases de violín, viola y teoría de la música, siendo sólo un adolescente. En sus primeras composiciones flirteó con distintos estilos e influencias: compuso piezas post-románticas, expresionistas, e incluso de baile, en lenguaje jazzístico.

 

A partir de los años veinte ya empezó a definirse su estilo, que se suele incluir en la corriente neoclásica, junto con otros compositores como Stravinsky. Hindemith decidió usar un sistema tonal pero no diatónico; es decir, usando las 12 notas del sistema temperado, sin tener que elegir sólo unas cuantas de ellas (una escala) como en el sistema clásico, pero manteniendo la noción de nota tónica, centro de equilibrio de la melodía y armonía de la pieza. Por lo tanto, tenía mucha más libertad expresiva, al poder usar muchas más notas y combinaciones de ellas, sin renunciar a la naturalidad y estabilidad que daba la tonalidad. Ejemplo de ello es su Kammermusik, una colección de obras para distintas agrupaciones instrumentales. Al final de la década ya se había ganado el reconocimiento internacional como uno de los compositores más sobresalientes del momento.

 

Entre 1933 y 1935 escribió su obra más importante, la ópera Mathis der Maler, de la que también hizo una versión instrumental en forma de sinfonía. Esta ópera habla del artista como ser comprometido con la sociedad en la que vive; no era la primera obra suya con carga social. Agotó la paciencia del régimen nazi, que le lanzó graves acusaciones y forzó su exilio. En 1935 se trasladó a Turquía, y en 1940 aterrizó en Estados Unidos, donde se quedaría hasta 1951, dando clases en las universidades de Yale y Harvard. Los años del exilio fueron muy prolíficos en cuanto a composiciones. Siguió desarrollando su particular lenguaje y hasta lo detalló en un libro, El arte de la composición musical.

 

Ya de regreso a Europa, se encontró con Schönberg como compositor del momento, pero Hindemith se opuso al sistema dodecafónico ideado por aquél. Sin embargo, en sus últimas composiciones se intuye cierto acercamiento al lenguaje de doce tonos, que no tuvo tiempo de desarrollar.

Su última obra, Die Harmonie der Welt data de 1957. Murió en Zürich en 1963. Además de compositor, fue un intérprete y director muy destacado.

Audición recomendada:

 Trauermusik (Música fúnebre) para viola y cuerdas, que Hindemith escribió en 1936, consta de cuatro movimientos breves; la obra entera no suele durar mucho más de diez minutos. En el primer movimiento nos expone su tristeza; empieza lentamente, acelera hacia la mitad y vuelve a reducir el tempo al final, pero siempre con aire melancólico. El segundo, más sereno, recuerda claramente a las danzas tradicionales. Usando ese mismo motivo musical, empieza el tercer movimiento, el más acelerado y convulso. Parece que nos quiera mostrar toda su rabia y enojo. Después de la tempestad viene la calma; el movimiento final es un coral lento y sosegado.

 

Si escuchamos la melodía y el acompañamiento, nos damos cuenta enseguida de que no se ciñe al sistema “clásico” o “convencional”; los acordes son difícilmente clasificables según ese punto de vista. Sin embargo, no tenemos la impresión de estar ante una música “forzada” o “extraña” (como podría ser Schönberg, por ejemplo, para un oído poco acostumbrado). Simplemente usa todos los recursos posibles al servicio de la expresividad y la música. Eso es lo que Hindemith intentó toda su vida; innovar, crear, explorar, pero sin perder de vista el objetivo final de todo artista, transmitir emociones y comunicar.