El «Candelabro». Por: Alena Collar.

La cantidad de balas metafóricas que son capaces de lanzarse los escritores entre sí para asegurar su propio espacio – o el que consideran que deben ocupar en el terrible mundo del «candelabro»- es para dejar de escribir.

Las mismas frases aparecen en posiciones absolutamente contrapuestas. Para unos «esos, que permanecen en la torre de marfil, no se enteran de que escribir es tocar la mierda con las manos». Para otros, es el caso contrario; «los escritores que solo escriben sobre sus miserias y las del mundo es que no saben salir de ese tema porque no tienen otro».

Para tal un escritor que tiene un premio es un aprovechado político, para el otro un escritor que lo rechaza es un resentido, para mengano un proyecto que tiene éxito es una casualidad, y para el otro una novela que se promociona  por el propio autor es un caso de traición a las asociaciones que también promocionan libros, mientras que para perengano las asociaciones son una merienda de negros donde todos van a sacar tajada.

Ahora, lo que no hay – habitualmente, digo- es el alegrarse sinceramente y de corazón porque a un compañero en literatura le vaya bien. Eso no. ¡Cómo descender a la elegancia del alegrarse de que alguien  pueda ser reconocido, valorado, o premiado!…si no es «uno mismo» siempre tendrá «algún defecto».

Parecería que escribir no es crear, sino competir contra los demás escritores en una carrerita hasta el candelabro para luego colgarse de él.

Lo malo es cuando se caen. Del candelabro, digo.