Textos creativos de: Luís de Diego.

Relato galardonado con el Segundo Premio de Relatos Parque Alcosa. Seviila.

Pinceladas de Juventud de Barrio. Por : Luís de Diego.

El hombre de mediana edad yacía recostado sobre el sofá de su casa. En el televisor las últimas escenas de “Chisum“, uno de los inolvidables weterns de John Wayne iban a dar paso a los títulos de crédito de la misma.

 

Justo cuando comenzaban a aparecer los mismos y el hombre se levantaba, en la habitación de al lado se comenzaban a oír los primeros compases del “Starways at heaven·”  de Led Zeppelín. El hombre sonrió al oír la música. Su hijo, Joaquín, había heredado sus mismos gustos musicales y el rock era su detonante.

 

Mientras caminaba hacia la cocina iba meditando en su juventud. En sus gustos musicales por grupos de Rock, como los mentados Led Zeppelín, Queen, Pink Floyd, Supertramp y tantos otras bandas que conformaron una revuelta musical y generacional en la España de los años sesenta, setenta y ochenta.

 

Cogió la bolsa de la basura y se dispuso a salir de casa, mientras oía resonar otro de sus temas favoritos: “The show must to go on” de Queen, en su versión postrera, más lenta y triste con la voz insuperable de Freddy Mercury instalándose en sus oídos.

 

Cuando Joaquín oyó cerrarse la puerta comentó a sus amigos:

 

-Es hora de oír música de verdad.

 

Y mientras lo decía, sacó de debajo de su cama un pequeño paquete, envuelto en papel de plata y extrajo de él una pastilla negra.

 

-¿Qué tal un porrito ahora?-les indicó a sus colegas, mientras Héroes del Silencio iba abriéndose paso en el CD.

 

Sus amigos, Conrado, Tomás “Tom” Martínez y Antonio “Toni ”  Martínez, estos dos últimos hermanos mellizos, asintieron sin la más mínima duda. Sabía que el padre de Joaquín les recriminaría que lo hicieran si los veía, pero Joaquín sabía que su padre también lo había hecho con su edad, porque se lo había contado en las noches frías de invierno en que uno se hallaba más a gusto en el calor del hogar que en la calle jugando.

 

Rápidamente el canuto estuvo preparado y Joaquín lo encendió con devoción. Habían vuelto a cambiar de grupo y ahora era Triana quien resonaba en el equipo de música, con le evocación de su música. El porro rudo fue pasando de mano en mano entre los amigos, que lo iban consumiendo entre calada y calada disfrutando de una buena tarde musical, al menos para su gusto.

 

El padre sabía lo que se urdía en aquellos momentos en su domicilio, pero decidió dejarlos en paz y hacerse el loco. A fin de cuentas era una noche de verano y apetecía a aquella hora darse una vuelta por el barrio, observando los veladores de los bares, hasta la bola de público, a las parejas sentadas en el parque haciéndose carantoñas y a los abuelos paseando mientras se contaban sus historias, repetidas por enésima vez entre ellos mismos.

 

Hasta las risas de los niños chicos era hermosa en aquellas noches de verano, donde el calor se hacía dueño de todo y solo dejaba la noche para poder salir y estar meridianamente a gusto.

 

El iba pensando en la película. Era una de sus favoritas y más cuando trabajaba John Wayne. La trama era la un vaquero americano que se había tenido que hacer a si mismo en la conquista de un lugar en el asesta americano. Sus vicisitudes, tanto familiares como con algunos de las grandes leyendas del salvaje oeste. En esa película Billy el niño no era tan malo como se ha dicho siempre, ni Pat Garrett tan bueno como se le quería hacer quedar.

 

En ello iba meditando cuando su hija Chelo se le acercó pillándole casi desprevenido.

 

-Papá,-le dijo con voz melosa y suave-me quedo un rato ahí en la plaza con mis amigas, ¿vale?

 

Y él, el gran padre y la gran madre, asintió para que lo hiciera.

 

-Pero a las once en casa-casi gritó mientas su hija se iba corriendo en busca de sus amigas.

 

Al otro lado de la plaza pudo advertir un abanico de gente bastante amplio. Entre los chicos, todos ellos con pelo cortito y pendientes espectaculares colgando de sus orejas, se hallaban: El Chino, el Moro, el More, El Gordi y el Negro, todos ellos impecablemente vestidos con sus ropas habituales. Del coche del More salía una música Regatón que sonaba a tope en todo el barrio, al menos eso pensó el hombre.

 

Acompañándoles había también unas cuantas muchachas de la misma edad. Entre ellas pudo distinguir a la China, la Nana, la Jessi y otra más de la cual desconocía el nombre. Su hija no tardó nada en incorporarse al grupo, entre el cual andaba en esos momentos circulando una litrona de cerveza que degustaban ávidamente sus componentes.

 

No le hacía mucha gracia aquel tipo de gente, peor mientras no se metieran con nadie y no le hicieran daño a nadie no podía decirle nada a su hija por reunirse con tal tipo de gentes. Con gustos tan extraños y forma de vestir tan “pija”. El para comenzar siempre había detestado el pelo corto, habiendo llevado sus cabellos bien largos hasta poco después de contraer matrimonio.

 

Lo que realmente si le molestaba era lo estruendoso de aquella música, su mal gusto en las letras de las mismas y que se pasaran hasta las tantas de la madrugada con aquellos altavoces que parecían de discoteca y que en realidad solo provenían de sus coches, sin dejar dormir a la mitad del barrio, él, el primero incluido.

 

Con todo este escaparate sus memoria corrió al domingo anterior. Había ido con sus hijos a la piscina del barrio. Estaba bien, era más o menos grande y daba buena capacidad de cabida.

 

Nadar siempre le había apasionado y era tal vez su deporte favorito, a pesar de que no se perdía ninguno que dieran en la tele. Además el precio por ser socio era bastante módico, al menos para el uso y disfrute que le daban sus hijos y él.

 

Aquella mañana de domingo el tiempo era estupendo. Aun era el mes de junio y la gente ya se estaba preparando para comenzar a irse de vacaciones, por lo que la piscina estaba especialmente concurrida a la hora que ellos aparecieron por la misma. Sus hijos rápidamente se desvistieron y se metieron en el agua. El se lo tomó con más filosofía. Su vestimenta también se lo permitía, pues llevaba el bañador puesto y encima solo llevaba una camiseta para protegerse del feroz calor de aquella mañana.

 

Tranquilamente se desprendió de la camiseta, de las gafas, que lo acompañaban siempre, y del reloj de pulsera que llevaba puesto. Antes de introducirse en el agua pasó por la ducha y se dio una buena pasada de agua fría para no tener reacción en el momento de lanzarse a la piscina.

 

Se introdujo en la misma y enseguida se vio jugando con sus hijos a hacerles ahogadillas, como llevaba haciendo desde tanto tiempo atrás. En un momento dado una pelota cayó justo a su lado. La recogió y miró a ver de quien era para devolvérsela. Su hijo, Joaquín, se la pidió raudo y él se la entregó, en la creencia que él sabría a quien pertenecía, más su sorpresa fue mayúscula cuando vio que este se la devolvía y su hija también le reclamaba el envío de la bola.

 

Nunca supo como pasó, pero de pronto todos los niños y adolescentes que había en la piscina estaban alrededor de ellos haciendo corro y la pelota pasaba de unos a otros entre risas de todos. Cada vez con más rapidez y fuerza hasta que en uno de los lanzamientos la pelota casi le da en la cara a un hombre maduro.

 

Los muchachos, con estupor, le pasaron la bola y él se quedó con ella en las manos sin saber a quien devolvérsela, hasta que el socorrista, con amabilidad y una sonrisa en los labios le reclamó la misma. El no tuvo otra opción que dársela.

 

Cuando salió del agua, el socorrista se acercó a él y le dijo:

 

-No tenía otra opción que pediros la pelota, pues podíais haberle hecho daño o molestado a alguien-dijo con naturalidad y cierto sonrojo-y no quiero problemas con la gente-añadió.

 

-Lo comprendo-fue su simple respuesta.

 

Y mientras continuaba su vuelta, pensaba en la vida del barrio. En su juventud, en la juventud actual. En las grandes diferencias que había de una generación a otra…