Prohibir a Cervantes y a Shakespeare. Por: Alena Collar.

Algo había que hacer y se me ocurrió prohibirlos… ( Alena Collar)

 

 

Prohibir a Cervantes y a Shakespeare. Por: Alena Collar.

Pues señor. Daba yo clase de literatura en un instituto que no voy a nombrar, y tocaba Cervantes aquel trimestre infausto, y su Quijote.

Y una, claro, había leído el librito, pero hay que reconocer que cuando tenía más de treinta años, no a los catorce, que era la edad de mis alumnos.

El Quijote, que se dedica a aconsejar entre líneas sobre lo divino y lo humano, a mí me había gustado, pero claro, porque me enteré de lo que leía. Ahora bien, a los catorce mal llevados años ni me lo leí ni me gustó y además Cervantes me parecía un verdadero plasta.

Horas de tener que resumir el capítulo primero, o la historia de los molinos de viento, de no enterarme de que cáscaras era una adarga, ni los duelos y quebrantos, ni por supuesto qué cosa pudiera significar aquello de “el son del rabel”…

Así que una, se iba a la contraportada del libro, la mal copiaba, la daba cien vueltas, agrandaba aquello, hinchaba el asunto y así le salían las dos hojitas del trabajo que tenía que hacer.

Y lo mismo con el inglesito de marras, que hablaba de príncipes de Dinamarca, que a saber qué falta me hacía a mí – pensaba yo- enterarme de aquellos discursos. Y encima tenía que poner al William en relación con el alcalaino y decir no se cuántas cosas sobre su destino común.

Un espanto, vaya.

Y ahora estaba yo en las mismas; pero en la parte contraria. Y con el agravante de que años más tarde me enteré de qué era el son del rabel, de qué era la adarga y qué cosa significaban los duelos y quebrantos; aparte de compadecerme bastante de Hamlet.

Pues a ver como les decía yo a mis alumnos que Cervantes es una maravilla y Shakespeare otra…

Y lo único que se me ocurrió, aquel trimestre infausto, fue prohibírselos.

Sí.

Les prohibí  leer El Quijote, y Hamlet. Entraban en el temario como lectura obligatoria, y les dije que les daría apuntes pero que ellos no debían leerlo porque no estaban preparados.

Y, mientras, les empecé a contar la historia de dos tipos que nunca dijeron que sí, que siempre dijeron que no; que en el caso de uno estuvo en la cárcel, que en el caso del otro no fue comprendido. La historia de dos solitarios que no sabían hacer nada bien salvo escribir, que padecieron injusticia, que fueron rebeldes y que murieron el mismo día para demostrarle al mundo que hasta para morirse uno hay que saber hacerlo bien.

Huelga decir que empecé a ver libros sigilosamente escondidos a mis ojos en carteras, en chaquetas, debajo del pupitre, en las taquillas debajo de cuadernos de otras asignaturas…

Y el día del examen todos habían leído aquellos dos maravillosos libros prohibidos…