El retrato, el espejo y el rostro. Por: José Julio Perlado

¿Cómo convivimos con los espejos? Acercamos a ellos nuestra piel, las menudencias de nuestra piel, las diminutas manchas, los lunares apenas perceptibles, las líneas cruzadas, las arrugas, las posibles grietas,  giramos la cabeza, ascendemos luego la vista hacia el pelo, calibramos mentalmente el conjunto y el perfil, abrimos más las pupilas, nos miramos,…

EL  RETRATO,   EL  ESPEJO  Y  EL ROSTRO. Por José Julio Perlado

¿Cómo convivimos con los espejos? Acercamos a ellos nuestra piel, las menudencias de nuestra piel, las diminutas manchas, los lunares apenas perceptibles, las líneas cruzadas, las arrugas, las posibles grietas, giramos la cabeza, ascendemos luego la vista hacia el pelo, calibramos mentalmente el conjunto y el perfil, abrimos más las pupilas, nos miramos, nos sentimos enamorados del cristal y a la vez nos alejamos de él para adquirir mayor perspectiva, pensamos, imaginamos, nos disgustamos o nos alegramos según  horas y  días, y, al fin, necesariamente – no hay más remedio –  nos aceptamos.                                                 

El espejo es compañero permanente del ser humano y el vaivén de los perfiles caminando por las aceras hace que de reojo el espejo inesperado nos mire y nos dé su aprobación, pero es una  aprobación provisional  porque la tentación de mirar llega en el espejo siguiente quizá porque creemos que puede haberse equivocado el anterior, y la ciudad así se convierte en un río de espejos interminables que van reflejando nuestros andares, ademanes, vestidos y hasta epidermis  por escaparates,  vestíbulos, ascensores y pasillos, en una sucesión de imágenes que casi no nos deja reposar.

Los pintores y en general los artistas saben todo esto aunque lo hagan  de  forma más intensa y distinta que los meros espectadores. Muchos de esos artistas quedaron  fascinados por la mirada, y  no sólo ante la cámara o el lienzo sino ante el cristal que a su vez les miraba.  En el cine, por ejemplo, el director ruso Andrei Tarkovski quiso unir muchas veces el reflejo en la pintura con una segunda aproximación de esa mirada y luego mostró el espejo mismo al fondo de un lienzo como si ambos se confundieran. En su película más personal, titulada precisamente “El espejo“, armado de todo cuanto había aprendido de la pintura,  intentó  llegar con el cine a la poesía pura y lo consiguió. Espejo, mirada y retrato se han unido, pues, durante siglos en  relación envolvente y  el espejo es indudablemente – así se ha reconocido –  el origen del autorretrato.

Rembrandt tenía veintiocho años de edad y ya se había retratado cincuenta veces. El retrato burlesco, el embellecedor, el rastrero, el frío y meditativo, el introvertido y extravertido, el retrato que inspira odio o ternura, todo eso ha estado acompañado en la pintura por la postura y el corte del traje del representado, por el semblante y hasta por el paisaje interior o exterior que se adivina  tras el rostro. El rostro es el que refleja esencialmente el espejo y también es el que permanece en el cuadro. El  rostro humano –  han comentado muchos historiadores – es una cosa más, perceptible y corporal, pero más compleja,  variable y vital que las demás cosas. El rostro – se ha añadido igualmente  al estudiar  el Alto Renacimiento y el Barroco – es más importante, bello y poderoso que las cosas. Por fin – se recordo en la época moderna – el rostro es más cambiante, inestable, perecedero pero siempre más vital y espiritual que las cosas.

Por tanto, se ha comparado con gran frecuencia al hombre con las cosas: ha sido la valoración, la evaluación en la balanza entre las cosas y  el rostro del ser humano y esto aún se ha hecho más intenso al encontrarnos,  como ahora,  en  tiempos de  acumulación de  cosas, en el  imperio del  poseer, en  el reino de los objetos. El ser del hombre, sin embargo, se encuentra  – no hay que olvidarlo – en la esencia del rostro y uno de los grandes pensadores modernos, Emmanuel Lévinas, quizá el que mejor ha estudiado el tema del rostro, ha declarado cosas muy capitales. “El acceso al rostro – ha dicho – es de entrada ético. Cuando usted ve una nariz, unos ojos, una frente, un mentón, y puede usted describirlos, entonces usted se vuelve hacia el  otro como hacia un objeto. ¡Pero la mejor manera de encontrar al otro es la de ni siquiera darse cuenta del color de sus ojos! Cuando observamos el color de los ojos, no estamos en relación social  con el otro. Cierto es que la relación con el rostro puede estar dominada por la percepción, pero lo que es específicamente rostro resulta ser aquello que no se reduce a ella. Ante todo hay la exposición directa del rostro, sin defensa. La piel del rostro es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida. La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohíbe matar.  El rostro es lo que no se puede matar, o, al menos, eso cuyo sentido consiste en decir “No matarás”.

Este es el  rostro que ha reflejado durante siglos el espejo y que cuidadosamente ha quedado encerrado en un cuadro. Los pintores vivieron una especial relación con los espejos para llevar a cabo sus autorretratos. Pero los espejos resbalan por la superficie y casi no dejan adivinar lo que luego el lienzo intentará fijar: algo de ese cuerpo físico y  algo también del temperamento. Se podrá intuir así  en algunos lienzos  al flemático, al melancólico, al sanguíneo y al colérico. Incluso habrá retratos que consigan mostrarnos al de cortos alcances, al prudente o al sabio; como ocurrirá lo mismo respecto a su situación social cuando nos muestren al campesino, al burgués o al noble según sus atuendos,  o al pícaro o al hombre de mundo revelando pequeños esbozos – detalles – de sus inclinaciones. El  detalle, y especialmente los gestos, han sido muy bien analizados en la pintura gracias a  un historiador del arte tan  reconocido como lo es André Chastel.  Él estudió sobre todo el  detalle del dedo índice, el papel privilegiado que éste tuvo en el Renacimiento, la importancia del gesto familiar llevándose el índice a los labios para guardar silencio o para pedir que los otros lo guarden.

Pero hay autorretratos misteriosos cuyos detalles  subyugan y a la vez hacen dudar a los espectadores. Al hablar del Autorretrato de Rembrandt que se conserva en  Kenwood se ha comentado la ambigüedad de los rasgos de la cara, ya que cuesta saber si Rembrandt en ese autorretrato está sonriendo, dado que las comisuras de los labios y los ojos se ocultan en la penumbra. “Cuesta entonces saber – ha dicho Neil MacGregor –  de qué humor estaba, y esto es algo fundamental para nosotros. Cuando miramos a una persona, enseguida vemos cómo se encuentra, de que humor está. Rembrandt nos impide responder a esta cuestión, y cada vez nos esforzamos más en responder. Es la ambigüedad lo que da lugar a la obra maestra”.

Un abatimiento similar al que muestran algunos Autorretratos de Rembrandt –  concretamente el Autorretrato, después de 1665 -, se refleja en la pintura del rostro que de sí  mismo realizó  Edvard Munch. El autor de “El grito”  rememoraba la sorpresa que le producía ver su imagen reflejada en un espejo mientras deambulaba de noche por su casa en las cercanías de Kristiania, donde vivió hasta su muerte. Su rostro, asomando algo ladeado, él lo comentaba así: “era la segunda mitad de mi vida – confesaba  -. Ha sido una batalla para mantenerme erguido. Mi camino me ha llevado al borde de un precipicio, a un foso sin fondo”.           

El espejo ha  acompañado siempre a los artistas, y también ha sido cómplice del  ser humano como mero espectador. Quintiliano señalaba  que Demóstenes usaba un espejo para ensayar sus gestos en los discursos ante el pueblo y  Plinio el Joven anotaba  que los romanos emplearon obsidiana para fabricarlos.  Al fin Venecia estimará mucho esos espejos  de cristal de roca como si fueran joyas  y con ellos comenzarán a decorarse las viviendas de la aristocracia.

Es la historia del espejo, la claridad en el cristal que nos refleja, esa superficie que nos dice la verdad, que nos muestra el paso de las edades, ese otro “yo” que nos mira y al que miramos sorprendidos de que nos hable siempre con tanta claridad.

Bibliografía:

Emmanuel Lévinas.-“Ética e infinito” .- La Balsa de la Medusa.

Arthur C. Danto: “¿Qué es una obra maestra?”.- Crítica.

 André Chastel : “El gesto en el arte”.- Siruela.