Los escritores y la Puerta del Sol. Por: José Julio Perlado.

Cada generación y cada autor se acerca a ella para asomar su pluma en el espejo de las paredes. ( José Julio Perlado).

 Los Escritores y la Puerta del Sol. Por : José Julio Perlado.

“Lo mejor del mundo es la Europa (¡cosa clara!); la mejor de las naciones de Europa es la España (¡quién lo duda!); el  pueblo mejor de España es Madrid (¿  de veras?); el sitio más principal de Madrid es la Puerta del Sol…, ergo, la Puerta del Sol es el punto privilegiado del globo”. Esto dice Mesonero Romanos en sus “Escenas matritenses“.

En la Puerta del Sol, en el número 11, vivió Borges,  en 1920, en la entonces “Pensión americana” y – como reza en la placa que le recuerda – allí escribió sus primeros poemas ultraístas. Pero Borges no es el único que puede evocar ese célebre centro de todos los caminos. El autor  Edmundo de Amicis la retrató como “un paseo, a la vez un salón, un teatro, una academia, un jardín, una plaza de armas, un mercado. Desde que apunta el día hasta después de medianoche, hay allí una turba inmóvil y una muchedumbre que va y viene por las diez grandes calles que a la plaza afluyen, con tal movimiento de coches que aturde y marea”. Muchos años después, Gómez de la Serna, el gran Ramón, contaría sus horas con su personalísima prosa empedrada de tantas greguerías: La Puerta del Sol  (de madrugada, en víspera del alba), la describiría así:” se torna tan fluido su aire que se oyen los pitidos de todas las estaciones”. Viene más tarde “El alba en la  Puerta del Sol”  y Ramón anota: “un buen observador, colocado durante la madrugada en la Puerta del Sol, podría adivinar los acontecimientos la víspera de que aconteciesen. Todo lo preconiza la madrugada en esa plaza central de España, y el tono que toma cada madrugada la esfera del reloj es uno de los mejores síntomas”. Al contemplar el lugar a “las ocho de la mañana” continúa: “es cuando rompe el sol los días que parecen turbios y encapotados, los días que no tienen remedio”.”De ocho a nueve   (así sigue la mirada de Ramón)   es cuando todas las mangas de riego se desbocan, y es cuando riegan y arrojan de la Puerta del Sol a los bohemios”. Ramón observa La Puerta del Sol de ocho a nueve y media de la noche y cuenta que “por el lado de la calle del Arenal, la visión es netamente madrileña, porque se destaca la esbelta torre de San Ginés y las verjas de sus campanarios sobre la palidez del cielo, que acaba de tener una terrible hemorragia de sangre”. “De  una y media a tres de la madrugada” cierra Ramón el canto de sus horas con estas palabras: “el estar despiertos en una continuidad salífera que hace a la Puerta del Sol más Puerta del Sol, Puerta del Sol de noche (…) Si en otras ciudades hubiese un meteoro como este de la Puerta del Sol durante la noche, yo no sentiría tanto la nostalgia de Madrid; pero el mundo está vacío de una cosa así”.

   ( Tertulia de Pombo.  José Gutierrez Solana)

 A  todas esas horas contadas por Ramón habría que añadir muchos momentos y minutos más, como cuando a las tres de la tarde la Puerta del Sol parece que se vaciara de asuntos urgentes y las comidas en casas o restaurantes fueran el único centro de atención. A esa hora precisa de las tres de la tarde era cuando Don Marcelino Menéndez y  Pelayo solía dar una vuelta por allí. Vivía  Don  Marcelino en la fonda de Las Cuatro Naciones, en la calle del Arenal, y años después en la Academia de la Historia, calle del León, edificio del Nuevo Rezado. Almorzaba temprano y salía a tomar el aire por el centro de Madrid. En el invierno, con su capa y bastón, entraba en La  Mallorquina, en el café Levante, en el Oriental, pasaba luego por el Círculo Conservador, en el número 28 de la Carrera de San Jerónimo, esquina a Echegaray, donde hoy se levanta el teatro Reina Victoria, y tiempo después de que diera el reloj las tres campanadas volvía a  recluirse en su despacho de la calle del León.

                    (Azorín)

  Por su parte Azorín evoca en su “Madrid sentimental” que “cuando un provinciano diga en su tertulia del casino de Badajoz, de Alicante, de Cádiz o de Santiago que una vez le ocurrió tal cosa en la Puerta del Sol, si entre los oyentes no hay nadie que conozca Madrid de un modo racional, moderno, podrá pasar adelante en su relato; pero si en el número de contertulios figura alguno de estos selectos seres, al punto, no podrá menos de interrumpir: “Un momento; dice usted que en la Puerta del Sol. ¿En qué parte de la Puerta del Sol?”. Porque este hombre sabrá distinguir los diversos parajes o secciones en que, con arreglo a la más estricta psicología social, se divide la Puerta del Sol”. Y Azorín evocará esa acera que recorre la antigua librería de Fe y la calle del Arenal: “Hemos venido -dirá – con nuestras capas raídas y nuestro gabanes grasientos. Durante nuestra charla, muchas veces  comenzamos diciendo: “En este país…”. Tenemos un plan con el cual durante seis u ocho años – a lo sumo – arreglaríamos España. Pasan las horas. Din- dan, din-dan, hace el reloj de Gobernación. La ancha plaza va despejándose; ya han pasado los dependientes de comercio y las modistillas con dirección a sus hogares. ¿Qué hacemos nosotros? Nos embozamos en nuestra capita raída y nos marchamos despacio”.

 

 

Ese “plan” de Azorín y sus tertulianos para “arreglar España” en pocos años parece que nos acercara al presente con sus sempiternas discusiones ibéricas y sus aportaciones  en soluciones ciudadanas. El tiempo nos trae estampas que poco han variado. Baroja, en “El tablado de Arlequín” nos habla de la golfería política: “en su seno bullen – escribe- desde el humilde gacetillero hasta el pequeño tiburón, que no ha crecido lo necesario para devorar todo lo que se le ponga por delante; caben en este hampa el libertario y el ultramontano, el empleado y el cesante, el que habla mal del Gobierno en las aceras de la Puerta del Sol y el        que ha lanzado una amarra al Ministerio y se ha unido al presupuesto por un misterioso cordón umbilical por donde absorbe una respetable cantidad de pesetas del fondo de reptiles.”  

Los  escritores – es algo conocido –  siempre han quedado fascinados por los temas perpetuos e inmóviles.

 

Larra da también una vuelta en “La vida de Madrid” por la Carrera de San Jerónimo, por Carretas, por la calle del Príncipe y por Montera, es decir, bordea como atento paseante la Puerta del Sol “Encuentro en un palmo de terreno a todos mis amigos que hacen otro tanto- va contando -, me paro con todos ellos, compro cigarros en un café, saludo a alguna asomada, y me vuelvo a casa a vestir”.(…) Luego,”si está muy bueno el día,” a caballo. De la puerta de Atocha a la de Recoletos, de la de Recoletos a la de Atocha. Andado y desandado este camino muchas veces, una vuelta a pie”..

 

 

 La Puerta del Sol,  pues,  no se mueve aunque la Historia haya movido sus dimensiones y cada generación y cada autor se acerca a ella para asomar su pluma en el espejo de las paredes, en el desembocar de  calles y en todas las anécdotas que las casas encierran. Walter Starkie recordó en sus viajes que “la Puerta del Sol es un valor espiritual y un centro vital de España; todos los caminos parten de allí. Se trata de una especie de posada gigantesca, abierta día y noche a todo el mundo, lo mismo a ricos que a pobres; un salón lleno de sol donde el tullido haraposo que va cojeando con su bastón y el rico opulento pueden solazarse y vagar paulatinamente”.

 Esa Puerta del Sol en la que en 1875 se instaló el primer foco eléctrico, en 1897 pasó el primer tranvía de tracción eléctrica, en 1919 la primera línea de metro, se la contempla  hoy  cada fin de año como imagen del  paso del tiempo, los cuartos y las campanadas sonoras cayendo suave y sonoramente sobre el corazón.