La desaparición de la Carta: Por: José Julio Perlado

Dentro de ese rectángulo iluminado que es caja de caudales transportable viajarán no sólo las cláusulas de tratados sino quizá también las confidencias amorosas de dos adolescentes que en otro tiempo escondían sus billetes apasionados dejando constancia de su primera cita o de su primer desengaño.

La desaparición de la Carta. Por :  José Julio Perlado

¿Qué decir hoy de la carta que no se escribe? Los e-mails, los mensajes telefónicos, todos los avances tecnológicos han ido sepultando a la carta que dejaba sobre el papel aquellos rasgos íntimos o solemnes, las caligrafías esbeltas o achatadas, la inclinación reverencial de las líneas hacia el suelo o hacia el cielo, la revelación de los estados de ánimo o el descubrimiento de una personalidad que los grafólogos adivinaban con sólo pasar su pupila sobre los rostros de las letras.

¿Dónde conservarán sus documentos esenciales los Estados y las familias? Sin duda en discos surgidos de la pantalla, en los platillos que salen del vientre de los aparatos presentes y  futuros, allí donde la yema del dedo pulsó una tecla y se iluminó el rectángulo del mundo. Dentro de ese rectángulo iluminado que es caja de caudales transportable viajarán no sólo las cláusulas de tratados sino quizá también las confidencias amorosas de dos adolescentes que en otro tiempo escondían sus billetes apasionados dejando constancia de su primera cita o de su primer desengaño.

Las famosas Cartas a Madame Recamier de finales del XlX, fundamentales para la historia de la sociedad francesa de 1815,  las Cartas a su hijo y ahijado escritas en 1774 por el cuarto conde de Chesterfield y redactadas con fines educativos, las Cartas a un  joven poeta de Rilke, las de Van Gogh a su hermano Theo, las de Delacroix, las Cartas de Lawrence de Arabia, las Cartas de Miguel Ángel, las célebres cartas de la marquesa de Sévigné,  las Cartas de Santa Catalina de Siena, las cartas de Torcuato Tasso, las Cartas de Cromwell, todas las epístolas cruzadas entre los humanistas y tantas otras  correspondencias se visitarán (hoy se visitan ya)  en museos del tiempo, asomándonos a pasadizos de siglos donde un guía nos irá explicando cómo en el pasado hombres y mujeres pedían papel y pluma y a la luz de una vela o de una lámpara  inclinaban su cuerpo sobre la paciente escritura para comunicarse sentimientos.

 

El amor y sus reverencias no se ha modificado en la Historia – ahora las reverencias son distintas y el cortejo amoroso se realiza de otra forma, pero siempre  hay unas miradas y unas palabras, una atracción, unos silencios, unos desdenes, una operación de cerco y una conquista -, pero cuando uno lee los pasos y procesos de dos enamorados y cómo esos procesos y protocolos íntimos quedaron reflejados en cartas, uno se pregunta qué testimonio de rondas, melindres, acercamientos y despegos permanecerá hoy. ¿Se guardarán en los archivos tecnológicos? No, por supuesto, en los móviles  Quizá para curiosear cómo se conocieron y enamoraron sus padres los futuros hijos abrirán el  banco de datos que la herencia les dejó como recuerdo y quizá también a la hora de los despechos quieran acudir a carpetas clasificadas en pantallas para encontrar el origen de tantas distancias. Pero no es eso lo probable. Si desaparece ese papel escrito, y ordinariamente cerrado, que una persona enviaba a otra para comunicarle alguna cosa – y eso es esencialmente la carta -, las palabras, no es que se las lleve el viento sino que pueden quedar encerradas en las bodegas de los ordenadores y pasar luego a la condenación de la papelera de reciclaje.

 

 

 

 

 

 

Se ha recorrido una serie de siglos  en los  que el procedimiento literario de la carta tomó los rumbos o bien del artificio o bien del documento personal. El artificio, tan aproximado al género epistolar, se plasmó en célebres obras clásicas. Por su parte, en el documento personal, además de las confidencias individuales, aparecieron, por ejemplo, los libros de viaje en forma de diarios epistolares, y ahí están, entre otros, las Cartas desde Suiza de Goethe o el Viaje a Turquía y  Egipto del polaco J. Potocki. Las cartas familiares se han sucedido. Sobre todo las de grandes escritores y artistas: Diderot, Baudelaire, Kafka. En Francia destacan las Cartas de Flaubert y en España se  cruzaron importante correspondencia Valera, Menéndez Pelayo y Galdós, por citar sólo a algunos. Pero quien ha defendido quizá mejor la carta – lo que él titula “Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar” – ha sido Pedro Salinas en su libro “El Defensor“( Alianza). Defiende Salinas la lectura, defiende el lenguaje, defiende ese mundo que abarca los buzones, el hallazgo y el invento de la carta, las excelencias de esa nueva forma de trato (¿qué ensayo se podría hacer hoy sobre la nuevas formas de trato?), comenta el equívoco del destinatario, los momentos en los que la carta se vuelve sospechosa, el escribir recatado, la letra y la persona (¿dónde está hoy la personalidad de la letra sobre el papel?), el arte de las cartas y  manuales epistolares y hasta el reconocimiento obligado a Vermeer der Delft., el gran pintor, a quien Salinas llama “poeta de la carta”.                                                     

“La triste carta que va,

más breve que mensajera,

si le preguntáis dirá

lo que fue y es y será

del que la vida no espera“, se lee en la mitad del siglo XVl.

En el epistolario medieval las cartas enlazadas y desenlazadas contarán que el caballero vio a la dama, que le debe dar noticia de su amor y que ésta es su primera misiva. Sólo preguntará  el caballero si la carta llegó a manos de la dama y mientras tanto – dice – no es dueño de su propia vida sino cautivo. La dama no le contesta, por tanto el caballero insiste, cree morir si la dama no se apiada de él. La dama sigue esquiva y el caballero, en su  tercera carta, ya no le pide a ella piedad sino remedio para su cautivo. Responde al fin la dama al caballero; su carta es aún dura: le escribe diciendo que aún es tiempo para dejarlo y que luego vendrán sinsabores si no se deja. No cree lo mismo el caballero – le dice en su carta cuarta -: anuncia que incumplirá la prohibición de la dama y plantea en esta misiva nada menos que el problema de escoger qué muerte se ha de dar al cautivo.

La dama comienza a olvidar que antes negó respuesta y ahora envía la suya, aún prudente y cautelosa, pero esperanzadora. Y así siguen las cartas entre el cautivo y la dama, ésta accede al fin a ver al caballero y marca una hora para el encuentro. Pero la vista no es bastante, agrega el caballero, y la audacia es condición indispensable para que el amor crezca.

Eternas escaramuzas que las épocas no borran. El arte, como señala Pedro Salinas, ha hecho que en Vermeer, de cuarenta cuadros, seis traten el tema de la carta.”La mujer que escribe, inclinada sobre su bufete, absorta en su escritura, la mirada perdida en el aire buscando la palabra. La llegada del pliego, entregado por una camarera, que sorprende a la señora en su música. Y sobre todo, la lectura: no se sabe cuál es la más admirable, si la del museo de Dresde o la del de Ámsterdam. Son estos dos cuadros dos monumentos a la atención, dos poemas magistrales a la ausencia. Solas, las dos mujeres, en un ámbito sin más persona que ellas, pero rebosado de sensación de compañía invisible, que emana como callado canto de la carta”.