Mi Visita a Washington. Por: Carmen Amaralis.

A la mañana siguiente el Río Potomac me sigue silencioso y amplio. ( Carmen Amaralis)

 

Mi visita a Washington. Por : Carmen Amaralis.

 

Batallo con la sensación en la boca de que me arrastra toda esta belleza, recordando que cambié mi vida por no quererla. Navego entre verdes y más verdes, entre parras y montañas azules, y me deslizo con ojos bien abiertos.Y no hay quien se resista a los geranios, a las uvas blancas en su punto y a ese Chianti semiseco en una hermosa copa de cristal.

Una tarde hermosa para recordar, y la vida sigue navegándome entre el esplendor de estas tierras pulcras y abundantes.

A la mañana siguiente el Río Potomac me sigue silencioso y amplio, suave vena de mil latidos, sangre plata que se desliza al compás de un paseo lento y fresco.

La ciudad me abraza: colombianos, libaneses, coreanos, Vietnamitas, negros americanos, y entre tantas gentes y tantos gustos, pongo en mi boca el jengibre que adorna un salmón ahumado: plato de porcelana china y cubierto de plata en un barroco de amores entrañables.

Luego la limonada de lima, y no de limón. Unas limas dulces y abundantes en un vaso de cristal helado. Otro día se atraviesa dejando ese placer de abundancias, de sabores y aromas extrañados.
Luego una cama limpia y amplia como la noche estrellada bajo mi ventana de cristal pulido. Me acaricia unas voces amigas:
– Que descanses, Amaralis.

Y es ahora cuando reconozco que estoy rodeada de cristales que me rozan la vida, convirtiendo cada minuto en un calidoscopio de mil colores, formas y sentimientos. Y lo miro todo aturdida, reconociendo los inmensos contrastes que he vivido. Entre los nortes y los sures helados, y en el medio mi trópico caliente, siempre satisfecha y con ojos bien abiertos.

Ahora aquí me presento ante ustedes con el cuerpo repleto y el corazón en una descarga de colores viejos, ancestrales y míos.