Belén de las Flores. Por Issa Martínez. Deventer y el Teatro. Por: Pilar Moreno.

Le sostienen con andamios los restos de la fachada de su pequeña iglesia, para evitar que caigan cuando las máquinas retiren el cerro que cayó sobre ella. ( Issa Martínez)

 

120.000 personas  se calcula han visitado Deventer para asistir al festival internacional de teatro en la calle. (Pilar Moreno)

 

Ex Hacienda Belén de Las Flores. Por : Issa Martínez.

Se encuentra en una parte alta de la ciudad de México. Nunca dice nada, pero hemos dialogado cuando la tarde cae y los árboles se mecen con el viento ligeramente frío.

Sus paredes son muy viejas, descascaradas algunas, incompletas otras, artríticas todas. Las escalinatas de piedra acogen los huesos de aguacate que caen de los árboles y los nísperos. La mano del hombre ha llegado a remozar su gesto vetusto, a intentar arrancarle sus secretos, pero ella no se deja. Siempre está en silencio y no dice nada aunque sienta dolor cuando derrumban sus paredes.

 

Solo yo la escucho…

 

Percibo sus lamentos y oigo su historia mientras el río suena y los pájaros nos acompañan con su coro apacible. Me revela los misterios de sus túneles y sus paredes tapiadas con otras paredes falsas, mientras se acumulan con los días, montículos de tierra, cal y piedras, y plantas agrestes, que sin permiso sobre ellos siguen creciendo.

 

La he visto llorar por cada pedazo de cantera rota por el tiempo. Pero su dolor no tiene límite cuando el mazo derriba sus ladrillos, intentando arreglar lo imposible: porque ya no será ella, porque no serán sus piedras, ni su calidra, ni sus vanos, ni tampoco sus cornisas.  

Cuando logra olvidarse de lo que le hacen, es cuando me cuenta de los pasos enamorados de aquella mujer, presurosos para encontrarse con su amante. Me ha enseñado la huella de bala sobre el perímetro de la fuente, que disparó con puntería el marido ofendido. Me ha adiestrado para escuchar el silencio de la capilla que contiene las voces de sus muertos. Y me ha mostrado sus fantasmas y el coro de risas infantiles que guarda en sus cuevas.

 

Le sostienen con andamios los restos de la fachada de su pequeña iglesia, para evitar que caigan cuando las máquinas retiren el cerro que cayó sobre ella. Y ella me dice que de nada sirve, que las resquebrajaduras no son visibles ni curables Y, que esas piedras que los andamios sostienen, ya no son nada. Luego vuelve a llorar, a llorar y a llorar, y sus lágrimas se confunden con la lluvia, y la lluvia se encharca en las cavidades nuevas y en las viejas…

 

Y yo, pacientemente, debo esperar a que se sequen los charcos, para que ella vuelva a hablarme y a confiar en mí. A veces debo esperar a otro día y a otro. Pero llega una mañana y otra, y otra más. Entonces se encadenan las semanas y, cualquier día, me toma por sorpresa y vuelve a hablarme, cuando había creído que ya no lo haría más.

Y así me recibe por la mañana con un aguacate maduro que yo recojo de su suelo de piedra, me invita a sentarme en sus escalones viejos cuyas varillas ya están al descubierto, algunas…deja que el sol me entibie, le dice al río que suene y hasta llama a algunos colibríes a libar de algunas flores. Sin remedio sucumbo. La escucho nuevamente. En silencio…

 

Así supe del coronel, de los esclavos y los romances de las nanas y los capataces. Así supe de la hija que murió muy joven, de los hijos que se odiaban aún siendo hermanos. Del abuelo inclemente látigo y fusil en mano. De la madre y su amante, del anillo de bodas perdido y encontrado. De la cocinera madre de los hermanos que se odiaban y que nunca supieron su origen. Del caballo del amo despeñado junto con su dueño, en un honorable suicidio…

 

Y luego vuelve a dolerse. Y vuelve a llorar. Y yo quisiera que ya no me hablara pero le gusto, le doy confianza y me cuenta…y es que es tan buena anfitriona: me invita de las aguas de su río, de sus frutos, de sus pájaros y el zumbido de sus abejas y, hasta se burla de mis miedos y me bromea mostrándome sus arañas y pequeñas serpientes, y escucho como se muere de risa con mis gritos de espanto.

 

Mágica, triste, cómplice, así es mi amiga la Exhacienda Belén de las Flores. Y muy, pero muy parlanchina.

 

Deventer se calzó Zancos. Por : Pilar Moreno.

 

En Holanda saben que no deben confiar en el tiempo, este tiene aquí poca fiabilidad. Tampoco en el verano se comporta de manera diferente, y sigue mostrando un carácter caprichoso y voluble. Enfrentándose a las temperaturas de las que en esta tierra dan por llamar tropicales, están las tormentas; es como un impuesto que hay que pagar. Por eso me produce un sentimiento cálido el optimismo que dan muestra los holandeses para organizar eventos al aire libre durante estos meses estivales. Cuántos conciertos en parques, cuántas barbacoas en jardines, cuántos paseos y mercadillos de esos que abundan en estos días de vacaciones, se han visto asaltados por un chaparrón rabioso. La temperatura también se vuelve perezosa y hay que sacar los chubasqueros y alguna camiseta. Pero todo esto se acepta con una especie de disculpa resignada. Sin embargo, este fin de semana el tiempo no se comportó demasiado mal. Y tuvimos suerte, pues aparte de que el cielo no perdiera completamente su azul, la lluvia que cayó lo hizo con precaución y a horas discretas.

La suerte también fue para las aproximadamente 120.000 personas que se calcula han visitado Deventer para asistir al festival internacional de “teatro en la calle”. Durante tres días el centro histórico era un teatro abierto donde unos 200 artistas, entre actores, músicos, mimos, bailarines y acróbatas, de dentro y fuera del país, participan en uno de los eventos más espectaculares del año. La particularidad es que todos los artistas van “calzados” con altos y cimbreantes zancos que manejan con habilidad. Calles y plazas se convierten en escenarios de unas 110 representaciones “de elevado nivel”: actos alegres y cómicos, emocionantes, acrobáticos y musicales, algunos al ras del suelo, y el resto desde la altura de los zancos. Franceses, alemanes, belgas, daneses, españoles, australianos, y por supuesto holandeses, han dado muestras de su profesionalidad y fascinación. Tres días de una ruidosa algarabía que se sale de lo corriente, y con un tiempo que no nos ha dado grandes motivos de inquietud. Hay tanta gente que, a veces, resulta difícil seguir la representación. Se necesitarían igualmente zancos para poder ver bien. Las actuaciones se suceden en las calles, en las plazas, en las esquinas. El público sigue a los actores, unas veces como espectadores y en otras pasan a formar parte integrante de la historia que en esos momentos se representa.

 Como cierre del festival un largo y colorido desfile con música, canto, baile, con los más extraños y asombrosos personajes y elementos improvisados que se prestan a confusión: un elefante dorado, una soprano rubia subida a un escenario, un negro de esplendorosa figura con un aro que está en llamas, damas con los más complicados vestidos, cañones que disparan confetti, y toda clase de artilugios que convierten el desfile en algo para no olvidar.

 

Hoy lunes he vuelto a ir al centro. ¡Qué solas y enmudecidas aparecen ahora las calles! Todavía aturdidas por el estruendo del fin de semana, van recuperando el color prudente de siempre. También las terrazas presentan un aspecto desolado, pero no es extraño: el tiempo quiere dejar la última palabra, y hoy son la lluvia y el viento los protagonistas y los que imponen su carácter al borrar los últimos acentos de la fiesta anterior. Habrá que esperar de nuevo otro año para disfrutar de este festival, no nos queda otra cosa que aceptarlo.