Cazorleans: El Festival Internacional de Blues de Cazorla: Por: María Prieto.

Aquel que escribe acude a la música para invocar a las palabras; quien hace música la utiliza cuando necesita llamarlas. (María Prieto)

 

Cazorleans: Por María Prieto.

No es mi persona muy dada a algarabías aunque sí a alborozos.

Parece que ya desde adolescente, incliné mi vida hacia las tristezas y nunca más logré reconducirla hacia otros caminos más alegres. Puede que por eso, mi alma de blues decidiera arrancarme del cuadro que me contiene, y empujase a mis pasos para poder alimentarse de ajenas melancolías, hacia el Festival Internacional de Blues de Cazorla (Cazorleans como dice la canción hecha por Txus Blues & José Bluefingers para este festival y que yo utilizo para título y utilizaré para despedida).

Así, despistando al calor, me voy serpenteando mil y una curvas, asomando el vértigo a múltiples precipicios, sosteniendo el aliento en un ¡ay! producido por el miedo y, arrullada por el sonido monocorde de las chicharras, llego a Cazorla a la hora en la que el estómago, desfondado, y vuelto del revés, pide con urgencia agua, que será vino, y algo de comer, para empezar…

Cazorla está incrustada en las rocas y asomada a los olivos y tiene una belleza serena y luminosa. Voy recorriendo sus empinadas calles llenas de gentes de todas las edades, de todas las tribus imaginadas que aguardan lo mismo que yo y con el mismo entusiasmo.

Empezamos con una lección magistral de Antonio Serrano. Sus palabras tienen la  misma limpieza, la misma sencillez que la utilizada en cada una de sus notas, pero, en la armónica, aplica el bisturí de una forma tan precisa y eficaz que, los sonidos que él hace brotar, salen limpios, cálidos, brillantes, como muy pocos lo consiguen. Sus palabras, sin embargo, parecen pedir permiso y hay en ellas una mezcla de sabiduría y timidez aliñada con la dosis de exigencia y perfección que parecen ser la norma en el vivir de este músico.

(Antonio Serrano)

Aquel que escribe acude a la música para invocar a las palabras; quien hace música la utiliza cuando necesita llamarlas. Músicos y escritores nos regalan notas y palabras y, con ellas, nosotros, si así lo deseamos, haremos pompas con las que volar y ascender prescindiendo de alas; escaleras de notas o de sílabas que, encadenadas, se transformarán -cual mágica calabaza- en peldaños por los que podremos subir, huir, descansar, soñar, bajar, escondernos, dormir o pensar.

Salir a la noche de Cazorla, después de gozar de las palabras y la música de A. Serrano y recibir el aire fresco, y sentarse en la terraza de un bar y esperar a que llegue el momento para que Keb’ Mo’ comience, esto es lo que toca ahora. Esto y… bajar la empinada cuesta que, de pura inclinación, más que calle parece ladera, y llegar hasta la plaza de toros y buscar un sitio, y sentir el polvo comiéndote los pies y, darte cuenta de que gozas del privilegio de estar ahí sabiendo que, esta vez, no se cometerá en ese espacio dedicado a ese extraño rito de muerte, ningún daño y que ¡por fin! no será la sangre la que empape esas piedras sino la música, la vida.

Las luces se encienden mientras la plaza sigue llenándose de almas bluseras; cientos de pequeñas hormigas que ven como, entre luces rosas y amarillas, aparece, con pasos de gacela, una figura espigada y negra, acompañado por una guitarra plateada (Steel Guitar me cuentan que se llama) que él hace sonar con precisión de relojero suizo.

Las doloridas piernas, se quejan y la seca garganta quiere librarse de esa capa de polvo de albero, así que lo mejor será sentarse y tomar una enorme cerveza bien fría.

( Janiva Magness)

Unos hombres ocupan ahora el escenario, mueven, traen y llevan; cambian todo y un torbellino con nombre de mujer entra enfundada en un ajustado vestido negro que parece anticipar que eso, el vestido, será lo único contenido que veremos en Janiva Magness. Un chorro de voz, una fuerza imparable que conmueve cuando nos cuenta que sus 51 años (¡oh! bien se sabe que es edad imperdonable si no naciste hombre) ni frenan, ni merman o imposibilitan para ser lo que ella demuestra en cada actuación: que es única y estupenda. Emociona comprobar que se equivocaron los que nunca la creyeron y jamás la apoyaron, y emociona ver a una mujer enorgullecerse de ser lo que es y de haber sabido hacerlo como ella deseaba que fuera.

Es el turno de Reverend Horton Heat, América entró al escenario, traje de color naranja adornado con enormes llamas que incendiarán de rockabilly a los cuerpos que, quieran o no, se moverán

Este pobre cuerpo mío grita pidiendo tregua; arrastrando las piernas en las que las cuestas pusieron su firme firma, dirijo los pasos hacia el hotel dulce hotel.

Segundo día. Calor cerveza y ¡más blues!

En una placita llena de bares y gente, ahí está ahora el escenario. El aire lleva acordes de armónica; niños, jóvenes, mayores de mayor y menor envergadura, pijos, hippies, “normales” y bien poco normales, aquí estamos todos juntos como siempre debería ser, y es que, el blues también es esto. ¡Larga vida al blues!                                                                                   

                                                                                                                       (James Cotton)

Llega el final, broche de oro lo llaman, y yo, que ignoro si existe algo más brillante, más valioso, más perdurable, más viejo que el oro porque, si así fuera, eso habría sido lo que vimos allí. James Cotton, un inmenso negro con mayúsculas (¡se acabó la tontería del lenguaje políticamente correcto y memeces similares!) un pedazo enorme de alma negra que apenas puede moverse y que, con enorme esfuerzo, dice unas palabras que le salen pequeñas, débiles y rotas y que dejan muda la explicación que haría entender de dónde y cómo, cuando coge su armónica, puede transformar la debilidad en esa fuerza. Todo lo que este hombre ofrece brilla con fulgor genuino y propio.

 

 

 

 

   (Johnny Winter)

Aún no recuperados del impacto causado en todos los sentidos, aparece el reverso de la moneda de lo que acabábamos de ver, y un hombre frágil y transparente de puro blanco, un hilo tocado con sombrero de duende del que sale una melena tan débil como él, avanza de puntillas, con pequeños y dolorosos pasos (porque sí, duele ver esa debilidad) hasta su silla y allí, tejiendo como araña sobre las cuerdas de su guitarra, él va creciendo y creciendo y, sin darte cuenta, vas olvidando aquella fragilidad y, lo único que se ve, es al gran músico que es, que fue, y que será Johnny Winter; la fuerza que a él parece faltarle reside en la música que este hombre es capaz de hacer. ¿Será que de verdad es mago? ¿Será que esa guitarra que el acaricia una y otra vez es una varita? ¿Será que esa música que parece salir de la nada es magia?

Se acabó, es hora de volver y, como dice la canción del festival

“…da igual la carretera, el calor da igual vale la pena la espera la vida es un festival. Estoy en Cazorleans, estoy en Cazorleans, por favor no me pellizques que no me quiero despertar. Me voy de Cazorleans, me voy de Cazorleans…” (Me tomé la libertad de ponerle otro final)

*Las fotografías pertenecen a la página web  blues Cazorla Festival. *