La filosofía en nuestras vidas . Mireia.C. Zubiaurre y Iasone Cañada

 Si fuéramos felices desde que nacemos hasta nuestra inevitable muerte, perderíamos la noción de dicho concepto por otro cargado de monotonía y apática rutina. (Mireia. C. Zubiaurre)

 

Percibo el ritmo de sus vidas. Recogimiento ante una revelación inesperada, tangible en cada objeto. (Iasone Cañada)

De la Esencia de la Felicidad y de sus atributos. Por. Mireia. C. Zubiaurre.

La felicidad no existe. O al menos eso es lo que nos aseguran y, sin embargo algo debe de ser puesto que tiene nombre, y todo lo que tenga nombre aunque no sea palpable ni sólido ni susceptible de ser guardado bajo llave, es anhelado por el ser humano y causa de muchas de sus frustraciones.

Solo podemos vivir momentos, instantes de felicidad. De hecho, si fuéramos felices desde que nacemos hasta nuestra inevitable muerte, perderíamos la noción de dicho concepto por otro cargado de monotonía y apática rutina. Hay que sufrir para saber reconocer y disfrutar después de esos instantes de dicha, eso nos lo dicen también y parece ser que el hombre, como ser racional, finalmente ha reconocido que esto es así, que esa felicidad pasajera se encuentra en determinadas circunstancias no tan difíciles de vivir como nos imaginamos, pero sí de ser reconocidas y disfrutadas en tiempo real. Así, buscamos nuestra dosis de felicidad en el dinero, en  lo material, en el riesgo e incluso equivocadamente en las experiencias que ponen en peligro nuestra salud física y mental. Y no es necesario irse tan lejos ni complicarse tanto la vida hasta el punto de arriesgarla, si no que hay que aprender a reconocer esos momentos, a creer que de los condicionantes externos e internos más sencillos nos pueden llegar esos instantes que, dependiendo de su duración e intensidad, probablemente aún seremos capaces de recuperarlos en el futuro y cuyo valor, entonces, será sin duda incalculable e indescriptible. Los momentos de felicidad (unos segundos, unos minutos) se recuerdan con más facilidad si son recientes, pero aquellos que han tenido lugar hace años se convierten en épocas de nuestra vida un tanto confusas que se alargan en el tiempo, mezclándose unas con otras de entre las que involuntariamente borramos lo negativo y nos quedamos con lo bueno, recibiendo en nuestra mente una sensación extraña entre la nostalgia y el bienestar. Recordamos vagamente cómo fue, cuándo y dónde, pero aunque volviéramos a repetir la escena, aún encontrándonos en las mismas circunstancias, con la misma gente, ya nada sería igual. Nos sería del todo imposible revivir esa época tal y como la recordamos, magnificada, llena de sensaciones subjetivas e incontrolables que nos aporten unos instantes de feliz añoranza.

La felicidad no existe como tampoco su concepto más antagónico, pero al igual que vivimos momentos agradables, a su vez sufrimos por razones que a veces escapan a nuestra capacidad de resolver situaciones desagradables y conflictivas. Cuando tales momentos se alargan y se complican, la necesidad de huir, de encontrar una salida se vuelve imperiosa y no siempre es posible hallar la solución y la tranquilidad con nuestros recursos psicológicos o materiales.

La arriba firmante es persona que al igual que el resto de mortales disfruta de buenos momentos, pero también de malos y cuando la (cobarde) huida parece la única alternativa, cuando ya nada podría ir peor y un instante de tranquilidad es lo único de valor psicológicamente hablando, recurre en ocasiones a un remedio de dudosa eficacia ya que, si bien le otorga algo similar a esa tranquilidad, a ese fugaz descanso mental tan ansiado, a su vez viene acompañado de una inevitable nostalgia de la que, dadas las circunstancias, es incapaz de deshacerse. Sin embargo, las décimas de segundo de felicidad llegan, están ahí y, hasta cierto punto, surten efecto y por unos breves minutos, todo parece calmarse.

Entre complicados libros de historia, novelas de diferente calidad y ensayos político-sociales, aún sobreviven algunos libros infantiles, propios o heredados, con sus páginas ya amarillentas por el implacable paso del tiempo, que están ahí, esperando la ocasión en la que su dueña se acerque hasta ellos, los coja, los ojee y comiencen a transmitir de forma casi mágica imágenes sueltas, recuerdos inconexos, momentos especiales a la tullida mente de su ama. Son las instantáneas de la felicidad, esa que reaparece desde el subconsciente, desechando cualquier otro pensamiento negativo, entresacando lo positivo y otorgando un momento de descanso eficaz, aunque engañoso, la nostalgia no nos abandona. Pero ahí están esos recuerdos de características y poder tan particulares, porque aunque volviéramos a leer esa pequeña novela, en el mismo lugar que lo hicimos en su día, rodeados de la misma gente y en las condiciones exactas a las de entonces, no podríamos revivir lo vivido 20 años atrás, ya nada sería lo mismo y nuestra decepción sería mayúscula. Porque en nuestros recuerdos curiosamente los colores brillan con más intensidad, todo es más bello, emocionante y espectacular, todo es una novedad apasionante, una aventura. Ahora, y tras 20 años de observar y vivir algo similar de forma regular, ya nada nos sorprende, poco llega a emocionarnos y la aventura debemos buscarla en lugares lejanos y exóticos, sin tener asegurado que vayamos a dar con ella.

  (Rodín. El Pensador)

Sin embargo, seguimos viviendo momentos especiales que serán recordados con igual ingenuidad dentro de otros 20 años, tendremos nuestros propios recuerdos materiales que nos llevaran directamente hasta entonces, hasta el presente, momento en el que no somos del todo conscientes a la hora de disfrutar de esos instantes de felicidad que se nos presentan, ni crearlos naturalmente. Solo entonces nos lamentaremos por no haber sido capaces de alargarlos un poco más en el tiempo con el fin de acortarle a la vida unas décimas de segundo de tristeza.

Dentro de otros 20 años, entre los viejos libros infantiles se encontraran complicados libros de historia, novelas de diversa calidad y ensayos político-sociales que estarán ahí, esperando la ocasión en la que su dueña se acerque hasta ellos, los coja, los ojee y comiencen a transmitirle de forma casi mágica imágenes sueltas, recuerdos inconexos, momentos especiales.

Tantas veces que volveríamos atrás, tantas otras que lo desearemos hacer en el futuro, no solo por esa absurda necesidad humana de querer corregir lo invariable, lo ya hecho, lo ya subsanado, si no por vivir en una falsa felicidad que nos llegue desde el pasado a través de unos recuerdos engañosos que aumentan nuestra percepción de lo que parece debió de ser algo glorioso de nuestros días pasados.

Sin menospreciar su valor como vía de escape ante esos baches inevitables con los que la vida nos sorprende, mejor haríamos en intentar crear nuevos momentos agradables en el presente, construyéndolos con pequeños detalles de cada día, sin complicarnos la existencia ni perder excesivamente el tiempo en banalidades superficiales. Y vivirlos, porque en el futuro aún pervivirán en nuestra memoria y no como hechos aislados (el tiempo se difumina a si mismo), sino como épocas de las que la mente sabrá sustraer lo negativo y quedarse con lo que verdaderamente importa, llegando así hasta el final de nuestros días con la sensación, ingenua por otra parte, de que hemos disfrutado. Vivirlos por la sencilla razón de que tal vez ni siquiera llegue ese futuro desde el cual rescatar recuerdos.

Efectivamente la vida no es ni tan sencilla ni tan domable, no depende solo y exclusivamente de nuestra fuerza de voluntad la capacidad de crear buenos y memorables momentos, pero mentiríamos si afirmásemos que carecemos absolutamente de ellos. Por ello, que no exista vergüenza ni temor alguno por recurrir a algunos objetos del pasado, por muy inútiles o absurdos que ahora nos puedan resultar, tan solo para recuperar, por unos breves lapsos de tiempo, algo de aquello que si está en nuestra mente, existió, y si así fue es que realmente lo vivimos y lo podríamos volver a recrear en el presente.

Fotodiario de Julio. Por: Iasone Cañada.

 

El verano gozoso, caliente y luminoso propone una y mil cosas que sólo llevo a cabo durante los meses entre los que discurre…

 

Me da menos pereza moverme, iniciar una ruta a la que dejo elegir los destinos. Muchos de ellos me llevan a una casa, un hogar, un lugar en el que seres amigos viven, establecen sus días y noches…haciéndose acompañar por quien han elegido.

 

No importa que sea una casa, un piso, una finca, un tippi, una yurta, un campanario, una cúpula posada en un árbol, un caserío o una cueva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entrar por primera vez en el “lugar” de  alguien que me gusta, me causa un pudor extraordinario. Con la primera impresión recibo los colores que han dispuesto para su hábitat…el diseño de la luz, del espacio. Ahí siento el espíritu en el que se desenvuelven esas personas, en lo global de su existencia. Es presente. Es ahora.

 

 

          

                                                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En una segunda mirada, percibo los detalles con que las cosas se han distribuido por el espacio… Y en esos detalles, hay unas manos que al colocarlos y diseñarlos, manifiestan lo pensado, probablemente durante días, semanas y meses….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En una tercera mirada está lo que hace único ese espacio y que  refleja el alma de las gentes que lo habitan. Todo me sugiere un hablar suave, un moverme en su compás, respetando su creación, mientras recorro todos los recovecos.

Pudor de todo lo que palpo de esas personas, lo que siento al apoyar la mirada en sus rincones…como si entrando en su hogar lo hiciera en sus vidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Descubro, en cierta manera, su mundo soñado y trasladado a la realidad. Su búsqueda de la perfección a través de “las cosas”. Percibo el ritmo de sus vidas. Recogimiento ante una revelación inesperada, tangible en cada objeto. En el conjunto de los objetos. Es el impacto de un hogar.

 

Como una madeja, que entretejida por  ellas y ellos, crea una obra nueva y única.  ¿Se pueden dejar los pensamientos, aquietados, en las cosas?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Dejar la emoción, la intención, en cada rincón?

¿Dejar el  amor y la ternura, en cada detalle?

¿Dejar el don de la creatividad expuesto?

                                                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me conmueve profundamente y hasta que la mesa se llena de todo tipo de exquisiteces para el primer brindis, me siento celebrando silenciosamente la belleza de estas personas, su osadía, su manera de comunicarnos su bienestar, sus opciones y expectativas.

 

Sentarse alrededor de una mesa con gente amiga es un regalo de la vida, de este día, de este momento. La conversación, una manera de reconocernos después de tanto tiempo sin vernos, de recordarnos, de disfrutar con los cambios que hemos ido haciendo en nuestras vidas, en nuestros propósitos.

Incapaces de callar, con miles de cosas que contarnos, la mesa se va llenando de todo tipo de delicias, la mayoría de su propia huerta, de su propio ganado. Un vino excelente. Un atardecer magnifico tras los ventanales, tras las montañas. Recuerdos, historias que nos hacen brindar tantas veces como ganas de celebrar nos inundan.

 

Me retiro un poco y miro al grupo que formamos en éste momento y pienso: “Lo han conseguido”. Hago otro brindis interno, deseándoles la fuerza y el amor necesarios para que su vida siga siendo una creación duradera. Que todo lo que han dejado de si mismas y de si mismos, en cada rincón de su hogar,  les devuelva la paz y tranquilidad de saberse seguras, seguros para lo que esta por llegar… y que cuentan conmigo. Siempre. Ahora. Siempre.