Recordando a Solzhenitsin: Por José Julio Perlado

Nacido el 11 de diciembre de 1918, curiosamente su formación la adquirió siempre en  contacto con la realidad que le circundaba. “Al mirar ahora el pasado – confesaba en los años sesenta -, lamento muy poco el hecho de no haber recibido educación completa en el campo literario, pues no la considero obligatoria para un escritor; a veces incluso le hace perder su rumbo”.

 

 

Recordando a Solzhenitsin: Por José Julio Perlado

 

 La reciente desaparición del gran escritor ruso Alexander Solzhenitsin nos lleva, entre otras cosas, hasta las dos mujeres de su vida: Natalia Reschetovska y Natalia Svetlova. Le ayudaron además otras mujeres en su trabajo – por ejemplo Elena Chukovska y Elizabeta Denisovna  – pero las dos Natalias, las dos que se casaron con él,  participaron muy activamente (cada una a su modo)  en su tarea de escritor.

La primera de ellas – de la que Solzhenitsin se divorciaría en 1972 y cuyos trámites se prolongarían tres años -, escribió unas Memorias, “Mi  marido Solzhenitsin” (Sedmay, 1976), que rezuman muchas amarguras. El autor de “Agosto, 1914”  fue siempre un hombre muy organizado, de gran energía creadora, y su ímpetu fue registrado por uno de sus amigos que lo dibujaba así: “jamás amaina un momento. Siempre está trabajando, proyectando, pensando; nunca se ha visto a nadie que someta a su persona a la tensión continua que él acostumbra. Y la suma de todo esto se traduce en avanzar, avanzar, avanzar”. Natalia Reschetovska  no entendería esa actitud y se la reprocharía en muchas de las  páginas de sus Memorias.

Solzhenitsin avanzó, avanzó siempre. Avanzó  a través del Gulag, a través del cáncer, a través de la expulsión de su patria. Avanzó por encima de las persecuciones y de las prohibiciones para publicar su obra, avanzó  diciendo y denunciando constantemente  la verdad.

Esa defensa de la verdad le llevó a recordar en un momento de su vida su responsabilidad como escritor: “Gracias a su mirada de artista y a su intuición, el escritor – dijo – descubre numerosos fenómenos sociales antes que los otros y bajo un ángulo inesperado. Es ahí donde reside su talento, y de este talento se desprende su deber”. “La literatura rusa – señaló en otra ocasión – se ha distinguido siempre por su actitud con respecto a los que sufren. A veces se defiende entre nosotros el punto de vista según el cual hace falta embellecer la realidad soñando en aquello que será el día de mañana. Pero es una idea falsa: un punto de vista tal justifica la mentira”.

 

 

 

Las fotografías que de Solzhenitsin se han obtenido  generalmente nos lo muestran a lo largo del tiempo con vestimentas sencillas, fiel a las viejas prendas. Sus biógrafos  hicieron notar que en su casa se ponía unas viejas sandalias que estaban literalmente destrozadas, “y años después de haber dejado el último de sus campos de trabajo seguía escribiendo con una vieja chaqueta acolchada de color negro que ya había usado en dicho lugar”.

 Nacido el 11 de diciembre de 1918, curiosamente su formación la adquirió siempre en  contacto con la realidad que le circundaba. “Al mirar ahora el pasado – confesaba en los años sesenta -, lamento muy poco el hecho de no haber recibido educación completa en el campo literario, pues no la considero obligatoria para un escritor; a veces incluso le hace perder su rumbo”. Lo que Solzhenitsin se propuso en cambio desde muy joven fue descubrir, a través de su propia indagación personal, las causas originarias de los desarrollos sociales y el comportamiento humano. A la vez descendía a pequeños detalles muy  reveladores – el habla, el lenguaje que le rodeaba – porque ellos enriquecían su labor como escritor. Un íntimo amigo suyo evocaba cómo el autor de “Archipiélago Gulag” al escuchar las conversaciones de los aldeanos rusos, les volvía hábilmente  la espalda para apuntar con rapidez en su cuaderno de notas una palabra o una frase llamativa.

Una de sus grandes obras, “Un día de la vida de Iván Denisovich“, publicada en 1961, relata toda una experiencia tremenda y memorable. “En la persecución de su meta –  señaló un crítico cuando se publicó este gran libro -, Solzhenitsin no tenía por qué escribir memorias, ni un análisis ni una exposición, sino un poema con texto y estructura rítmicos. O, para ser más preciso, una leyenda popular… Y esto es lo que hizo al escribir esa obra.  El campo de concentración  y sus calamidades se ajustan a un patrón rítmico en esta leyenda. Es un ritmo interno, estructural y espiritual, que, con la ayuda de una especie de resonancia o inducción, penetra en lo profundo de, por ejemplo, un preso rehabilitado, conmoviéndolo hasta lo más hondo de su ser”.

 

Es una novela que relata la vida oprimida y la existencia valerosa de un hombre. Solzhenitsin llevó esto hasta sus últimas consecuencias. En 1967, cuando tres estudiantes le dirigen una carta, él les contesta: “¡Y no vengáis a decirme que “cada uno comprende la justicia a su manera”! ¡No! De justicia es el patrimonio de la humanidad tomada en la continuación de los siglos, y ella no se interrumpe nunca, incluso cuando ella no alcanza más que a ciertas porciones restringidas. (…)  La justicia existe mientras existan hombres, aunque sólo sea un puñado quienes la sienten… Y en las épocas de depravación masiva, cuando se plantea la cuestión “¿Por quién, entonces, hace falta obrar?, ¿por qué sacrificarse?”, se puede responder con seguridad: por la justicia. Ella no es  en absoluto relativa. Ella es, hablando propiamente, la conciencia, pero no la   conciencia personal, sino aquella de la humanidad en bloque. Aquel que percibe claramente la voz de la conciencia, habitualmente percibe también aquella de la justicia. .Creo que en todo problema social – y también histórico, a condición de que no lo conozcamos por los libros, por así decir, sino que lo hayamos tocado con el alma -, la justicia nos inspirará siempre el acto o el juicio del que no tengamos que avergonzarnos”.

“Cada línea la pienso un año”, dijo él una vez refiriéndose a  lo que escribía.

En momentos de literatura fácil y voluble, no comprometida, ligera, que no cause nunca preocupaciones en el lector,  todos estos recuerdos de Solzhenitsin hoy son  importantes   para saber quién acaba de morir en Moscú  y qué legado dejó en su vida.