Textos Creativos de: Lidia Ramírez Mesa

La sombra de la silueta elegante de Tenerife se superponía al misterio de los profundos barrancos. (Lidia  Ramírez Mesa)

 

La Memoria del Mar. Por: Lidia Ramírez Mesa.

 

Con mis trece años de voz y mi coleta de siempre domando mi pelo negro y rizado, estoy aquí, mirando el correíllo  que me llevará de vuelta a casa, con mi maleta más llena de lo que la traje.

Los meses de verano, que me parecían tan grandes, han pasado  y mis tías me dicen que me van a extrañar. Los días en Tenerife se sucedieron sin saber por qué motivo mi madre había decidido mandarme fuera de la isla, lo que sí sabía es que nunca la había visto tan triste.

            Cuando pensaba que tenía que pasar dos meses con las hermanas de mi padre sentía un temor indescriptible, a mis tías sólo las conocía por lo que me habían contado, yo era muy pequeña cuando las vi por última vez.

Recuerdo que desde que rocé mi cara con la de  mi tía Julieta me sentí cómoda con ella, su imagen cuando se agachó a besarme no se me podrá olvidar; su sonrisa hacía que el moño que llevaba hiciera brillar más sus ojos. Me sentí abrazada y con la sensación de estar en casa. Julieta a menudo me hacía volar, ya fuera en la azotea tendiendo la ropa, o sentada en el suelo del pasillo de la casa en los días de más calor, o recorriendo los bordillos de las aceras. Ella veía la vida con ojos de hada y caminaba por el mundo como si tuviera pies de duende. Con ella aprendí a escuchar  las plantas, a palpar los vientos y a embriagarme con los aromas.

Aunque el sol ya se ha puesto, el  calor aprieta al pie de la escalerilla del barco, a pesar de llevar la ropa más fresca que me hizo Severa, la hermana de mi abuela materna. Su casa olía a naftalina y a incienso, hasta allí fuimos porque quería hacerme unos vestidos. Aquella mañana  tuve que lavarme a fondo, revisarme las uñas, los oídos, ir bien peinada, bien oliente. Era muy buena costurera y, o ibas bien arreglada o te enfrentabas a lo más áspero de su nombre.

– ¡Quieta! No te muevas.

– ¡Ay!

-Te dije que no te movieras.

Los pinchazos fueron muchos más que los días que tuve que ir a probarme; y mientras yo aguantaba casi sin respiración, mi tía Julieta sonreía y hacía que se rompieran los miedos a las manos llenas de alfileres.

Me dormí con el olor a desinfectante, a grasa y a fuel del mariquilla y con el sonido de unas guitarras y unas voces que llegaban desde la cubierta al estrecho camarote. El mar estaba muy picado y antes del amanecer su movimiento me despertó de un sueño en el que las aguas me cubrían y la mano de mi padre intentaba en vano salvarme. No recordaba haber soñado antes con él, no lo conocía, se marchó a Venezuela a  poco de yo nacer, lo único que conocía era su ausencia hecha ahora presencia a través de ese sueño. Me volví a dormir escuchando la danza del mar.

Desde la falúa del correo la isla se me hacía a ratos pequeña y a ratos grandiosa, la sombra de la silueta elegante de Tenerife se superponía al misterio de los profundos barrancos, que ahora aparecían y desaparecían con el movimiento de las olas del sur.

Mi mirada no era la misma, tenía la impresión de que algo peculiar sucedía a medida que se acercaba la llegada a Valle Gran Rey. Desde que vi a mi madre abanando su mano  en el muelle supe que algo muy importante había pasado en mi ausencia, su presencia allí la delataba. Mi madre hacía años que no llegaba hasta el muelle, en realidad hacía años que no llegaba más allá de nuestras palmeras guaraperas, ahí había clavado alambradas en un cercado invisible, desde el día en que dejó de tener noticias de mi padre, como si quisiera encerrar sus sueños para que no se le escaparan.

El olor olvidado de la  melaza volvió con los besos de mi madre y la alegría de mi vuelta me la presentó en una bandeja con flan al baño María, rodeado de miel de palma. Pero lo mejor del postre no fue lo que ella me había cocinado, sus palabras me confesaron que antes de mi partida habían llegado noticias certeras sobre el desconocido destino de Juan, mi padre, él nunca  llegó a Venezuela y ella, que en estos dos meses había atravesado el túnel más oscuro de su vida, había decidido dar por finalizada su penitencia.

No sé si fue la inquietante noticia o la incesante mirada de Julieta pegada a mi alma la que hizo que en las siguientes semanas mis sentidos se derramaran. La sensación de cambio no estaba situada en un lugar concreto, como el ombligo, eran todos mis sentidos los que estaban implicados.

Si escuchaba los silbos ya no oía mensajes entre vecinos, era música que podía bailar, eran trozos de melodías que venían a hablarme de las posibilidades de otros mundos, de otros seres que me querían revelar secretos, eran las voces de las harimaguadas que venían a arroparme.

Así, cada vez que escuchaba silbar, me sentaba al lado de la atarjea, me mojaba las manos con el agua limpia y dibujaba mi cara con las gotas del naciente, hasta que cerraba los ojos y dejaba que los mensajes se sucedieran uno tras otro.

No hice lo mismo con mis ojos cuando Evaristo albeaba  mi casa,  presentía que en ese instante borraba las lágrimas derramadas por mi madre en sus frías noches y que la oscuridad de mi desasosiego, por haber vivido sin Juan, transformaba las paredes en hojas en blanco para escribir una nueva etapa de mi vida.

Cuando Olimpia, mi madre, se metía conmigo en el mar ya no lo percibía como un horizonte sin límite, el mismo mar que siempre me había aislado, ahora se convertía en posibilidad de llegar a cualquier lugar. Era la sal invisible la que nos curaba las heridas, era la fuerza del mar la que necesitábamos para no temer a nada, era palpar en su ir y venir que todo, absolutamente todo, se mueve y eran las olas las que se llevaban nuestra soledad para devolvernos la esperanza por la vida.

No sabía si esta entrada a un mundo imaginado era por escapar de la noticia del destino de mi padre o porque eran ciertos los rumores de que Julieta practicaba, en las noches de luna llena, la sabiduría de Aremoga. Lo cierto es que el mundo ya no era el mundo que había conocido antes del viaje a Tenerife. El mundo de mi madre y el mío crecían al unísono, se llenaba de brisa fresca con los alisios, para airearnos  las horas mientras la magia de lo cotidiano nos transformaba. Todos los días eran nuevos y se abrían las puertas que tantos años habían estado cerradas para nosotras.

Para cuando volví a salir de la Gomera a estudiar en la universidad, mi madre me había transmitido la fuerza para buscar siempre motivos para sonreír, la paciencia para no cansarme de caminar y la curiosidad para descubrir la aventura en las cosas más sencillas.

Siempre me ha rondado la duda de si era Olimpia la que tenía que haber subido a aquel barco.

Cuando en las noches de insomnio intento reconstruir su cara, sólo llega a mí la imagen de su semblante al pie de la escalerilla del barco, y puedo ver que detrás de aquella sonrisa comprensiva de las cosas que son inevitables, la tristeza del abandono vuelve a instalarse sin reparos en su vida.