Momentos Estelares de la Humanidad. Por: José Julio Perlado.

Todo está ahí, en el Japón del siglo X… Es la otra vida […] la que  evoluciona  doblando igualmente cada vez el paso del tiempo. (José Julio Perlado).

 

 

 

 Momentos estelares de la Humanidad. ( Murasaki Shikibu). Por: José Julio Perlado.

Cuando Stefan Zweig va narrando en sus doce miniaturas históricas “algunos de esos momentos “que él llamó “estelares” (así lo confiesa el autor austriaco) ” porque brillan como estrellas, con su luz invariable, en la noche del pasado”, el autor de “Momentos estelares de la humanidad”  desea sumergirse indudablemente en escenas exteriores de las culturas y de las vidas que afectan a  personas y a  pueblos – la conquista de Bizancio, por ejemplo, el minuto de Waterloo, el descubrimiento de Eldorado, las primeras palabras a través del océano, la hazaña del polo Sur, entre otros – y abarca con su mirada instantes claves de Occidente. Pero en ese mismo Occidente – y también en Oriente – han existido, y siguen existiendo  (mejor sería decir, “palpitando” siempre) otros pulsos muy personales, apenas advertidos en el fluir normal de la vida, pulsos y palpitaciones que muchos poetas han ido anotando en cuadernos secretos,  páginas que suelen guardar cuidadosamente las intermitencias del corazón.

 Cuando se tiene entre manos el maravilloso libro de Murasaki Shikibu “La historia de Genji” (Atalanta), nada más repasar el índice se nos habla de las flores que caen, de la belleza crepuscular, de la jungla de matorrales, de los jirones de las nubes, de la guirnalda de zarcillos, del primer canto del ruiseñor, de las luciérnagas, de la rama del ciruelo, de la niebla nocturna o de las hojas tiernas de glicina. Todo está ahí, en el Japón del siglo X, casi olvidado entre carruajes y cortesanos, en paralelismo a las intrigas de Palacio, a las envidias y a los celos, caminando la naturaleza con suaves movimientos   mientras avanzan también los acercamientos y los  distanciamientos y mientras la vida de la corte discurre con su espectáculo y protocolo. Es la otra vida, la vida de los aromas – la de las flores, de los colores, de todo lo que imanta los sentidos – la que  evoluciona  doblando igualmente cada vez el paso del tiempo.

¿Pero qué es la vida? ¿Cuál de las dos cosas sintetiza mejor la vida? ¿Los cambios de las estaciones y su influencia en los hombres o los cambios de los hombres entregados a sus luchas y quehaceres? ¿Quién cuenta mejor la vida?  ¿Aquellos historiadores que firmaron crónica de batallas o aquellos otros que narraron cómo era la menuda existencia de seres humanos casi desconocidos pero sensibles a cuanto estaba ocurriendo?  La vida es la misma, una existencia que las primaveras alteran cada año, los calores la sofocan, los inviernos la derriten. Murasaki Shikibu, nacida en 973 dentro de una familia aristocrática, contrajo matrimonio en 998 o 999 y quedó viuda en 1001. Destinada al servicio de la emperatriz Akiko ( o Shôshi), destacó por su talento como narradora. Los cincuenta y cuatro capítulos que contiene “La historia de Genji” existían ya en 1007 o 1008 y han sido considerados como una de las novelas más antiguas del mundo y asimismo como una obra maestra. Se ha dicho de ella que está a la altura de “En busca del tiempo perdido” de Proust, y la verdad es que el tiempo recobrado y perdido del Japón milenario se nos aparece encarnado en cuatrocientos personajes, sin contar los servidores y los rostros anónimos del pueblo. Son los vientos, las nubes, las lluvias y las tempestades de nieve las que anuncian los sentimientos y son los simbólicos ruidos – el sonido de una campana en un templo lejano, el grito de las ocas salvajes, los murmullos de una cascada o el deslizamiento del viento entre los árboles – quienes no señalan que la vida está viva.

 

Sí, esta es la vida. “Ellas habían esperado el noveno mes del año – escribe la gran autora japonesa al describir la muerte del príncipe Hachi  – y las hermanas tenían la  impresión de que su vida se había transformado en una noche sin fin. La vista de las colinas y de los campos arrasados por la lluvia inundaban  sus ojos de lágrimas y las mangas de sus vestidos se embebían de agua. Los rumores de hojas caían revoloteando en el aire, el ruido de la cascada parecía igual a un torrente  de lágrimas y daba la impresión de unirse en un canto fúnebre acompañando a las jóvenes hijas de la tristeza. ¿Cómo podían continuar así las cosas? ¿Es que acaso su existencia no iba a terminar jamás?”.

 

 

La historia de Genji” no es una novela lírica, pero el lirismo de la vida no está ausente de sus páginas. El culto de la belleza, los decorados, la sociedad y la política, los amores y desamores, los vestidos y las conversaciones, incluso sus disquisiciones sobre la función de la novela misma,  aparecen y desaparecen en un juego literario muy consumado.”Ese año – se lee en el libro -, la estación de las lluvias fue particularmente penosa. Día  tras día la lluvia caía sin descanso y el tiempo les parecía desesperadamente largo a las damas de la casa de Genji. Para distraerse, recurrían a las novelas ilustradas”. Y es ahí donde Genji interviene:” Las obras de ficción – comenta Genji – cuentan aquello que ha pasado en este mundo desde la época de los dioses. Las “Crónicas de Japón“, por ejemplo, no nos dan más que un aspecto del cuadro mientras que las novelas están seguramente mucho más llenas de toda suerte de detalles apropiados. El autor no describe ciertamente personajes determinados que narran su vida exacta. Más bien, habiendo observado cuantas cosas ocurren a los hombres y a las mujeres, no puede impedir ir dejándolas por escrito a las generaciones futuras. Éste es, creo yo, el motivo principal de la novela”.

Son entonces las intermitencias del corazón, los “momentos estelares” de la intimidad, aquello que nos trae la evocación de un Japón que a través de olores y  palabras nos va introduciendo en cuanto anotó Murasaki   Shikibu,  aquella dama de delicada escritura.