Los Personajes.I. Por: Borja de Diego. Las Tertulias Literarias. Por: José Julio Perlado.

 

Un personaje de verdad debería abrir preguntas (Borja de Diego). 

Estas han sido algunas de las tertulias que, si uno va ahora al café, lo primero que ocurre es que el café no existe y que se ha transformado en moderna y funcional cafetería (José Julio Perlado).

 

 

Los Personajes. – I- El arte de perfilar costillas en manchas de tinta. Por: Borja de Diego Lozano.

Decía Carmen Camacho sobre los personajes que le gusta que se le mueran en los brazos. En este caso (y valga su metáfora), supongo que podríamos decir “en las manos” o “la punta del lápiz”.

 

Supongo que no es la única persona que ha defendido esto (señores, bienvenidos a la Posmodernidad), y que ha tenido la oportunidad de comprobarlo y aceptarlo a través de sus influencias y lecturas que, más o menos y por lo que conozco, comparto. Ahora bien, la reflexión es profunda: ¿qué le hace falta a los personajes para ser reales? Para hacerlos humanos y, por tanto, y aquí entra el tremendo desafío a Dios, hacer de la ficción la vida.

En el cine (comercial) norteamericano, está claro, los personajes son de otra pasta. Están hechos por encima del hombre y salen inmunes aunque les cueste de todos sus problemas. Son rápidos. Inteligentes. Emotivos pero duros. Terminators. Espero que conozca, amigo lector, esa caricatura donde los malos disparan al bueno y las balas lo esquivan para no estropear su belleza.

  ( Terry Pratchett)

La literatura, desde luego, no es eso. Porque ése no es nuestro reflejo, sino basura que emana de esa cadena de montaje de “los sueños del hombre americano y el que no lo es, sea así, crea que es así mientras fabrica nuestro dinero”. Un personaje de verdad debería abrir preguntas. Deberíamos notar sus costillas si le palpamos el vientre, y saber que podrían romperse con un golpe, y que nuestro amigo (o enemigo) de ficción podría sufrir dolor. Un personaje de verdad debería sentirse desprotegido cuando está a solas, y a salvo en compañía. Debería respirar y saber que podría no hacerlo. Debería sentir la necesidad de vagar, escarbar en la tierra, ir a la caza del relámpago (qué grande eres, Italo Calvino) para descubrir por qué está aquí. Por qué lo ha escrito el escritor. Para qué. Y a estas dos preguntas no puede haber respuesta. Porque, simplemente, no las hay para nosotros.

 

Un personaje debe ser consciente de la muerte. Como los magos de Terry Pratchett, que buscan a la parca cuando se encuentran en peligro para saber si van a morir. Como los abandonados de Francisco Ayala, conscientes de un tiempo y, por tanto, una oportunidad. Como Dorian Gray, al que le duele una juventud pactada y no natural.  Tal vez esta sea la mayor motivación y la más real, porque incita a vivir como si fuera la solución. Tal vez sea la única.

 

 

 Café, Palabras y Tertulias. Por:  José Julio Perlado.

 

Cuando entramos en los cafés de la Historia las puertas se nos abren a Pombo o al  Europeo, a las tertulias del Lion, a las de Lhardy, a aquellas de la Revista “Cruz y Raya“, al Gijón  y a tantas otras más -madrileñas o no – donde las mesas se reúnen en torno a las palabras, y las palabras llegan caminando por la calle, empujan los cristales, se desembarazan de abrigos y gabardinas, dejan sus sombreros encima de los estrechos sofás o en una esquina de las sillas, colocan – los que fuman – sus paquetes encima del mármol de las mesas, buscan su sitio estratégico – generalmente el mismo – y entonces, los que vinieron antes y los que acaban de llegar intercambian enseguida palabras, palabras amigas ya que se conocen desde hace años, conocen sus respectivos libros, saben de los premios, los esfuerzos y los éxitos, también de los fracasos, y por eso esas palabras transeúntes que han entrado hace un momento, esas palabras que estaban confortablemente en sus casas, han recordado la hora y la cita de la tertulia y han atravesado decididas la ciudad, llamadas por una querencia intelectual que les llevará  a irrumpir en el café y a enlazar muy pronto con los temas debatidos, esos temas que atraerán a más palabras ( a veces versos, a veces citas) porque lo importante es hablar, que las palabras de García Nieto, por ejemplo, en el Gijón, se mezclen con las que pronuncian Rafael Morales, Fernando Díaz-Plaja, Rafael Montesinos, Camilo José Cela, Víctor Ruiz Iriarte y tantos otros, y que el camarero de chaquetilla blanca, que ya conoce los cafés solos y con leche, el número de terrones de azúcar de cada contertulio, lo que haga al servir es sobrevolar las palabras, colocar vasos y  tazas entre los versos y las disputas, separar el humo de los cigarros y de las pipas y adentrarse en la conversación de poesía o prosa que oye todas las tardes y que de tanto escucharla va ya  entendiendo y  comprende que las vidas de esos  hombres reunidos son esencialmente vidas literarias.

Estas han sido algunas de las tertulias que, si uno va ahora al café, lo primero que ocurre es que el café no existe y que se ha transformado en moderna y funcional cafetería. ¿ Las palabras volaron? Pues sí, quizá volaron porque se las llevó el tiempo, esas ráfagas de precipitación y superficialidad inquieta, la ausencia de reposo, la desaparición de los viejos sofás tapizados de frases y silencios, aquellos butacones de los antiguos casinos de los pueblos que protegieron las espaldas de las conversaciones, todos aquellos recintos que vivían gracias a que eran ocupados por palabras. Antonio Díaz- Cañabate, en su delicioso libro “Historia de una tertulia” (Espasa.Calpe), recoge que Eugenio Montes cuenta a su vez cómo César González Ruano fue invitado por el director del Parador de Gredos a pasar unos días allí con él. González Ruano llegó, y su amigo le fue diciendo: “Mira, allí están las lagunas, por allá la capra hispánica, allí tal monte, allí tal otro…” Y Ruano le interrumpió: “Muy bien, pero bueno, ¿dónde están los cafés?”. Y es que los cafés han sido vida para muchos. Además de las tertulias y los intercambios de palabras, Ruano visitaba a su café del Teide en Madrid y el café le visitaba a él con sus sonidos de cucharillas y su pequeña revolución de vasos y de tazas y esos sonidos acompañaban al artículo que escribía, el café acunaba las frases y las frases salían de sus escondrijos gracias al aroma del café. El café y las palabras habladas o escritas siempre han vivido juntos, la imaginación conversadora se ha excitado con los granos de café molidos y tostados que se han vertido líquidos en las mentes de las tertulias. Así charlaban, por ejemplo, el pintor Zuloaga y el torero Domingo Ortega, Eugenio D´Ors, el arabista Emilio García Gómez o José María de Cossío en las sillas y sillones del “Lion d´Or”.  Y antes, en el Nuevo Café de Levante en Madrid, había apoyado su brazo manco Ramón del Valle-Inclán, y antes aún, en la Cervecería Inglesa, también en Madrid, habían intercambiado  pareceres Palacio Valdés o Leopoldo Alas.

 

 

 Tertulias, café, palabras. Reunirse y conversar ya desde el siglo XVlll, tertulias del Santander de antaño en el XlX, tertulias madrileñas en la casa de la Pardo Bazán a las que que acudían Blanca de los Ríos o Menéndez Pelayo, tertulias de Barcelona en el café Turia en donde leyeron textos Ana María Matute, Luis Carandell, Juan Goytisolo, Carlos Barral o Julio Manegat, tertulias – ya fuera del recinto del café, en casa de Edgar Neville – donde charlaban Conchita Montes, Mingote, Fernando Fernán- Gómez, Tono o Miguel  Mihura. Tertulias, tertulias siempre. Miguel Pérez Ferrero reunió en su libro “Tertulias y grupos literarios” (Ediciones de Cultura Hispánica) muchas de ellas. Ahora, no hace muchos meses, la Revista “Ínsula” ha dedicado un excelente monográfico al tema coordinado magníficamente  por Laureano Bonet.

 

 

Allí pueden leerse estos versos de Jaime Gil de Biedma:

“Mirad:

somos nosotros.

Un destino condujo diestramente

las horas, y brotó la compañía.

Llegaban noches. Al amor de ellas

nosotros encendíamos palabras,

las palabras que luego abandonamos

para subir a más:

empezamos a ser los compañeros

que se conocen

por encima de la voz o de la seña.”