El Camino de Santiago. De Pamplona a Puente la Reina. Por: Pilar Moreno.

 

La jornada nos ha sido exigente y ahora se hace largo y lento estos últimos pasos hasta llegar el albergue, pero al fin tenemos nuestro sello y nuestras literas. La sensación de estar en casa toma forma cuando dispongo mis cosas para esa noche: el saco de dormir, la pequeña linterna, el cepillo de dientes, los últimos apuntes. ( Pilar Moreno ).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Camino de Santiago. De Pamplona a Puente la Reina. Por: Pilar Moreno.

 

Llegamos a una Pamplona a medio despertar, sin el bullicio que muestra en sus días de fiestas. Ahora están las calles calladas y recogidas, y hasta el mismo San Fermín permanece sereno en su hornacina, sabiendo que los mozos volverán a requerir su protección. El aire hace apetecible el sol en esta ciudad acogedora que nos incita a conocer su más clásica identidad, pero el Camino nos reclama y no nos detenemos mucho tiempo. Así seguimos nuestra ruta hasta la catedral que nos dejará su sello en este encuentro. La fachada del templo no permite adivinar el interior gótico que me sorprende con tres naves y capillas adyacentes; el crucero, el color y la luz de las vidrieras, la Virgen del Sagrario en el Altar Mayor y el precioso claustro, son sus atractivos principales. No hay ninguna duda que el rey de Navarra Carlos III el Noble y su esposa Leonor de Trastámara se sienten dichosos de descansar aquí hasta la eternidad en su lecho sepulcral de alabastro. Hay más gótico en la iglesia de San Cernín, también patrón de Pamplona. En su interior la Virgen del Camino; delante, el pozo donde según la tradición bautizaba San Saturnino -o lo que es lo mismo: San Cernín- los primeros cristianos.

 

Hay mucho más para ver en Pamplona, pero el Camino se hace andando y tenemos que continuar. El amarillo nos lleva por senderos y caminos que atraviesan campos en oro viejo. Serían de barro si la lluvia estuviera presente, pero tenemos suerte y es el sol el que impone sus condiciones. Nuestro primer desafío es el Alto del Perdón. Paisajes extensos que se van elevando poco a poco. Hace calor y buscamos esa bóveda vegetal que nos anuncian en la guía, pero la sombra es escasa, y sólo nos detenemos para abrir las mochilas y buscar el bocadillo apetecible y beber del agua recogida en Zariquiegui. Más ascenso, ahora sorteando piedras con dificultad y vigilados siempre de cerca por las finas siluetas que componen un bosque eólico. Una vez en la cumbre -donde se cruza el Camino del viento con el de las estrellas- no olvidamos de mirar hacia atrás: un momento inolvidable que hace verdad la leyenda allí arriba. Por nuestra parte nos encontramos perdonados cuando llegamos ante el monumento al peregrino: figuras recortadas que se enfrentan al viento.

 

 

Hace calor y los pies sufren en el comienzo con la rápida bajada, entre tramos de piedras grandes y tierra suelta que hacen inseguros mis pasos. Siento el vértigo, pero es difícil el frenado en la pendiente. Sigo los consejos de que mejor es dejarse ir, y tanto lo hago que termino sintiendo la atracción de la gravedad con un final que me hace rodar por el sendero. Más comunión con el Camino es imposible, y esto sólo es un toque de atención para saber que hay que adaptarse al carácter del camino, comprenderlo, aceptar nuestros límites y no dejarse desanimar por lo que a primera vista parecen objetivos inalcanzables. Uterga, Muruzábal, campos de cultivo, trigo y girasoles, y la iglesia de Santa María de Eunate, la de las cien puertas. Este templo, ermita octogonal con un curioso claustro abierto, está considerado como uno de los misterios del Camino. Se piensa que perteneció a los Caballeros del Temple y está rodeado de numerosas leyendas. Y leyendas -e iglesias- no faltarán en ningún tramo del Camino a Santiago.

 

La tarde ya va vencida cuando llegamos a Óbanos por calles que dan fe de su importancia histórica. La jornada nos ha sido exigente y ahora se hace largo y lento estos últimos pasos hasta llegar el albergue, pero al fin tenemos nuestro sello y nuestras literas. La sensación de estar en casa toma forma cuando dispongo mis cosas para esa noche: el saco de dormir, la pequeña linterna, el cepillo de dientes, los últimos apuntes. Me ducho y cambio de ropa. Primero nos toca flagelarnos con un buen condumio en el bar más próximo, ese restaurante o la pequeña taberna donde el peregrino tiene asegurado el menú. Después el regreso rápido al albergue, donde me entrego al sueño sin apenas darme cuenta de que ya estoy en él.

                                                   

Como si fuera una llamada especial que no quiere dar reposo a mis piernas, me despierta desde muy temprano el susurro de las bolsas de plástico y el roce de las mochilas en el suelo. Es el toque de salida de esos peregrinos más presurosos. Por eso es aconsejable mantener un cierto cuidado con tus pertenencias si no quieres perder tiempo en inútiles búsquedas. Sin embargo, a mí no me es difícil madrugar en el Camino. Me atrae asistir al alumbramiento del día, algo que se hace emotivo en el silencio y quietud del momento y que se transmite en cada  partícula del aire. Precisamente es ese silencio el que con más intensidad se deja sentir, y es la luz recien llegada la que absorbe las imágenes y las recrea, acentuando los colores del paisaje. También hoy el camino nos habla además del esfuerzo del hombre en los campos trabajados y en orden; cereales, vid y olivos dan color a una geografía algo abrupta con imágenes propias de esta región. Volverá a hacer calor, pero unas nubes perdidas nos acompañan esta jornada hasta llegar a Puente la Reina. ¡Y ya, aunque son muchos los caminos, desde aquí a Santiago sólo será uno.

Entrar en Puente la Reina es un viaje hacia atrás en el tiempo y una confrontación con la historia del lugar. Estamos al comienzo de la calle Mayor: volvemos el pasado, a un lado existe una iglesia, llamada del crucifijo, aunque su nombre original fue Santa María de Hortis. Al otro lado una hospedería-hospital, y un arco que une los dos edificios. El camino pasa por debajo de ese arco abovedado y lleva a los peregrinos hacia la calle Mayor. La iglesia ha pasado por ser cárcel, cuartel, almacén de polvora, pero siempre ha sabido conservar la imagen del crucifijo. Lo excepcional de esta imagen es la cruz, que tiene forma de pata de oca, el signo iniciático en el mundo de los símbolos. Y me acerco al Cristo en el silencio de la iglesia, en este punto tan lejano a mi entorno: Él y yo frente a frente. “El Cristo sobre una Pata de Oca o lo que es igual, el signo de la vida, no es otra cosa que el hombre iniciado que ha trascendido a su propia elevación, habiendo alcanzado así el Reino de la Vida, de la Realidad, muriendo al Reino de la Ilusión en que los mortales estamos inmerso mientras peregrinamos buscando una luz”*.

                                                                                         

Retrasamos el paso y nos dejamos envolver por el ambiente medieval del lugar, pero la realidad del presente se impone y decidimos repostarnos de alimentos. Nos proveemos de lo necesario en una de las tiendecitas y seguimos el camino. Así llegamos hasta el puente románico sobre el río Agra. Dicen que fue mandado construir -allá por el siglo XI- por una reina, Doña Mayor, para el uso y disfrute de los peregrinos. Desde entonces el puente forma parte del Camino. En este mismo punto nos cruzamos con un grupo de peregrinas muy en plan de turistas despistadas con ganas de ir de tiendas. Se las veía descansadas y tan ligeras de equipajes que deberían llevar “apoyo”. Y es que hay quienes escogen hacer el Camino de una manera más confortable. Dejamos con pena Puente la Reina. Su trazado, las casas nobles, las piedras de fachadas y calles nos han hecho vivir por unos momentos más cerca de ese aliento simbólico y espiritual del Camino.

 

La ruta continúa entre cultivos que dan un apunte en verde en el horizonte que seguimos. El sendero de tierra roja se empina y tenemos un sube-y-baja suave que se nos hace rutina. Dejo constancia de estas acuarelas vivas con la cámara digital. Pasamos Mañeru y Ciuraqui. Nos encontramos un puente romano y restos de lo que tuvo que ser una gran calzada. Después tendremos que andar unos metros por el asfalto de la carretera nacional. Lorca, Villanueva o Villatuerta -que tampoco ella lo sabe muy bien- ambas tienen sus calles discretas, la iglesia con sus campanas, su fuente, un café y hasta puede haber un albergue. Finalmente Estella la bella, de la que se dice en el Codex Calixtinus que “es fértil y de buen pan y mejor vino, así como su carne y pescado y que está abastecida de todo tipo de bienes”. A ella entramos por la rúa de Curtidores después de un camino que no ha sido demasiado exigente esta vez.

 

* De: Iglesias Templarias en el Camino.*