El último Premio Nobel. Por: José Julio Perlado.

J. M- Le Clézio, (Niza, 1940), ha sido el último Nobel de literatura tan  debatido como tantos otros, formando esa larga cadena de pareceres opuestos que suele arrastrar el galardón de Estocolmo..J.M. Le Clézio es autor prolífico, considerado por muchos como escritor ascendente en calidad desde su primera novela “Le procésverbal” (“El atestado” (Seix Barral, 1963) que ganó el Premio Renaudot, y valorado por otros como un autor que acaso haya perdido algo de fuerza al cabo de los años. Es cuestión de opiniones.  Quizá lo que ha ocurrido esta vez es que en muchos sectores intelectuales – singularmente en Italia – este año se esperaba que el Premio recayera en Claudio Magris y no ha sido así. Una vez más el Nobel ha dado la sorpresa.

( José Julio Perlado)

 

 

 

 

 

 

 

 

El Último Premio Nobel. Por: José Julio Perlado.

 

 

 

El atestado” contaba la historia de Adam Pollo y de su singular experiencia de confrontación consigo mismo. El protagonista vivía en un chalet abandonado en su propia ciudad natal, y vivía solo, casi vegetalmente. Se enfrentaba con el mundo que le rodeaba y lo provocaba de una forma sutil y cruel, casi brutal, como un charlatán de feria. En una ocasión, frente a los enfermos de un hospital, este hombre defenderá el sentido de su existencia y presentará las razones de su vivir a los otros. Novela que se calificó como de enorme fuerza expresiva y que le abrió el camino literario al joven Le Clézio, entonces un escritor de 23 años.

 

 

 

Tras sus obras “La fiebre” (1965) y “El diluvio” (1966) publicó “La guerra” (1970) (Barral Editores, 1971). “La guerra ha comenzado, nadie sabe dónde ni cómo, pero es así – comienza la novela -. Está detrás de la cabeza, hoy, ha  abierto la boca detrás de la cabeza, y sopla. La guerra de los crímenes y los insultos, la furia de las miradas, la explosión del pensamiento de los cerebros. Está allí, abierta sobre el mundo, cubriéndolo con su red de hilos eléctricos. Cada segundo progresa, arranca algo y lo reduce a cenizas. Todo le sirve para golpear. Tiene infinidad de colmillos, uñas y picos. Nadie quedará en pie hasta el final. Nadie será perdonado. Así es. Es el ojo de la verdad”. En esta novela, una muchacha, Beatriz B., deja vagar su mirada asombrada sobre las cosas del mundo y sabe que no puede escapar ni a la luz ni a la violencia. Su largo paseo en compañía de M. X. la conduce a las situaciones más extraordinarias. Para Beatriz B., los automóviles, las autopistas, los aeropuertos, los grandes almacenes, los cafés y las salas de fiesta, proporcionarán la posibilidad de expresar su visión de la guerra y de la paz, de la guerra y del amor.

En otra de las novelas importantes de Le Clézio, “La cuarentena” (1995) (Tusquets, 1998) se describe un escenario y un ambiente que es marco de viajes y aventuras. Diecinueve años después de que el poeta Arthur Rimbaud entre en 1872 en una taberna parisiense, Jacques Archambau, un joven médico que de niño asistió a aquella escena, y que de algún modo está ligado al destino del célebre poeta, embarca en el “Ava” con su esposa Suzanne y su hermano León rumbo a la isla Mauricio, su tierra natal. Tras declararse dos casos de cólera en el barco, los pasajeros se ven obligados a desembarcar en la isla Plate, frente a Mauricio, para pasar la cuarentena. Allí vivirán una aventura en la que el paraíso de la isla se convertirá en un infierno del que no saben si saldrán con vida.

 

 

 

Le Clézio indudablemente siente la atracción por los paisajes extraños, se diría que por los paisajes minerales. Ël ha contado por ejemplo: “Cuando llegué a la isla Mauricio, al principio estaba un poco molesto por la vida fácil que allí reina, pero pronto he quedado seducido, ya que es un lugar especial en medio del mar. Es una isla completamente desierta, sin playa, con picos que caen verticalmente sobre el océano y que no tienen nada de encantadores. Particularmente, el ángulo de los Ingleses, en el que yo he pasado cierto tiempo, y que tampoco es nada encantador. Es un lugar infinitamente salvaje. No es un sitio hecho para el hombre. Y sin embargo creo que, gracias a mi libro – ´Le Clézio hablaba de su obra “Viaje a Rodríguez“(1986) – he podido escribir realmente de lo que yo llevaba allí en el corazón, es decir, de  las piedras, particularmente aquellas que eran volcánicas, del aspecto de las rocas volcánicas. Pienso que esta fascinación que siento, y que muchas gentes sienten por todo eso, es aquella que se pueden sentir por los volcanes, es decir, por el aspecto terrorífico y al mismo tiempo muy seguro de la tierra.. Es un paisaje que da la sensación de una cosa viva, algo apenas formado y que puede desaparecer. Rodrigues me ha proporcionado el sentimiento de una isla que puede hundirse en cualquier instante. Porque allí no hay nada que la retenga a la vida. La vida, por otro lado, se encuentra alrededor de esa isla, sobre los arrecifes de corales que son muy hermosos. Son arrecifes en los cuales los pájaros construyen sus nidos. Y estos pájaros, quizá por todo lo que llevan con ellos, establecen una especie de vida. Esto hace que la vegetación tenga la tendencia a extenderse por todas partes mientras las rocas del centro permanecen desnudas”.

De ahí puede deducirse que J.M. G. Le Clézio, el día en que le concedieron el Premio Nobel y tuvo que exponerse en París y en la Editorial Gallimard al fogonazo de los fotógrafos y al picoteo incesante de las preguntas periodísticas, pareciera un pájaro de paso, un ave literaria de libro en libro, huyendo con la imaginación a cualquier isla.

 

 

 

 

 

 

* Los créditos de la fotografia del autor pertenecen a : AP / Archivo / Jessica Gow*