Adriano y la Novela Histórica. Por: José Julio Perlado.

El 24 de enero de 1949 llegó a Francia una maleta que Marguerite Yourcenar había olvidado en el Hotel Meurice de Laussanne hacía ya tiempo. En medio de viejos papeles, la escritora francesa descubrió algunos folios mecanografiados ya amarillentos, y en uno de los cuales aparecía este título: “Mi querido Marc”.

Cuando comenzó a leer aquellas páginas se dio cuenta de que tenía al fin entre las manos un fragmento de uno de los manuscritos de aquel libro sobre el emperador Adriano cuyo tema había comenzado a esbozar ya en 1928.

 

 

 

 

 

 

 

Adriano y la Novela Histórica. Por: José Julio Perlado.

 

 Desde 1937 Yourcenar no había trabajado en su ambicioso plan puesto que el primer tono literario que había abordado no le parecía el “justo” para la época. Desde ese momento – 1949 – la escritora se entregará a este libro, una novela histórica esencial que quedaría en todos los panoramas y balances de las literaturas. Mientras viaja en los trenes entre 1949 y 1950 y durante los fines de semana, mezclándolo con un  curso que dicta sobre Proust (concretamente sobre “Un amor de Swann”) y una conferencia que pronuncia en torno a Flaubert, la Yourcenar se dedicará en cuerpo y alma, exactamente desde el 10 de febrero de 1949, a las “Memorias de Adriano“.

 

 

“Durante mucho tiempo – dirá- imaginé la obra como una serie de diálogos donde se hicieran oir todas las voces del tiempo. Pero a pesar de todos mis intentos, el detalle prevalecía sobre el conjunto; las partes comprometían el equilibro del todo; la voz de Adriano se perdía en medio de todos esos gritos. Yo no acertaba a organizar ese mundo visto y oído por un hombre”. Mucho más adelante, en sus “Cuadernos de notas” sobre la novela, añadirá: “me complací en hacer y rehacer el retrato de un hombre que casi llegó a la sabiduría”.

Sin embargo, la sabiduría será la de la novelista. La novela histórica redactada en primera persona – no sólo con Yourcenar, sino con Robert Graves o con los tomos sobre César de R. Warner – supondrá encontrar el tono individual, el yo que se confiesa, la persona vertida en pensamientos y sentimientos entregados al lector. Sea en primera o  en tercera persona,  sobre la novela histórica se ha dicho que puede resultar dentro de la literatura como género algo híbrido y ambiguo, ya que procura combinar la historia y sus documentos con  la ficción, es decir, la mezcla de datos de un pasado real con la verdad y la fantasía. Pero quizá de ahí provenga precisamente su atracción y su magia.

 

Célebres novelas históricas firmaron Heinrich Mann y Thomas Mann, Lion Feuchtwanger, Hermann Kesten en “Yo, la muerte. Felipe ll, soberano de medio mundo”, Thorton Wilder en “Los idus de marzo” o A. Maalouf en “León el africano“. La lista sería numerosa y el público que sigue las confidencias de los personajes muy abundante. “Los que consideran la novela histórica como una categoría diferente – argumentaba Marguerite Yourcenar -, olvidan que el novelista no hace más que interpretar, mediante los procedimientos de su época, cierto número de hechos pasados, de recuerdos conscientes o no, personales o no, tramados de la misma manera que la Historia. Como “Guerra y Paz“, la obra de Proust es la reconstrucción de un pasado perdido. La novela histórica de 1930 cae, es cierto, en el melodrama y el folletín de capa y espada. Flaubert reconstruye laboriosamente el palacio de Amílcar con ayuda de centenares de pequeños detalles; del mismo modo procede con Yonville. En nuestra época, la novela histórica, o la que puede denominarse así por comodidad, ha de desarrollarse en un tiempo recobrado, toma de posesión de un mundo interior.

 

“¿Qué diferencia hay entre una ficción y un reportaje periodístico o un libro de historia?”, se preguntaba Vargas Llosa. “Para el periodismo o la historia depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira: a más cercanía más verdad y a más distanciamiento más mentira. Decir que la Historia de la Revolución francesa de Michelet o la Historia de la conquista del Perú de Prescott son “novelescas” es vejarlas, insinuar que carecen de seriedad.. Documentar los errores históricos de Guerra y Paz sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque “decir la verdad” para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y “mentir” ser incapaz de lograr esa superchería”.

 

Sin duda, el “Adriano” de Yourcenar nos hace creer en él, aun cuando la escritora sea la que ha dibujado paciente y artesanalmente – durante muchos años de laborioso quehacer – el perfil y las palabras del emperador. Pero es una muestra más de que un trabajo literario, mezclando verdad y mentira, ha levantado su construcción creíble y se ha conseguido.