El Centenario de Jorge Oteiza ( Mireia.C. Zubiaurre). El Valle del Yerri ( Iasone Cañada)

No sabemos, aunque podemos imaginarlo, qué es lo que un ya centenario Oteiza habría pensado sobre todo esto, nada más y nada menos que un año centrado en su persona, su pensamiento y obra, un premio póstumo, qué duda cabe. (Mireia. C. Zubiaurre)

 

Antes de que se fundara Estella en la Edad Media, siglo XI, el nombre común de la actual comarca de Tierra Estella era Deyerri o Deierri. (Iasone Cañada)

 

 

El Centenario de Jorge Oteiza. Por: Mireia. C. Zubiaurre.

 

Cien años habría cumplido en 2008 el genial escultor vasco Jorge Oteiza. De no habernos abandonado haya por el 2003, la celebración habría sido otra, quizás más discreta, más anónima. De todos modos, si bien este año ha estado dedicado a su figura siendo, como no podía ser de otra manera, objeto de exposiciones, conferencias y alguna que otra publicación crítico-recopilatoria, todos estos eventos han ido sucediéndose con desigual repercusión sobre el público interesado.

No sabemos, aunque podemos imaginarlo, qué es lo que un ya centenario Oteiza habría pensado sobre todo esto, nada más y nada menos que un año centrado en su persona, su pensamiento y obra, un premio póstumo, qué duda cabe. No era hombre de premios ni de reconocimientos. Aprovechaba la circunstancia para alzar la voz, y con razón, dejando como siempre muy claros sus ideales, sus opiniones, sus frustraciones ante la política cultural de ese pequeño país que lo vio nacer y que él tanto quería. Crítico por el tratamiento que el arte vasco estaba recibiendo y que él mismo estaba sufriendo, viendo cómo algunos de sus proyectos artísticos carecían de futuro, a pesar de que aquello era lo que los jóvenes artistas vascos necesitaban para impulsar el arte hacia esferas más altas. Alguien le cortaba las alas y el resentimiento, agrio y directo, era inevitable.

 

Uno se adentra en el Museo Oteiza de Altzuza una tarde de invierno cualquiera y espera encontrar en su interior un algo que le acerque al Oteiza escultor, que le otorgue la posibilidad de viajar en el tiempo y sentirse por unos minutos en los difíciles años 50 y 60 en los que recibió sus primeros premios, en los que tuvo entre manos el polémico conjunto estatuario de la Basílica de Arantzazu y llegó a escribir algunas de sus obras más representativas (Quosque tandem…! Ensayo de interpretación estética del alma vasca; Ejercicios espirituales en un túnel: en busca y encuentro de nuestra identidad perdida). No se sabe bien si por el juego de luces y sombras interior o por esa espesura invernal que se observa desde los grandes ventanales del museo que nos induce a una inevitable retrospección, uno acaba sintiendo por unos instantes que Oteiza está allí, emanando desde sus figuras huecas, desde sus esculturas vaciadas y protectoras, pero tan solo por un breve periodo de tiempo pues la institucionalización propia del museo se encarga de romper nuestro ensimismamiento. Junto al museo, un edificio que alberga el taller del escultor, con algunos de sus bocetos sobre la mesa manchada de tiza, libros y utensilios propios de su quehacer diario; allí tampoco está presente ni en persona, ni en pensamiento. Tal vez haya que indagar más de forma autónoma sobre aquellos años convulsos en lo que Oteiza desarrolló su obra, o quizás más adelante, cuando dio por finalizada su investigación, aunque no su inquietud artística en cuanto a desarrollo y fomento del arte vasco. Tal vez haya que adentrarse en sus ideas y pensamientos filosóficos, en su forma de entender los orígenes artísticos y espirituales del pueblo vasco. Tal vez para ello haya que abrir la mente y dejar que entre en ella cualquier alternativa posible, porque en definitiva, ¿no podría ser así en realidad, como él lo vio, lo interpretó y expuso? Lo que está claro es que deseaba la libertad de su pueblo, artística, política y social, admiraba sin complejos su lengua ancestral y sufría por las cadenas que aún hoy lo aprisionan. Tampoco sabemos qué habría pensado Oteiza del presente y del futuro, pero sin lugar a dudas su enfado habría sido monumental.

Espacio vacío, su entendimiento y exposición, lugar de protección frente a circunstancias tan irremediables como la muerte misma. Considerado como referente de las vanguardias artísticas contemporáneas tuvo como tema destacable dentro de su obra escultórico-literaria el desconcertante asunto del vacío. Observar una escultura, no desde el material físico a primera vista apreciable, sino desde ese vacío, no es tarea fácil y menos aún lo será para quien este frente a una de sus cajas metafísicas y desconozca la razón verdadera de su existencia y su interpretación.

 

Nos marchamos del museo con la firme promesa de intentar acercarnos más a su obra escultórica, a su poesía, a su pensamiento y con la necesidad de alargar en el tiempo la sensación que nos ha dejado la mera observación de algunas de sus obras. Pero todo esto quizás solo sea eso, consecuencia de ese recogimiento al que nos obliga el prematuro atardecer invernal.

 

Ahora queda todo a expensas del recuerdo, de los homenajes y reconocimientos a su obra y persona, de los estudios críticos y a las eventuales conferencias, a expensas de una peligrosa y siempre tan recurrente glorificación post-mortem. De todo ello y del ingrato de turno que hará uso de lo que para él no será más que un trozo de metal oxidado o una piedra mal tallada para dejar su estúpida impronta. El paso del tiempo al menos hará de muro de contención ante las críticas más espinosas sobre su pensamiento, aunque su opinión y su postura no cambiará por ello nunca.

“Seguramente no estás ya

en ninguna parte

solamente aquí

en mi

conmigo.

Querida Itziar mía

te llamo en la noche

extiendo a tu lado mi brazo

y no estás.” ( Jorge Oteiza. Del Libro : Itziar, elegía y otros poemas )

 

Por Tierras de Navarra: El Valle de Yerri. Por: Iasone Cañada.

 

El día esta quieto. Como cuando las aves se dejan llevar por las corrientes de aire, así me dejo llevar hoy por los caminos que cautivan mi mirada, acercándome a su orilla. Reflejos.

Es un valle hermoso, habitado por 19 pueblos o concejos, que diseminados, forman parte de la Merindad de Estella.

 

Antes de que se fundara Estella en la Edad Media, siglo XI, el nombre común de la actual comarca de Tierra Estella era Deyerri o Deierri (Nombre Vasco. Euskera).

 

Han pasado diez siglos, 1.000 años, 365.000 días, 8.760.000 millones de horas, las tierras de este valle me parecen ancladas en el tiempo, que pasando inexorable por ellas, las erosiona  imperceptiblemente. Tierra fuerte, próspera, en constante movimiento. Rica tierra de viñas, de bodegas, de huertas, de buen comer.

 

Guarda una historia en cada pueblo, en el conjunto de ellos, y en el Monasterio de Iranzu, paso de peregrinos del Camino de Santiago.

 

Las casas son grandes, espaciosas, asentadas en el paisaje, piedra a piedra. Hace mil años, solo disponían de ingenios que ahora nos parecen rudimentarios, y sin embargo las construcciones que entonces se comenzaron a edificar son irrepetibles y duraderas. Cuando pienso que el Monasterio de Iranzu se comenzó a construir en el siglo XII y se acabó en el XIV, me quedo con los pensamientos volando. Entre 200 – 300 años. Generaciones de familias, de Maestros del oficio de…Mandatarios.  Personas para las que toda su vida, su única dedicación fue ésa.

 

Estas piedras que trabajadas de manera magnifica, componen edificios que perdurarán aun, siglos. Piedras firmadas por los Maestros y talleres, que participaron en su construcción. Obras de arte.

 

La dureza de aquella época que describe maravillosamente el libro “Los Pilares de la Tierra” de Ken Follet no es añorable, lo sé. Lo que en cierta forma activa todas mis células es la sensación de consistencia, de eterno, de poderoso, de belleza con que se elegía una construcción y todo aquello que ponía en marcha cada paso de ese proyecto, su manera de llevarlo a cabo. Hecho de menos incorporar todo lo que una es en un proceso de creación. El riesgo que conlleva. El valor de cristalizarse en una obra durante siglos y que durante esos siglos, miles de seres pertenezcan y formen parte, de una u otra forma, de esa obra. Que algo que ha pasado por tus manos, mis manos, dentro de 1000 años, se prenda en la mirada de otro ser. En su atención.

 

 

 

Estas reflexiones confirman que es el momento de disfrutar de un delicioso vino de la tierra y de los productos de la huerta y los corrales, que aquí son de merecida fama. Como susurrando, el tiempo va cambiando rápidamente, mientras el buen yantar me tiene hechizada.

 

 

 

Me despido de estos muros que recogen el significado de este lugar, de esta Iglesia de Villanueva de Yerri – Deierri.

Y en los que la vida sigue creciendo, en las pequeñas fisuras, en los grandes huecos.

Cambio el paisaje en unos kilómetros, saboreo las horas pasadas en este valle, con la promesa de volver pronto y continuar la ruta, seguir saboreando las cosas buenas que escondidas o no, regala la Tierra Media en Navarra. Pensando en la historia que ha madurado nuestro presente. Pensando  en lo que es importante y lo que no. Es el estimulo de ahondar en conocimientos, en hechos, que en cierta forma están en mi memoria ancestral. Así que sintonizada a través de los siglos, busco donde descansar un momento, a tono con el día.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un momento de paz. Adormecida y feliz. Abro un ojo con la idea de tantear el tiempo que me queda aun aquí, y mi sorpresa es total:

 

 

 

 

 

 

Otro ser adormece la tarde. Posado en una piedra en la que la historia esta incrustada. Su propia e intima historia. Millones de años en la misma piedra, hasta este momento. Maravillada me quedo mirando, pensando que este pequeño ser en concreto, no quedará en una piedra para siempre… ¿o si?

 

 

 

 

 

 

La vida puede sorprenderme cada día. Hoy vuelvo a casa sonriendo, deseando volver, despidiéndome del lugar, de quien habita los recovecos, los muros, el agua…la memoria. ¡Que día más extraño!

                                                                            

  Despidiéndome de quien no sabe que hoy, ha rozado mi vida.