Los extraños mundos que habitamos: Creaciones de: Roberto López y Pedro López Cerviño

Roberto López. Salinas, Puerto Rico.

Colaborador de distintos foros, y principalmente narrador de cuentos. Es la actualidad colabora en el Foro Hijos del Cacique Abey como moderador. Este Foro pretende ser una memoria y un recuerdo hacia las personas de mérito tanto cultural como humano de esta localidad de Puerto Rico.

 

 

Pedro López Cerviño. Santiago de Cuba 1955.

           Reside actualmente en La Habana y trabaja como especialista y asesor de la Dirección General del Canal Educativo de la Televisión Cubana, donde mantiene una sección semanal de comentarios culturales.

           Ha sido Director de Emisoras radiales, directivo principal de Cultura a nivel municipal y provincial, gerente de  Agencia de representaciones  artísticas, Director general del Teatro Nacional de Cuba y Especialista de Comunicación de la Casa del Caribe.

Ha publicado Otra Historia de Abril (testimonio) No se puede matar al timonel (poesía) Oreja de Campesino (poesía) A La Espera del Juicio (poesía) Trazados en el Mapa (poesía) y fue antólogo del volumen publicado en R. Dominicana  Poesía Contemporánea de Santiago de Cuba. Es descendiente de asturianos por parte de su abuelo paterno Rafael López Fernández, nacido en  mayo de 1895.

 

 

Palomo. Por : Roberto López.

Capitulo Uno – La Leyenda

 

 

Un 31 de Octubre, poco antes del crepúsculo vespertino, fui al río con mi abuela a buscar coitre y verdolaga.

 

Cuando llegamos a una vereda cerca del cementerio, se nos cruzó un caballo blanco. Era Palomo, un caballo manso y apacible que vivía debajo del puente; patizambo, cojo, con dientes amarillos y ojos negros que brillaban, como fino cristal. Como no tenía herraduras,  los cascos de las patas delanteras  parecían cuernos apuntando al cielo.

 

Bestia deforme que pacientemente toleraba las travesuras de los niños y la indiferencia de los hombres. Así era Palomo.

 

Mi abuela, al ver a Palomo, sintió frío y temor. Sacó el rosario y dijo una oración, haciendo la señal de la cruz.

 

Palomo nos cedió el paso. Se metió por un hueco en la verja del cementerio y se fue a descansar al lado de una tumba sin nombre, donde estaban los restos de un joven conocido solamente como El Albino.

 Le pregunté a mi abuela porqué le temía al caballo. Sobre el agudo  zumbido de la fresca brisa de octubre, con cara sombría y voz temblorosa, ella me contó la leyenda de El Albino y su caballo Palomo.

 

El Albino vivía cerca del cementerio y en las noches de luna llena se disfrazaba de El Látigo Negro, personaje famoso de las películas mejicanas, y en su caballo blanco galopaba por la orilla del río, azotando su flagelo. 

 

Sus azotes rompían la barrera del sonido y eran el pánico de los niños del pueblo. 

 

Una mañana un pescador encontró el cadáver de El Albino, allá por la boca del río.

 

La noticia de su muerte se regó más rápido que la peste y entonces llegaron muchos curiosos a aquel lugar.

 

Su cuerpo, pálido y semidesnudo, tenía heridas punzantes en el cuello y laceraciones en forma de Z en el pecho.  Sus ojos abiertos revelaban espanto y una feroz agonía.

 

Sin dudas vio a Lucifer antes de morir.

 

Según de la pata que cojeaban los testigos, así fueron las conjeturas.

 

Unos dijeron que el Chupacabra y otros dijeron que fue El Zorro quien lo mató.  Mientras tanto, Palomo, que se había escondido en el manglar, guardaba el secreto de lo que allí aconteció.  

 

Dicen que desde el día de su muerte, en las frías noches de octubre, por la boca del río se escuchan los azotes del látigo, como gritos de un alma en pena.

 

Yo no sufría la misma dolama que mi abuela y cuando ella terminó de contar la leyenda,  me reí muchísimo, tal como si me hubiera contando un chiste.

 

 

Capitulo Dos- Trick or Treat – ( “Disfraces ” )

                                   

 

De regreso al Malecón, encontré a mis amigos que me invitaron a ir de disfraces por las calles del pueblo. 

 

Como no teníamos máscaras, fuimos a la carbonera de don Bache, en la punta Norte del malecón, a buscar tizones.

 

Nos pintamos las caras, como piratas del Caribe y empezamos el recorrido por las calles del pueblo.

 

Sabíamos, por experiencia, que en las casas del pueblo no habían dulces, por lo tanto, sólo fuimos a los colmados de cada esquina. Los dueños de negocios tenían el corazón más blando cuando había testigos  y por eso entrábamos a los colmados cuando había clientes. Seguro estoy que le causamos pérdidas y ellos, disimulando muy mal sus caras de espanto, repartían dulces con una fría sonrisa.

                                                     

Ya era casi la hora del toque de queda, cuando la sirena sonaba y el Sr. Sereno nos mandaba a dormir. 

¡Pobre del niño que cayera en las garras del Sr. Sereno después de las nueve de la noche!

 Con los bolsillos llenos de bembeteos y maspostiales, caminamos de regreso al barrio. 

Cerca de la zapatería La Milagrosa, de Don Noel Ten, oímos el trotar de un caballo, pero no vimos al animal. Asustados, apresuramos el paso y, de pronto, como si saliera de la nada, vimos la aparición de un caballo blanco. Quedamos inmóviles porque el animal cerrero relinchaba y amenazaba con atropellarnos.

 

¡Ah, encrucijada para unos tenorios sin espadas: o nos comía un caballo o nos cogía el Sr. Sereno!

 

Sólo la luz de la luna alumbraba aquel rincón del pueblo.

 

Entonces sucedió que, súbitamente, prendió el bombillo de la zapatería que asustó al caballo. En aquel preciso momento, vi la silueta de un jinete y en la nalga, el caballo tenía la marca de la Bestia: 666. 

 

La bestia sin jinete salió a todo galope, calle abajo, como alma que lleva el diablo y un azote de látigo quebró el silencio de la noche.

 

No se de dónde sacamos la fuerza, pero perseguimos al caballo hasta que se desvaneció en la distancia, allá por debajo del puente.

 

Al llegar al puente sólo encontramos a Palomo, el caballo patizambo que, enseñando sus dientes amarillentos, parecía reír.

 

Sonó la sirena del toque de queda y dimos la media vuelta para correr otra vez.

 

No se porqué, pero antes de correr quise darle una última mirada al viejo caballo. Tal vez fui motivado por un nauseabundo olor a muerte, tan apestoso que ahogaba el que emanaba de los pantalones de mi amigo Felipito, que estaba ciscado de miedo.

 

Miré hacia atrás, con vista de águila, y entre el negro horror de las tinieblas, metido en una poza fangosa, vi los sangrientos ojos y las enormes garras de un Garadiábolo de agua dulce. Con su rabo de látigo daba azotes en el agua, rompiendo en pedazos la bella luna.  Seguramente maldecía la inoportuna sirena que le espantó sus tiernas presas.

 

Con un inmenso escalofrío salí de allí corriendo y no paré hasta llegar a mi casa.

 

Esa noche, debajo de la cama, hice guardia con mi escopeta de corcho. Mágico fusil que mataba hasta el hambre.

 

Al otro día, con voz temblorosa, le conté a mi abuela todo lo acontecido. Y ella, que no sufría la misma dolama que yo, se rió tanto que hasta se le cayó la caja de dientes.

 

Yo nunca volví a salir de máscaras .

 

 

 

Los Raros. Por : Pedro López Cerviño.

 

 A los raros no les previnieron

de los que mañana sacudirían sus bolsillos.

No les dijeron nunca:

Hazte cuidar por éste o cuídate de aquél,

no confíes

los secretos del amigo,

ponle trampas al espía

-jamás les advirtieron-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No les enseñaron las artes de la simulación

si no,

hubieran sido normales

 

como ustedes.

 

 

Los Otros. Por: Pedro López Cerviño.

 

                                                     A Oscar Cruz.

                                                      Sobre un poema de R. Fernández Retamar.

 

 

Yo hubiera muerto de una bala en el catorce

de tortura soterrada en Santiago de Chile

de dardo al miocardio en el bosque de Sherwood

hubiera muerto

de incineración inquisidora junto a Bruno

de gas en Auschwitz

de algún endemoniado virus

inducido en los experimentos de Vietnam

de esquirla hubiera muerto en las inmediaciones de Irak

de inmersión infinita en el Nautilus

hubiera muerto

de cercenación del cuello

en las cruzadas

de bomba en Hiroshima

o más tarde en Nagasaki.

 

Hubiera muerto no más

si hubiera estado allí

y no aquellos

 

los que murieron por mí.