Maestros Inolvidables. Una Leyenda del Magisterio en Salinas (Puerto Rico): Esteban Pérez Bonilla. Por: Josué Santiago

 

Él se hizo maestro cuando serlo implicaba, no solamente enseñar a leer a la muchachada, sino enseñarles a pensar y cultivar en ellos una cantera de valores inamovibles que ya hoy parecen ser conceptos antiquísimos que hemos ido dejando atrás en nuestro dislocado avance hacia un futuro nebuloso y triste.

 

Esteban Pérez Bonilla: Una leyenda del magisterio en Salinas. Por: Josué Santiago.

 

 ( A todo el magisterio de Salinas )

 

                    ( Salinas. Casa Grande) 

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La educación es una de las profesiones más antiguas de la humanidad y la base sobre la cual todo desarrollo humano es posible, entendiéndose por desarrollo, movimiento progresivo, avance. De ahí que desde épocas inmemoriales cada grupo social, independientemente de lo simple o compleja que haya sido su estructura sociopolítica, le ha brindado a la educación una importancia suprema que podemos constatar con tan sólo rastrear el paso del ser humano sobre la superficie de la Tierra.

 

A los ancianos correspondía, en épocas ya pretéritas, la responsabilidad de enseñar a los más jóvenes, no sólo los aconteceres históricos del conglomerado y el aprendizaje de los ritos religiosos y las danzas ceremoniales y el respeto incondicional y solemne a las deidades de la tribu, que siempre fueron evocaciones majestuosas de los elementos de la naturaleza circundante, sino que era también tarea fundamental e inobjetable de aquellos primeros educadores, enseñarle a los educandos, que eventualmente se convertirían en los futuros guerreros y líderes de la tribu, un código de ética y unos valores universales, porque sin ellos el hombre sería algo semejante a la bestia.

 

Con el correr de los años las tribus nómadas se hicieron sedentarias y fueron creando una estructura de gobierno más compleja que la fue transformando en comunas y luego en comunidades y de allí surgieron las grandes civilizaciones como Egipto, Grecia, Mesopotamia y el inmenso Imperio Romano, en el viejo continente, y los Aztecas, Mayas e Incas en el Hemisferio Occidental. Pero aunque disímiles en muchos aspectos, el común denominador, el rasgo que a todas ha caracterizado, desde la más sencilla y rudimentaria de las tribus nómadas hasta la más avanzada y compleja de las civilizaciones que han poblado el planeta, es el papel de importancia superior que cada una de ellas le ha dado a la educación.

     ( Salinas Puerto )

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Todo ese marco interpretativo y valorativo que hasta aquí hemos presentado en lo referente a la educación nos lleva a Salinas, la cuna del Mojo Isleño y comarca del imbatible Cacique Abey, donde el profesor Esteban Pérez Bonilla (Mr. Pérez), maestro de escuela retirado hace, aún sigue educando con cada gesto y con cada silencio oportuno y con cada mirada y con cada palabra que emana de su boca, porque él se hizo maestro cuando serlo implicaba, no solamente enseñar a leer a la muchachada, sino enseñarles a pensar y cultivar en ellos una cantera de valores inamovibles que ya hoy parecen ser conceptos antiquísimos que hemos ido dejando atrás en nuestro dislocado avance hacia un futuro nebuloso y triste.

 

Nuestro reseñado nació en un hogar pobre, como tantos muchos de la época, el 8 de agosto de 1924, en el sector Río Jueyes de Coamo, y sus padres fueron don Isidro Pérez y doña Julia Bonilla, ambos fallecidos.

 

Aunque tuvo otras tres hermanas menores (Crecencia, Alicia y Lidia, una de las cuales falleció no hace mucho en Nueva York), todas ellas frutos de un segundo matrimonio de la madre, éste, único hijo varón de doña Julia, fue muy poco lo que pudo compartir con sus hermanas, por razones que él no enumeró en nuestra charla y a nosotros se nos pasó preguntar. Pero sí nos relató incidencias de su niñez y de sus primeras experiencias académicas, que como todo niño pobre de aquellos años, y de los nuestros también, las “bruscas” y el “comer jobo” (¿Me entenderá la juventud de estos tiempos?) jugaba un papel de enorme relevancia en el desarrollo psicosocial del niño:

 

“A la primera Escuela que yo fui fue en Las Flores de Coamo. Íbamos a Primer Grado a aquella escuela… De Río Jueyes abajo, a pie, eran como siete kilómetros de recorrido para llegar a Las Flores de Coamo, donde estaba aquella escuelita, pero casi nunca entrábamos a los salones de clase porque nos quedábamos corriendo a caballo por los campos aledaños…”, así nos lo confesó.

 staisabel ( Municipio de Santa Isabel)                                                                            

Con el tiempo Esteban Pérez Bonilla, fue tomando la educación con más seriedad y madurez y a medida que el niño iba quedando atrás para abrirle camino al adolescente, se fue viendo en él unas inclinaciones hacia el estudio que fueron forjando su carácter e inundando de luz su futuro.

En Santa Isabel cursó los grados pre-universitarios, menos el Tercer Año de Escuela Superior, que lo estudió en Salinas, ya que en aquella otra municipalidad no se ofrecían los cursos correspondientes a ese grado.

 

A una pregunta nuestra relacionada a cuáles fueron las razones que lo motivaron a buscar en la educación, y no en la caña o en los cafetos o en la industria tabacalera o en cualquier otra parte su futuro, nuestro reseñado nos respondió de la manera siguiente:

 

“Tuve buenos maestros, como Víctor Vázquez, don Pedro Alomar, Juan Alcover, Juanita Vecchini y Mr. Colón, en Santa Isabel. Todos ellos muy buenos maestros que te estimulaban, orientaban a uno, diciéndole: Mira, debes hacer ésto. Esto se hace así y ésto de esta otra manera. Ellos solían decirme: Si quieres llegar lejos, aunque el camino sea tortuoso, no desmayes, continúa la trayectoria…”

 

Nos relata “Mr. Pérez”, que empezó a dar clases en el Barrio Sabana Llana de Salinas el 13 de septiembre de 1950 y que su salario, para aquel entonces, era $115 mensuales.

 

Pienso yo que de ahí es que viene el viejo dicho de “Más pelao que un maestro de Escuela”. Pero él también nos aclara, con esa ecuanimidad característica de los maestros de antaño, que eran aquéllos otros tiempos y que el valor adquisitivo del dólar era otro.

 

“No se vivía holgadamente con aquel salario, pero no se pasaba hambre tampoco”, nos dice, y si a eso une uno la imagen que se tenía del maestro y el respeto que se le dispensaba, gracias, en gran medida, a la conducta que éste desplegaba en la sociedad, aquellos $115 se multiplicaban muchas veces. Rendían más que un saco de sal…”

 

Recuerda él que al principio, mientras trabajaba en Sabana Llana, vivía en Santa Isabel. Aunque la transportación pública era una pejiguera en aquella época, como lo ha sido siempre en Salinas en todas las épocas, especialmente después de ciertas horas, él nunca se quedó a pie, como decimos en nuestra jerga de todos los días.

 

Roberto Rolón era un salinense que viajaba a San Juan con mucha regularidad para buscar las cintas cinematográficas que se exhibían en el Teatro Monserrate de Salinas y en el de Santa Isabel, el Coquí y Aguirre, que también tenían sus teatros.

 

“Con él -nos dice “Mr. Pérez”- cogía pon para Santa Isabel, por las tardecitas…”, hasta que después de cumplir el primer año de labor docente en Sabana Llana se mudó definitivamente para aquel sector (Sabana Llana), donde ha vivido hasta el sol de hoy.

 

Después de varios años regando su conocimiento en Sabana Llana, pasó a trabajar como maestro de Estudios Sociales en la Escuela Superior Luis Muñoz Rivera de Salinas, donde enseñó a pensar a casi la totalidad de los salinenses que hoy son educadores, abogados, ingenieros, arquitectos, doctores en medicina y en otras áreas del saber, pescadores, trabajadores de la industria agrícola y la ganadería y la avicultura, químicos y técnicos de laboratorio y de todo cuanto seamos capaces de imaginar, porque los que en Salinas no han sido discípulos de “Mr. Pérez”, de seguro lo han sido de sus discípulos.

 

Esteban Pérez Bonilla fue un maestro que vivió el magisterio como los jesuitas viven entregados a sus votos religiosos. Un maestro de la vieja escuela donde el magisterio, más que una profesión (y mucho más que un medio honrado y meritorio de uno ganarse la vida) es un sacerdocio. Por eso afirma, de manera categórica y convincente, que:

 

“La base de la educación es la formación de los valores en el educando, porque el objetivo de la educación no es educar para el momento, sino para la historia, para la posteridad…”

 

Es muy verdad lo que dice nuestro amigo. Muy ciertas son sus palabras y muy elocuentes, como elocuente ha sido su aportación al magisterio en Salinas, a todo lo largo de nuestra historia.

 

Uno de los grandes problemas con que nos confrontamos hoy es que se está perdiendo de perspectiva el objetivo primario de la educación. La educación es (¡debe ser!) la formación de seres humanos con una fundación de valores sólida para que se conviertan en grandes seres humanos, en seres humanos más completos y más sensibles.

 

En grandes ciudadanos y en valientes defensores de la justicia, donde y cuando ésta se vea mancillada.

 

A eso nos enseñó Esteban Pérez Bonilla. Esa fue su prédica y su filosofía educativa y es por eso que hoy, en el ocaso de su vida, cuando todo parece caminar a destiempo, él puede decir, con el Apóstol Pablo:

 

“He librado la buena batalla y he conservado la fe”