Una Historia de la Lectura; leyendo a Albert Manguel. I-. Por: Belén Pérez de Prado.

De nuevo experimento esta añeja sensación de insatisfacción ante la selección, la de tener la impresión de que en cualquier elección de una lectura que hago hay libros que inevitablemente me pierdo o bien pospongo ad eternum con el auto-engaño de un incómodo sine die. ( Belén Pérez de Prado).

 

 

 

Una historia de la Lectura; leyendo a Albert Manguel. I. Por: Belén Pérez de Prado.

– I- La elección-.

  ( Frontispicio de Musei Wormiani. Cuarto de Maravillas de Worm)

musei-wormini

Me acerco a “mi” librería con una lista de libros en la mano y una duda sobre cuál seleccionar. Los diferentes títulos  van desplegándose delante de mí y de nuevo experimento esta añeja sensación de insatisfacción ante la selección, la de tener la impresión de que en cualquier elección de una lectura que hago hay libros que inevitablemente me pierdo o bien pospongo ad eternum con el auto-engaño de un incómodo sine die. La falta de tiempo, ¡la maldita falta de tiempo! Mi mano se me adelanta y escoge la edición de bolsillo de Una Historia de la Lectura[1],  su ilustración Joven Leyendo de G. Adolf Henning se presenta cuidada y con una calidad que de entrada llama la atención,  “mi” librero me anima a tocar la calidad de sus páginas, “mira, en ediciones de bolsillo esto ya no se suele hacer” me dice, sonríe y sabiamente se aleja de mí mientras abro el libro y paso su primera página en blanco, su segunda página con su título, la tercera, y entonces me encuentro con su dedicatoria:

“A Craig Stephenson,

Aquel día  que juntó nuestras cabezas, El destino forjó un sabio encuentro: Yo absorto por el tiempo que hace fuera, Tú absorto por el tiempo que hace dentro.

-A la manera de Robert Frost-“

Recuerdo entonces las palabras de Frost[2]

“Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo largo tiempo estuve de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la espesura; […]

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.”

¡Ya está!, el contacto está establecido, este libro ya es especial para mí, ya no hay marcha atrás…

 

 -II- Las Formas-

 

portada

En un mundo en el que las prisas parecen pasar por encima de las formas de cortesía, en las que la forma a veces supera al contenido no cubriendo expectativas, como lectora selectiva impenitente me gusta percibir el cuidado de la obra por parte del autor[3] y el editor. Me gusta elegir libros para momentos diferentes, la forma y las formas son también importantes para mí. En este caso y añadido a lo anteriormente indicado, me gusta encontrar la dedicatoria general seguida de una larga página de agradecimientos. Contacto definitivamente con el tono con el que el autor se dirige a aquellas personas que han colaborado para que el resultado haya sido este y no otro, en la personalización en el tono cercano -casi acariciante- de Manguel, se percibe una autenticidad en sus agradecimientos que me hace sentir en buenas manos, siento entonces que el respeto que el autor destila en sus formas promete ser el enfoque desde el que ha escrito el contenido de su obra, (esta vez no habrá decepción, premonizo, mientras sigo explorando)

 ( Albert Manguel)

alberto_manguel-19-09-2007

Me encuentro con otro detalle más de acogida, como lectora recibo un regalo, la deferencia de la dedicatoria por parte el autor: “Al lector”, aquí Manguel me recuerda que “leer tiene una historia” y mi mente vuela a contactar con mi propia historia de lectura[4] Manguel me cuenta que el deseo de leer puede ser analizado, y me lanza una pregunta de Diderot “Pero ¿quién será el amo? ¿El escritor o el lector?”, ¡el lector! contesto internamente, el dueño y señor de la interpretación de las palabras ajenas, el que hace suya una frase o salta encima de otras hasta llegar al fondo del baúl para sacar el jugo que busca, el que opta por continuar la lectura o desecharla a su antojo… ¡el autor! me contradice otra voz interior, él es el que guía la zanahoria para que llegues hasta donde quiere que llegues, el que haciéndose dueño de la palabra consigue cautivarte, hipnotizarte, removerte, el que logra que tu mente vuele de tema en tema… Los dos y… ¿ninguno? parece ser mi respuesta. En este caso, ambos parecemos ser los dueños, parece haber espacio para ambas contestaciones, en todo caso me gusta la sensación de sentirme preguntada y no interrogada.

 

Me sorprendo al encontrar “La última página” y una pequeña pero profunda frase de Flaubert  “Leer para vivir”… Manguel ofrece tres partes en su libro, “La última página”, “Los poderes del lector” y “Las guardas del libro”. Cada uno de ellos cuenta con subapartados denominados de un modo muy sugerente, misterioso en ocasiones, así intrigada leo “Leer sombras” o “La primera página ausente”, encuentro “Metáforas de la lectura” entre otras en el primer bloque y “Leer el futuro” o “El lector simbólico”, “Lectura en interiores”, “Lecturas prohibidas” y “El loco de los libros” en el segundo y por último “Las guardas del libro”. El libro cuenta con Notas que aportan nuevas vías para la exploración, con un Índice onomástico extenso, -vertiginoso en momentos- y con una valiosa información sobre la procedencia de las ilustraciones. Con todas ellas compruebo la exhaustiva labor de investigación del autor. Sus formas cuidadas prometen calidad y  calidez, dos palabras que busco continuamente y que encuentro en el tacto y en mi “olfatear” del libro [5]. Hay en él espacio para “respirarme”, me digo, y me doy cuenta de que antes incluso de leerlo ya confío en el autor, ya percibo que no va a intentar venderme sus ideas como verdades absolutas con tediosos argumentos. Desde el inicio habla desde un “yo” que parece querer compartir sus descubrimientos desde su subjetividad con cualquier tú que se acerque a él. Se trata de una historia de la lectura, “hecha a partir de intuiciones personales y circunstancias privadas” en palabras del escritor. El libro no sigue un orden cronológico, avanza hasta el momento presente para retrotraerse a tiempos remotos, vuela en el tiempo como lo hace la mente, haciendo asociaciones libres al tratar sus temas y con ello muestra con hechos una gran flexibilidad y una extraordinaria capacidad de relacionar los temas. Con todo ello aporta un gran argumento para contrarrestar la opinión de aquellos que piensan que en el futuro el libro desaparecerá [6], el libro invita a ser tocado, sopesado. “Se salta capítulos, hojea, selecciona, relee, se niega a seguir un orden convencional”. Me siento invitada a un encuentro especial, seducida de alguna manera y como quien se acerca a probar un plato me dispongo a hacer la cata de esta lectura personal de Manguel. El autor invoca las palabras de Calvino y contacta con mi sensación de ese momento plenamente…

 

“Leer es ir al encuentro de algo que está a punto de ser y aún nadie sabe qué será”

 

 * Notas al texto*

1- Premio Médicis en Francia. Puede leerse más aquí

2-Poeta estadounidense considerado fundador de la poesía moderna en su país, figura entre los más destacados del siglo xx. Los versos de su poema “El Camino No Elegido” han sido extraídos  de esta web.

3-Más adelante ratifico que comparto este gusto con el autor cuando dice “Mis manos al elegir un libro para llevar a la cama, para el tren o para un regalo dan tanta importancia a la forma como al contenido”

4-Imposible no encontrarme reflejada en sus palabras y recordarme de niña tumbada en el suelo aprovechando la rendija de luz que provenía de la cocina… “Por entonces mi sitio preferido para entregarme a la lectura era el suelo de mi habitación, boca abajo, los pies enganchados en los travesaños de una silla. Más adelante, la cama, entrada ya la noche, se convirtió en el sitio más seguro y más apartado, nebulosa región entre la vigilia y el sueño”

5-Más adelante descubriré cómo  Manguel por esas “causalidades” de la vida trabajó un año como redactor en lenguas extranjeras para Franco Maria Ricci cuyas obras son conocidas por su exquisito cuidado y por su calidad  y recuerdo cómo en su momento la compra de algunas de ellas supuso para mí una gran ilusión y  esfuerzo económico.

6-Describe Ray Bradbury  en la última página de Fahrenheit 451, un futuro en los libros que no están impresos en papel sino que se conservan en la mente.” Pág. 45.