Coleccionista de Rostros, Enrique Gómez Aguilera. Por: Macías Berenguer Ivars.

 

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Todo empezó hace una década más o menos.

Enrique Gómez Aguilera luce un trasquilón en la coronilla por amor al arte.

En sus lienzos, la expresión mana a través de las miradas, la gente común es la protagonista. Adora a Velázquez y a Gustav Klimt aunque sus verdaderas influencias están en los cómics Marvel. (Macías Berenguer Ivars)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Coleccionista de Rostros, Enrique Gómez Aguilera. Por : Macías Berenguer Ivars.

 

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 Todo empezó hace una década más o menos en la facultad de Bellas Artes de Altea. Él, resuelto y en cueros, pensando que lo del bote era pintura acrílica, se embadurnó de esmalte sintético y pintó con el culo -literalmente- un dos por dos, una grandiosa obra de arte que nunca sería reconocida por nadie. Al día siguiente, de sus posaderas brotó una fístula perianal y magnífica que le ha tenido en jaque hasta hoy día, una dolorosa medalla para su condición de artista. Ahora que su esfínter se ha debilitado y su técnica ha medrado, sólo pinta desde las manos y entre la pintura y él, siempre hay un pincel de por medio. Cuando le pregunto que por qué lo hace, que por qué pinta, él me responde que porque le da la gana, que no busque profundidades donde no las hay, y eso hago, me quedo en la superficie. También me dice que quiere hacerse famoso, que tiene en mente marchar a Toulouse, donde ya estuvo, y que pretende vender cada uno de sus cuadros por mil euros (¡por lo menos!).

 

 

 

 

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Enrique Gómez Aguilera, “Kike”, nació en Alicante en el año setenta y ocho y no es que sea un ingenuo con lo que respecta a su pasión pues malvive de ella, que ya es algo. Se pasea por el mundo con una holgura descomunal en el tiro del pantalón, se come las pastillas de Avecrem a palo seco y luce un trasquilón en la coronilla por amor al arte. En su casa, el polvo y las humedades le invaden, pero un bohemio no puede entretenerse con menudencias tales, eso sí, logra pasarse tres horas sin pestañear analizando un friso maya y desquiciando a quien le espera. Adora a Velázquez y a Gustav Klimt aunque sus verdaderas influencias están en los comics Marvel (concretando, en el dibujante Jim Lee,) y en el artista valenciano, Joaquín Sorolla. En sus lienzos, la expresión mana a través de las miradas, la gente común es la protagonista, es la que cobra importancia y los ojos, las muecas y las arrugas rezuman interrogantes, demandas, tristezas o alegrías. Él como pintor y grabador es el filtro, es el que nos pone en bandeja lo que pasamos por alto en la calle. Estaremos de acuerdo que para ello se requiere tener una sensibilidad especial, y que entonces, hablando de su obra, es imposible ceñirse a lo superficial. Es capaz de absorber y proyectar, regalar lo cotidiano, orearlo, denunciarlo para después, comerse unas aceitunas rellenas de anchoa, tan tranquilo, haciendo de su trabajo algo un poquito más banal, disipando su trascendencia.

 

 

 

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No hay un tema que englobe sus trabajos aunque sí que hay cierta recurrencia a los retratos en óleo. Con las tonalidades, además de las expresiones, juega, denota estados de ánimo y sentimientos, y desde lo macilento a lo vivo nos transmite tragedias o gozos. Kike no deja en punto muerto al espectador, lo acribilla con una cohorte de rostros y sensaciones. Además, con su fabulosa percepción de la gente de “a pie” hace que nos sintamos especiales. Y eso es magia.