Una Historia de la Lectura. II. Manguel y el Lector. Por Belén Pérez de Prado.

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Manguel recorre el nacimiento de la lectura desde las tablillas sumerias “destinadas a pronunciarse en voz alta”, habla del uso de la palabra en Grecia, en Roma, de la lectura silenciosa en los monasterios en la Edad Media y en la cultura islámica ( Belén Pérez de Prado ).

 

 

 

 

 

 

 

 

Una Historia de la Lectura: Leyendo a Albert Manguel.  II :  Interiores del Libro y el Lector. Por : Belén Pérez de Prado.

 

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Una Historia de la Lectura es para mí uno de esos libros en los que al abrirlo y comenzar su lectura uno tiene la sensación de adentrarse en un Cuarto de las maravillas. Cada rincón que el autor señala abre ante mí un mundo que despierta mis ganas de explorarlo, aporta títulos, algunos de ellos viejos conocidos, otros novedosos que anoto en mi agenda de lecturas “imposponibles”[1]. Manguel recorre el nacimiento de la lectura desde las tablillas sumerias “destinadas a pronunciarse en voz alta”, habla del uso de la palabra en Grecia, en Roma, de la lectura silenciosa en los monasterios en la Edad Media y en la cultura islámica, miro con ojos abiertos mientras habla de las cortes y las Universidades, de Gutemberg y la revolución que supuso la imprenta, habla de la tradición oral, de las escuelas que se forman desde el siglo XIV, y me enseña también las sabias palabras de Amadou  Hampaté Bâ:”cuando en África muere un anciano, arde toda una biblioteca”. El autor de Una historia de la lectura aporta un cúmulo de datos muy interesantes y además añade pequeñas joyas que en esta ocasión quiero resaltar porque creo que contactan con la esencia y el alma del libro y en estos momentos quiero darles prioridad ante los datos inabarcables en estas cinco páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El cuerpo entero participa en la ceremonia de la lectura,  se puede conocer a la persona por su modo de leer[2]. “Todo texto supone un lector”, ciertos libros piden una lectura en alto, en voz baja o bien en silencio, “otros exigen un contraste entre contenido y entorno, algunos parecen exigir posiciones particulares para leer, posturas del lector que requieren a su vez lugares en consonancia para estas lecturas”. “Es posible transformar un lugar leyendo en él”, “leer es rescatar el texto”. De la mano de Manguel compruebo la importancia y la responsabilidad de los traductores, la necesidad de que se conviertan en “desentrañadores” de los códigos y entendedores del lenguaje del autor y los entresijos de la obra. “La traducción sólo puede existir como la actividad ingobernable y oficiosa de entender por medio del idioma del traductor aquello que permanece irremediablemente oculto dentro del original” .Manguel nos pone frente a los límites de la palabra y ante el reto que supone la expresión y la comprensión del mundo del otro.

También nos habla de “lectores autoritarios decididos a impedir que otras personas aprendan a leer y de lectores fanáticos que deciden lo que se puede o no se puede leer, de lectores estoicos que se niegan a leer por placer y exigen que sólo se cuenten hechos que ellos mismos consideran ciertos” habla de la “posibilidad de mentir que tienen los lectores, subordinando caprichosamente un texto a una doctrina”.

 

Manguel se deleita en el protocolo previo a la lectura, en la ceremonia que conlleva sacar los lentes del estuche y desmenuza el acto de la lectura ante los protagonistas: los ojos. Según avanzo en la lectura hacia el final voy concluyendo que son los lectores los que tienen el protagonismo absoluto en esta obra y no es una obra de autor sino de lector. Vuelvo hacia atrás en la lectura, le cito con deleite y cuando dice: “Todos los lectores y yo tengo en común con ellos sus gestos y su arte, así como la satisfacción, la responsabilidad y el poder que la lectura les proporciona”. Concluye con un “No estoy solo” que acompaña. La lectura privada o pública, oída o en silencio, compartida o solitaria, en la cama o en la celda; la lectura como mazo que golpea la conciencia o como disfrute ligero se erige como esencial, como un acto de vida; “leer el mundo”[3] se presenta como una misión, transmitir esta sensación parece ser su  objetivo.

Para Manguel “La invención de nuevas formas para los libros no terminará nunca probablemente, […] pero las formas básicas, las que permiten a los lectores sentir el peso físico del conocimiento, el esplendor de vastas ilustraciones o el placer de llevar un libro de paseo o a la cama permanecen”. No hace falta que Manguel dedique un capítulo entero a hablar de los beneficios de la permanencia del libro impreso, el autor se ocupa de contactar con el lector y recordarle la importancia del tacto y el olor del libro, dedica tiempo y espacio a resaltar la importancia de relación, del vínculo que se establece con el libro. Se ocupa con hechos de conducirme como lectora por la senda de mi historia de la lectura de Una Historia de la lectura. El escritor crea un ambiente idóneo para el encuentro del lector con la obra, recrea las características imprescindibles para lograr la intimidad del contacto. Exalta la importancia de leer en determinados ámbitos como en la cama o en un viaje, su argumento se clava en el inconsciente y cuando uno termina de leer la obra sabe, a ciencia cierta que es imposible que nada sustituya a este placer, a esta necesidad, que llegarán múltiples avances en las tecnologías que conseguirán acercar los libros y que la impresión de un modo u otro jamás será fagocitada por la lectura en pantalla. Manguel anima a hacer uso de las nuevas tecnologías para aproximarse a títulos inalcanzables de otro modo, y a la vez como enamorado de los libros-libros deja constancia en la sensación corporal de la voluptuosa sensación de dejarse llevar por las palabras.

Imposible para mí hacer una reseña objetiva de este libro, un libro que me acompañará y que se ha ganado su lugar entre los libros de corazón de mi biblioteca, un libro que aconsejaré sin dudar porque me ha dejado huella.

 

 

*Notas al texto.*

 

1- En mi diccionario personal: Imposibles de posponer.

2-   Walter Benjamín señaló en un célebre ensayo que  “para entender el mundo de Kafka no hay que perder de vista su modo de leer”.

3-  “Nuestra tarea, como señaló Whitman, es leer el mundo puesto que ese libro colosal es la única fuente de conocimiento para los mortales” Pág. 243.