Acerca de la Música Cajún y de la Modinha. Por: Alfredo Rodríguez y María Luisa Tamarit.

800px-halifaxnighttimeEl cajún, el swamp y el zydeco, son los tres estilos musicales que definen la música tradicional de los estados del sur de Louisiana, cada uno con sus peculiaridades y alguna similitud, y orígenes y trayectorias diferentes. En este artículo me voy a referir únicamente al cajun, probablemente el estilo que de los tres manifiesta una mayor vitalidad después de los intentos exitosos de sacarlo del olvido allá por los años 60 y 70, especialmente gracias al trabajo del violinista Dewey Balfa. ( Alfredo Rodríguez).

 

 

 (Lisboa y Brasil.                                                   Mapa antiguo y edificios época Barroca)

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De una naturaleza suave, romántica y cantadas muchas veces en forma de lamento, estas tonadas adquirieron tanto éxito en Portugal que incluso se creó una publicación periódica específica para ellas, el “Jornal de Modinhas“. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los compositores portugueses escribieron y publicaron una enorme cantidad de modinhas en este diario para entretener a la corte y deleitar a las damas.  (Maria Luisa Tamarit).

 

 

 

 

 

Música Cajún. El ritmo del Sur de Louisiana. Por: Alfredo Rodríguez.

   (  Deportación de los Acadiens. Jefferys)

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El cajún, el swamp y el zydeco, son los tres estilos musicales que definen la música tradicional de los estados del sur de Louisiana, cada uno con sus peculiaridades y alguna similitud, y orígenes y trayectorias diferentes. En este artículo me voy a referir únicamente al cajun, probablemente el estilo que de los tres manifiesta una mayor vitalidad después de los intentos exitosos de sacarlo del olvido allá por los años 60 y 70, especialmente gracias al trabajo del violinista Dewey Balfa.

Para comprender los orígenes y desarrollo de este estilo musical, hay que hacer un viaje en el tiempo y adentrarnos en el terreno siempre fértil de la historia. En el siglo XVII empezaron a llegar a los territorios del actual Canadá, concretamente a las provincias de lo que luego se conocería como Nueva Escocia y Nueva Brunswick. Los contingentes de población francesa llamaron L’Acadia a ese solar en el que convivían con los micmac, una tribu autóctona de la que aprendieron la manera de sobrevivir en un entorno natural muy diferente del francés.

Lo malo del lugar es que ocupaba una zona estratégica en la disputa que mantenían franceses e ingleses por el control del Canadá, disputa en la que los Acadiens, cómo se les terminó por conocer (Acadians en inglés), se negaban a ponerse de lado de ninguna de las dos potencias continentales mientras desarrollaban su propia cultura y formas de gobierno, muy influidas por el ejemplo de los micmac. En el siglo XVIII, los británicos, que se habían hecho con el control del territorio decidieron poner fin a esa situación y mediante engaños, lograron reunir a un buen número de Acadiens a los que apresaron y enviaron en barcos hacia otras colonias británicas o los mandaron directamente a prisión, o de vuelta a Francia donde parece que no fueron muy bien recibidos al no haber prestado su ayuda al rey francés.

Los que consiguieron escapar no vieron más solución que dirigirse hacia el estado de Louisiana, territorio que había sido descubierto en el año 1528 por el español Pánfilo de Narváez, y explorado por Hernando de Soto en 1541. Más tarde, a mediados del siglo XVII, el francés Cavelier de La Salle se hizo con el territorio al que dio el nombre de Louisiana en honor al rey Luis XIV. Allí llegaron los Acadiens en el año de 1718 para establecerse en la capital, Nueva Orleáns. Los avatares políticos hicieron que el estado pasar a manos españolas por medio del Tratado de París de 1763, volvió a Francia en 1801, y, finalmente, Francia lo vendió dos años más tarde a los Estados Unidos.

Con todo ese bagaje histórico detrás, no es extraños que los Acadiens, palabra que al ir degenerando se convertiría en cajún, nombre con el que se conoce a esa cultura particular que tiene sus propias manifestaciones lingüísticas (hablan una mezcla de francés antiguo, palabras aprendidas de los micmac, españolas -de hecho apellidos como Ortega y Romero se tienen entre los auténticamente cajún-, inglesas y alemanas), gastronómicas, arquitectónicas, culturales entre las que destaca con luz propia la música.

 

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Entrando en harina, lo primero que destaca de este estilo musical es su estilo mestizo producido por la confluencia de elementos franceses, alemanes, españoles e indígenas, fundamentalmente. Es una música que se toca fundamentalmente para bailar, y por ello tiene unos ritmos alegres, vivaces, de esos que meten corriente en las piernas y ante los que es imposible permanecer impasible.

El instrumento fundamental es el violín, que llevaron consigo aquellos primeros colonos que llegaron a las costas canadienses, al que luego se unió el acordeón diatónico que fue la aportación germana, y a los que se unieron el triángulo y el washboard, es decir la tabla de lavar convertida en instrumento musical por la interacción con cucharas, y que en tiempos contemporáneos se ha convertido en un instrumento electrónico de metal que ya se toca de otra manera. En tiempos más recientes se han incorporado el bajo y la batería. Las letras podían tener un carácter improvisatorio, y entre estrofas se pueden introducir unos sonidos guturales que provienen de los indígenas con los que tuvieron contacto a su llegada al Nuevo Mundo, gigas y reels, y el canto sincopado de los esclavos africanos, son ingredientes básicos en esta amalgama musical.

Los ritmos fundamentales son de origen francoalemán y con influencias de estilos como el country. Como escribe Dirk Powell: “Es una música fuerte y apasionada que no evade una comunicación honesta y directa. Normalmente se toca para bailar, sea en casas tradicionales o en clubes más modernos. Casi todos los bailes son de dos pasos, valses o un estilo que se llama de un paso que tiene influencia del blues”.

Precisamente fue un violinista, Dewey Balfa quien acudió al rescate de la música cajún en unos años en los que este estilo prácticamente había quedado arrinconado por la potencia cultural hegemónica estadounidense. Entre los años 60 y 70, Dewey y sus hermanos se embarcaron en la tarea de dar a conocer la música cajún y ayudaron a poner en marcha el primer festival de esta música que se hizo en el estado en el año 1974, y que ha tenido una importancia fundamental en el renacimiento musical de esta comunidad.

Además de Dewey, otros músicos fundamentales son Harry Choates, Jimmy C. Newman, o el grupo Beausoleil, entre otros.

 

 

Los Sonidos de Brasil. II. La música Amorosa. La Modinha. Por : Maria Luisa Tamarit.

 

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La modinha es una forma de canción romántica que nació en la colonia brasileña y adquirió una enorme popularidad en la segunda mitad del siglo XVIII y durante prácticamente todo el XIX. Inspirada en las arias de la ópera italiana, fue también muy famosa en Portugal, donde llegó a convertirse en el género musical de moda del país.

 La palabra es un diminutivo de “moda”, expresión que en portugués se emplea para referirse a la moda y también a la canción melódica. La modinha empezó a adquirir fama en 1775, año en que el poeta y cantante brasileño Domingo Caldas Barbosa (1740 – 1800) la presentó a la corte de Lisboa. La enorme aceptación que tuvo entre la sociedad lisboeta y, especialmente, entre el público femenino, llevó a los músicos eruditos a adoptarla, incorporando en ella algunos elementos de las arias italianas, muy en boga en el Portugal del siglo XVIII. De este modo, surgió una nueva forma de modinha con un aire más elaborado que no solo empleaba la guitarra como instrumento acompañante, como era propio en la modinha brasileña, sino también los instrumentos de teclado. Los cambios que experimentó esta forma de canto en Portugal no le arrebataron el carácter sentimental y nostálgico que le habían imprimido los colonos de Brasil.

 

De una naturaleza suave, romántica y cantadas muchas veces en forma de lamento, estas tonadas adquirieron tanto éxito en Portugal que incluso se creó una publicación periódica específica para ellas, el “Jornal de Modinhas“. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los compositores portugueses escribieron y publicaron una enorme cantidad de modinhas en este diario para entretener a la corte y deleitar a las damas.

 debret-joao-vi  (Debret. Joao VI )                                                             

La modinha portuguesa se distinguía de su variante brasileña por tener una estructura algo más rígida. Cuando el rey de Portugal D. João VI se exilió en 1808 a Brasil junto con su corte, se llevó consigo la modinha. Ese cruce del Atlántico la hizo prosperar en el Brasil del siglo XIX bajo dos formas: un estilo consistente en sencillas melodías sentimentales, preferido por las clases populares (conocido como “modinha de la calle”), y otro caracterizado por melodías más elaboradas que remedaban a las italianas arias y se cantaban en los salones de la alta sociedad (la denominada “modinha de salón”). Ambas variantes de modinha desarrollaron en Brasil una cualidad de la que carecían las modinhas portuguesas: la improvisación, tanto en su estructura musical como poética.

 

Con el tiempo, fue ganando más protagonismo la modinha vinculada a las clases populares, aunque los compositores se interesaron por ambas variantes y algunos escribieron piezas para ser interpretadas en los dos estilos. Las melodías creadas a finales del siglo XIX, antes de la inmigración italiana a Brasil, se caracterizaban por su sencillez; de esa naturaleza fueron las que compuso el Padre José Mauricio Nunes García (1767 – 1830), un músico y sacerdote afrobrasileño de extracción humilde que se convirtió en uno de los autores de modinhas de mayor renombre del país.

 

Durante el siglo XIX, la modinha de salón no dejó de alimentarse de las corrientes musicales europeas. La influencia del aria italiana fue especialmente intensa hacia la última mitad del siglo, cuando se produjo la llegada masiva de inmigrantes italianos a Brasil. Por aquel entonces, Francia se había convertido para las clases de élite en el arquetipo de la moda y la literatura, mientras que Italia, considerado el país más avanzado en el campo de las artes, lo era de la ópera. Las arias adquirieron tanta fama entre la sociedad brasileña de la época, que empezaron a ser interpretadas por músicos de diversos orígenes, muchos de ellos, esclavos a los que se obligaba a aprender el aria. También era frecuente que algunos intérpretes de música clásica viajaran a Italia para perfeccionar sus estudios musicales. No era raro, pues, que en aquel entorno de refinamiento y erudición, las letras de unas canciones que habían nacido con un aire genuinamente popular se impregnaran de figuras literarias.

 

Las clases altas de Brasil preferían el piano para acompañar la modinha, aunque el instrumento básico seguía siendo la guitarra. Tal vez por ello, la mayoría de canciones que surgieron en el siglo XIX se escribieron para ser acompañadas indistintamente con uno u otro instrumento. El mercado musical se sirvió de esta versatilidad para diversificar su audiencia y ofrecer a las clases bajas la denominada “modinha de la calle”, que se acompañaba a la guitarra, y reservar para las clases altas la “modinha de salón”, interpretada con piano.

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Sin embargo, a pesar de los esfuerzos realizados por las compañías musicales, la modinha tuvo una vida corta y fue perdiendo popularidad a medida que las preferencias del público se fueron decantando hacia corrientes más modernas. La primera en decaer, a finales del siglo XIX, fue la modinha de salón. Entre las clases populares, sin embargo, sobrevivió un tiempo más, aunque en las primeras décadas del siglo XX fue igualmente vencida por estilos musicales como el lundu, el choro (“llanto”), la canção (“canción”) y la seresta (“serenata”). Estilos, todos ellos, que nacieron y maduraron bajo la influencia del lirismo de la modinha, esa forma de canción romántica a la que el escritor brasileño Jorge Amado hizo frecuentes alusiones en su obra:

 

«¿De dónde había sacado Flor aquella rosa que de tan roja parecía negra? Vadinho la recogió en el aire. Noche romántica, de enamorados, la luna amarilla en el cielo, el olor a romero, toda la ladera cantando en coro para Flor, presa en su cuarto:

 

Allá en lo alto la luna esquiva

está en el cielo tan pensativa

y tan serenas las estrellas…»

 

(De: Doña Flor y sus dos maridos, Jorge Amado, 1966)