Alegoría de lo mínimo. Las fotografías de Carlos López Pachón. Por: Macías Berenguer Ivars

 

carlos17

 

 

” Érase un niño que se lanzaba a la aventura todos los días, y en el primer objeto que miraba y aceptaba con asombro, piedad, amor o temor, en ese objeto se convertía.” ( Walt Whitman)

 

 

¿Ha leído la letra pequeña de la vida?, ¿ha sonreído al ver una hierbita ocupando su alféizar?, ¿ha visto más allá de sus párpados y sobre todo todo, se ha maravillado por cuanto ha encontrado? Por fin hemos aprovechado que somos cortos de vista para, precisamente, atisbar lo más pequeño y cotidiano, acercarlo a nuestras narices, valorarlo en términos estéticos. ( Macías Berenguer ).

 

 

 

 

 

 

 

 

Alegoría de lo mínimo.   Las fotografías de Carlos López Pachón. Por: Macías Berenguer Ivars.

                             

carlos8

Pongamos que va usted al supermercado y compra una lata de guisantes. No queremos que se inquiete ni por la marca, ni por la procedencia de los mismos, ni siquiera si son de cultivo ecológico o transgénico, nada de esto importa. Recomendamos, eso sí, que sea una lata de contenido aproximado de unos cien, ciento cincuenta gramos, más podría ser escandaloso para nuestro buen propósito. Una vez llegue a casa, abra la lata con sumo cuidado, no vaya a ser que se lastime. Hoy en día la mayoría de recipientes disponen de un magnífico abre-fácil que hará las delicias de cualquier manirroto. Una vez haya abierto la lata, tire la tapa a la basura, si recicla, bien por usted, si no, hágalo porque no quiere, tampoco tiene trascendencia en nuestro fin.

 

 

 

 

 

carlos6Escurra el agua en el fregadero y vaya resuelto con los guisantes a la parte de la casa, suya, más marrana, con más cachivaches, donde guarda los chismes inútiles, los cuadros que no se llegaron a colgar, las pesas, la bicicleta estática, los regalos que no le hicieron gracia, el tendedero y la plancha. Pongamos que ése lugar es el trastero, aunque cualquier otra estancia serviría, habiéndola previamente, abarrotado de chirimbolos de toda índole. Coja una silla recia, que le aguante. Si no tiene sillas que le aguanten baje a buscar una a casa del vecino y dígale educadamente que la necesita para una muy importante empresa. Una vez tenga la silla haga el inventario: lata de guisantes y silla. Súbase a la segunda apoyándose en el respaldo, si no tiene respaldo se ha confundido, ha cogido un taburete, así que guarde doble precaución, recuerde que en una mano debe de estar sosteniendo los guisantes en todo momento, pues sería terrible e infructuoso subirse para bajar de nuevo a por ellos. Cuando se encuentre encima de la silla -o del sucedáneo- con la lata de guisantes entre los dedos, inspire profundamente y tras expirar, arroje a los pequeñuelos lo más fuerte y dispersos que pueda, sin miedo, es más, intente colarlos por los recovecos más inhóspitos de la habitación. Mientras esta operación surte efecto puede gritar lo que le venga en gana, desfóguese a su antojo. Le invitamos fervorosamente en este artículo, a distribuir lo que serán sorpresas para las generaciones futuras, para los inquilinos del mañana.

 

 

carlos18

Aquella noche de marzo de 1999 nos echaron de Victoria Station. Con un flemático “sorry”, nos dieron una patada en el culo y cerraron la estación. Comenzamos a caminar sin rumbo, emprendimos una marcha que fue espera, pues el objetivo era coger un autobús y un ferry que nos llevaran a Dublín al día siguiente. No obstante, el alba se atisbaba en lontananza, como un pájaro escarchado al que le costaría emprender el vuelo. Las sombras londinenses pronto nos envolvieron y tuvimos que buscar refugio donde fuera, hacía mucho frío y nuestros estómagos y bolsillos compartían semejanzas más que razonables con el ojo de un huracán. Nos metimos en el sótano de un edificio y me consta que no habíamos sido los primeros en tener tal idea porque había un cartón extendido sobre el suelo, unas ropas mugrientas y unas botellas de sidra, vacías, desperdigadas en el mísero rincón. Aquel espació mínimo, desalentador, prodigaba un sinfín de sensaciones…Horas después desperté a Carlos que, sobre la piedra negra, húmeda, no paraba de tiritar. Anduvimos el resto de la noche para quitarnos las nubes de los huesos.

– ¡Qué ciudad más cruel es ésta, Londres!, -habría dicho él, (mi memoria no es apenas buena)-.

 

 

 

 

 carlos4                                                                                                     

 Hoy en día Carlos hace fotos y no creo que aquella noche tuviera mucho que ver en su afición. Sin embargo, por alguna extraña razón, aquel escenario donde pernoctamos se me viene a la memoria cuando me fijo en su último trabajo.

                                                                       …

Ha hallado oasis entre desiertos, o dicho de otra manera, ha bebido en donde otros no. La colección de fotografías de Carlos López Pachón hace alusión a las pequeñas cosas que nos rodean y que pasan desapercibidas, a los rincones más ínfimos, a las hebras, a las chispas y a las migajas, lo que tiene pleno derecho a estar aunque no sea considerado.

 

 

carlos16

Hay que aprender a observar para darse cuenta que en lo más banal o cotidiano se puede encontrar belleza. Carlos, aparte de fijarse en lo grandioso de lo ordinario, pone de relieve la nota discordante en un escenario urbano. Bajo el trajín aséptico de las ciudades se ocultan estampas de lo más inauditas: La lucha de la naturaleza superponiéndose a lo artificial, las grietas de las aceras clamando vida, la simetría de las formas que hemos forjado y que nos escupen interrogantes. No sabemos hasta cuánto interferimos en el medio o si existe alguna interconexión entre estos elementos. ¿Qué dice un hierbajo entre adoquines?, ¿qué clamamos nosotros con el adoquín en mano? Lo cierto es que ahí están los dos en armonía cordial, compartiendo un espacio, mientras un trasiego de zapatos va de aquí para allá, ignorándolos.

 

 

 

carlos2

En el corazón de una canica, iban el padre y el hijo por el parque de la mano. El niño eludía las baldosas de color negro porque si las pisaba, ardería en el infierno durante toda una eternidad o algo mucho peor. En consecuencia, el padre tenía que ceñirse a su paso irregular, de zancada en zancada. Cuando llegaron a la plaza, junto al platanero, el progenitor se agachó y cogió una piedra. Le dijo a su hijo:

-¿Ves esta piedra?, esta piedra es un planeta y en ella habitan millones de seres que no vemos. Si la vuelco todos ésos seres caerán al vacío.

Y cuando, bajo la atenta mirada del niño, le dio la vuelta a la piedra, prosiguió:

– En cualquier cosa, por diminuta que sea, puedes encontrar un misterio. Quizás nosotros seamos precisamente quiénes vivamos en una piedra, desconociendo que un día, un gigante desaprensivo nos puede poner el mundo patas arriba. No subestimes lo minúsculo, ni por supuesto lo enorme. Puede que sea lo mismo un cielo que una burbuja.

Cielo o burbuja. Por un lado, percibimos la realidad que tenemos más a mano pasando por alto lo que consideramos bagatelas; por otro, desde una vista aérea vagamente se nos advierte, ¿quién se atreve a colgarnos la etiqueta de insignificantes con este gran ombligo que lucimos?…

carlos13

 Propongo un ejercicio de imaginación. Hagamos un acercamiento desde el espacio hacia el planeta tierra, bajemos, atravesemos las nubes, bajemos, atisbemos el paisaje que ya toma forma, acerquémonos a una ciudad cualquiera, bajemos, adentrémonos en uno de sus edificios donde, en el baño, alguien se pega una ducha, bajemos, observemos la pompa que pende del tapón de la botella de champú, bajemos…Si supiera de microcosmos podría seguir adentrándome en otros mundos mas maldita sea mi  ignorancia. La idea a la que quiero llegar es que a veces la meta converge con el punto de partida, cuando lo ingente es lo nimio o viceversa.    

 

 

 

 

carlos9

La persona que no se fija, suele no hacerlo en ambas esferas. No hay lunas suficientemente hermosas, no hay briznas que cautiven por su sola condición. Y si existen miopías y “miopías”, una de ellas no debe ser una patología de la vista, será un problema del propio interés personal, de la fascinación a nivel subjetivo. Cada uno criba la realidad a su propio antojo, en el día a día, discrimina lo que le entra en gana, y no hay nada de malo en ello. Carlos López Pachón nos muestra su perspectiva y así como todas son válidas, la suya no va a ser menos, enriquece nuestra apreciación del entorno.

                                                                       …

El otro día, barriendo la casa, encontré detrás de un viejo baúl, un guisante incorrupto. No lo pude santificar por su calidad de guisante, aunque sí que le quité la pelusa que lo envolvía. Le pregunté por el tiempo que había pasado desde que se había fugado de la despensa, le pregunté qué había visto y qué peripecias había vivido hasta llegar rodando donde estaba. No dijo ni mu, permaneció impasible, una mosca pasó volando entre los dos. Si tal vez Carlos, lo hubiera fotografiado ahí, en su escondrijo, el guisante no hubiera perecido. Yo me lo comí y me supo rancio.

* Nota  acerca de Carlos López Pachón:

fotodelartista

Nacido en 1977, es dibujante, fotógrafo, pintor y escultor. Obtuvo el Premio Jóvenes creadores, en Madrid, en 2005. Estudió Bellas Artes en Edimburgo (Escocia). Investiga en la fotografía digital y en la llamada Pintura Giratoria al estilo de Barceló; derrama la pintura sobre el lienzo situado en una plataforma que gira. En sus esculturas, principalmente urbanas,  usa la piedra, el hierro y el bronce.

( Información de S.D.Alenarte Revista) *