Literatura y Cine III. Truffaut, Educación Humana, Quema de Libros. Por José Julio Perlado

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“Victor de l’Aveyron”- como se denominó a aquel niño cuya historia quiso luego Truffaut llevar a la pantalla – poseía una mirada que parecía deslizarse sobre los objetos, sin fijarse nunca. Sólo era sensible a ciertos sonidos  (por ejemplo, un disparo de pistola le dejaba indiferente, pero no en cambio el ruido que hacía una nuez al romperse), no experimentaba ni alegría ni pesar, pero sin embargo le atraían el fuego y la lluvia, no soportaba ningún vestido, era presa de iras repentinas y continuamente trataba de escapar.

 

 

 

 

 

Literatura y Cine III. Truffaut,  Educación  Humana,  Quema   de  Libros. Por : José  Julio  Perlado.

 

 Acontecimientos reales y  personajes auténticos han atraído muchas veces, con sus  documentos asombrosos y casi increíbles, pertenecientes a los misterios de la historia, a muchos directores cinematográficos. Es el caso de “El Niño salvaje“, película que rodaría Francois Truffaut entre julio y agosto de 1969 en exteriores y decorados naturales de Auvergne y que está basada en la sorprendente y auténtica aventura ocurrida en 1797 en los bosques de Lacaune (Tarn), cuando se vio vagar completamente desnudo y huyendo de la proximidad de los hombres a un niño que aparentaba unos doce años de edad y que al fin fue capturado en 1798 para, después de muchas vicisitudes y nuevas escapatorias, ser llevado a París.

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En París aquel niño excitó la curiosidad pública. No era la primera vez que aparecía un “niño salvaje” en las crónicas de la realidad. Se sabe que han existido al menos 52 casos “auténticos” de “niños salvajes”: entre ellos, el niño-lobo de Hesse (en 1344), el pequeño Ives Cheneau de Saint-Brévin, (en 1963), pasando por Gaspard Hauser o por el niño-oso de Lituania, comentado por Rousseau, sin contar los numerosos niños-lobo de las Indias.

“Victor de l’Aveyron”- como se denominó a aquel niño cuya historia quiso luego Truffaut llevar a la pantalla – poseía una mirada que parecía deslizarse sobre los objetos, sin fijarse nunca. Sólo era sensible a ciertos sonidos  (por ejemplo, un disparo de pistola le dejaba indiferente, pero no en cambio el ruido que hacía una nuez al romperse), no experimentaba ni alegría ni pesar, pero sin embargo le atraían el fuego y la lluvia, no soportaba ningún vestido, era presa de iras repentinas y continuamente trataba de escapar.

 

El cine aquí quería adentrarse en los pliegues de un fenómeno asombroso – este caso de aislamiento radical y, porcartellenfantsauveje19691 ello, muy instructivo para el estudio – para ver qué verdades podía extraer de él. Es el centro de la frase que pronunció Lucien Malson en su tesis sobre “los niños salvajes”: “la verdad – dijo Malson – que proclama, a fin de cuentas, todo esto es que el hombre, en tanto que hombre, antes de su educación, no es más que una simple eventualidad, es decir, menos incluso que una esperanza”. Truffaut decidió relatar no sólo la captura de aquel “niño salvaje”, sino sus rebeliones y huidas, su desgraciada estancia en el Instituto de Sordomudos de arís y – sobre todo- el encuentro capital con Jean Itard, médico francés nacido en 1774, cirujano primero y jefe clínico después en ese Instituto de Sordomudos, que se hizo cargo de Víctor, lo llevó a su casa, y emprendió la costosa labor de su educación. Itard aseguraba que para él ese niño que había vivido durante tantos años alejado de todo contacto humano presentaba unos signos exteriores de retraso mental que no procedían de una deficiencia biológica, sino de una insuficiencia cultural.

 Truffaut filmó, pues, “El niño salvaje” en 1969, deseando conectar con enigmas de la sociedad y de la  Historia, pero tres años antes, en 1966, ese mismo director francés  había querido enlazar también con otro problema de educación, esta vez relacionando  su cine con la literatura y con los libros, con sus amenazas sociales y con su incierto porvenir. “Fahrenheit 451″, rodada en Inglaterra tras muchas reescrituras del guión basado en la novela homónima de ciencia ficción que había firmado Ray Bradbury, nos coloca ante el mundo de la quema de libros y también con el de los hombres-libro salvadores. “Un libro es un arma cargada en la casa de al lado. Quémalo – decía uno de los personajes de la novela de Bradbury -. Quita el proyectil del arma. Domina la mente del hombre. ¿Quién sabe cuál podría ser el objetivo del hombre que leyese mucho?”.

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Son preguntas que siguen vivas hoy, cuando se debate la confrontación entre el imperio de la palabra y el de la imagen y no se sabe bien qué es lo que guarda más nuestra memoria, si los fugaces resplandores de las pantallas del cine, los televisores y los ordenadores, o el silencioso caminar de las letras pausadas, muchas veces tan sabias, por el sendero de la página. “Como las universidades producían más corredores, saltadores, boxeadores, aviadores y nadadores – denunciaba Bradbury -, en vez de profesores, críticos, sabios y creadores, la palabra “intelectual”, claro está, se convirtió en el insulto que merecía ser”. “Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. La vida es inmediata, el empleo cuenta, el placer lo domina todo después del trabajo. ¿Por qué aprender algo, excepto apretar botones, enchufar conmutadores, encajar tornillos y tuercas?”.

 

 Escrita la novela en 1953, rodada la película en 1966, leemos esto en 2009 como si fuera de ayer, como si fuera de esta misma mañana.

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Pueden aparecer estas dos películas como todo un simbolismo para la vida de hoy.  Por un lado, el gran tema de la educación, cuya crisis está tan debatida actualmente en Occidente: la  paciente dedicación a vestir, a limpiar, a enseñar a singulares “niños salvajes culturales” a los que uno desearía transformar en mujeres y en hombres integrados en una serena convivencia; educar desde la familia y desde la escuela, y luego, por el recorrido de la Universidad, llevarles hasta las auténticas puertas de la vida.  Por otro, el mundo de los libros – esos libros extendidos en las falsas mesetas comerciales de los grandes almacenes – que no esperan ni la mirada compasiva ni tampoco la de la voracidad consumista, sino otra mirada de reposo, el ojo lúcido, la consideración sosegada y no sólo el entretenimiento liviano, la mirada de la gran ponderación., de la gran valoración, el espacio que nace de la sabiduría.