José Pablo Arriaga, de raíces al cuadrado. Por: Macías Berenguer.

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…aunque no encuentre mis raíces

ni escarbándome por dentro.

 

Una tarde de febrero, José Pablo Arriaga me llamó para hablarme de su proyecto. Fue una charla intensa, intensa e interesante. Imagínense: acababa de llegar a casa y pensaba en cómo cometer el crimen perfecto y, de repente, sonó el teléfono como si hubieran estado indagando en mis cavilaciones. Sin embargo y a pesar de mis miedos estúpidos, una voz agradable se presentó. Aquella persona era -como he dicho- José Pablo y me dijo que no tenía ningún inconveniente en que escribiera un artículo sobre su proyecto. Lo que yo no sabía es que sus ambiciones fueran a ser tan cautivadoras y descabelladas. Me estimularon gratamente. Aquí os las presento con un toque de mi elixir quijotesco. ( Macías Berenguer)

 

 

José Pablo Arriaga, de Raíces al Cuadrado. Por:  Macías Berenguer.

 

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Era niño. En las mañanas de domingo allá atrás en Alicante, iba con mis amigos a los descampados de la estación y nos tirábamos piedras, veíamos a los trenes pasar, diseccionábamos colas de lagartija y cazábamos saltamontes para conservarlos en alcohol. Hurgábamos en la tierra para llegar a los infiernos y nos topábamos con el rico palo de regaliz que nos quitaría las ganas de comer y nos subvencionaría una reprimenda. Por entonces, los árboles del parque de Canalejas, unos ficus ingentes, ancianos y sabios, con sus raíces aéreas, sus copas frondosas, ofrecían una sombra generosa, y sus frutos, aquéllas armas arrojadizas en potencia, se convertían en diversión asegurada. Los rayos escupiendo su sol con fiereza menguaban cuando yo era arropado por tan hermosa espesura, la única que quedara en ésa ciudad. Ya dije en unos versos que como el marinero resentido zarpé tierra adentro, fui infiel a la mar, al velero, a las nanas salobres del litoral que me habían mecido, Alicante quiso ser mi desierto así que anduve a la zaga de espejismos, del modesto pino al castaño pomposo, de la joven palmera al vetusto tejo, del olivo retorcido al roble estoico, y ya sólo sé cuándo llega la primavera si miro a los ojos del chopo y escucho su cadencioso, recién parido follaje agitado por el viento. Donde vivo, las golondrinas me visitan a destiempo.

 

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José Pablo Arriaga, escultor vizcaíno, a pesar de las astillas que se clava en el camino debe de amar su oficio porque lo ha convertido precisamente en eso, en un camino, en la excusa perfecta para viajar. Esculpe la madera original del lugar donde se halla y se ha recorrido lugares de Asia, África y América dejando un rastro de su arte, una exposición in situ, una colección de piezas que arrebata miradas a quien se preste, haciéndole reflexionar sobre no pocas cosas a su encuentro. Me pregunto si le dejarán entrar en Nueva York, -su próximo destino-, con la motosierra con la que siempre viaja, su fragorosa compañera de andanzas.

Mario Benedetti dice en un poema que la mujer que tiene lo pies hermosos nunca podrá ser fea, que mansa suele subirle la belleza. Ejerciendo de cartero me preguntaba si aquello podría ser cierto a la inversa, sobre todo, cuando la señora que me solía recibir descalza para firmarme las cartas certificadas tenía unos pies tremendos, horribles. Veía incrédulo cómo la fealdad se le encaramaba a las pantorrillas, a los muslos, a las caderas cual enredadera. Lo atractivo que podía haber en su rostro emprendía una batalla encarnizada con lo monstruoso de su ser -¡aquéllos pies!- a la altura del ombligo, y siempre el primero acababa por claudicar. Lo horrendo, su pedicura frustrada, lo implacable que habitaba en ella, se adueñaba de su idiosincrasia convirtiéndola en un ser grotesco, cuando tan sólo permanecía descalza, apoyada en una jamba, firmando el dichoso documento. Doy por supuesto que aquello era algo excepcional cuando doy paso a mi atrevida comparación:  

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Los pies como las raíces de los árboles, normalmente cubiertos por zapatos o por tierra, no poseen la clave para la belleza pero tampoco quiero decir con esta afirmación que estén exentas de ella. José Pablo Arriaga con su proyecto llamado sustraiak, se dedica a hacer raíces que representan abrazos, vaya donde vaya, para recordarnos que en lo oculto, a la hora en que por un casual despunta, existe la hermosura, la conexión, la hermosura sobrenatural que reside en la conexión. La idea es que en su escondite secreto las raíces serpentean, avanzan, traspasan fronteras, se unen a otras raíces, y como nadie sabe lo que hacen las cosas cuando no se las observa, yo, narrador omnisciente de tres al cuarto, me permito el lujo de especular sobre ellas. Todo en según qué plano forma parte de una red intrincada; desde las palabras -mis favoritas-, hasta las neuronas -mis castigadas-, construyendo una unidad, un ovillo en constante movimiento que tiene que desembocar en milagro, en chispa, para que por fin sea en dichoso enlace. José Pablo consciente de ésa existencia, lo desea comunicar con la sutileza de su obra, sus apéndices, como una mano que saluda desde la multitud atrayendo nuestra atención, como si nos encontráramos una caracola en plena estepa y nos hablara en leve murmullo de mar salada. ¿Qué hace una raíz como tú en un sitio como éste?.

La otra parte es la genealogía. Siempre he tenido curiosidad por saber de mis ancestros aunque tan sólo pueda remontarme a mi tatarabuelo y a partir de él, no tenga ni idea qué rumbo toman mis ascendencias; la gente que tuvo que ser para que seamos, el semillero y la malla, la centella y la bifurcación, el lugar donde ocurrieron y ocurrimos… Miro desde éste nuevo espejismo mi lugar de origen y me acuerdo de los ficus y sus raíces aéreas, y con ellas puestas, luciéndolas, procuro mostrar mi desarraigo a ver si encuentra superficie donde asirse. La morriña a veces juega con un cascabel. Las raíces tienen memoria de los surcos que han trazado. Quizás no sea necesidad urgente anclarse, aunque lo suele ser sentirse amado por la tierra que se pisa. No puedo querer a los países, ni a sus bordes absurdos, ni a sus confines en papel, mas sí a los abrazos con que José Pablo Arriaga siembra los caminos.