El Abanico como Motivo Decorativo. Por : Virginia Seguí

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 Un objeto como el abanico que podemos considerar ya en sí mismo un elemento decorativo y que dada su popularidad forma parte de nuestra vida cotidiana como tal;  consigue, con frecuencia, tal atractivo que traspasando su propia esencia adquiere carta de naturaleza como motivo decorativo en otras muchas manifestaciones de la vida y, sobre todo en todas las artísticas y muy especialmente en el ámbito de las Artes Decorativas. 

                  (Virginia Seguí)

 

 

 

 

 

 

 

El Abanico como Motivo Decorativo. Por : Virginia Seguí.

 

Un objeto como el abanico que podemos considerar ya en sí mismo un elemento decorativo y que dada su popularidad forma parte de nuestra vida cotidiana como tal;  consigue, con frecuencia, tal atractivo que traspasando su propia esencia adquiere carta de naturaleza como motivo decorativo en otras muchas manifestaciones de la vida y, sobre todo en todas las artísticas y muy especialmente en el ámbito de las Artes Decorativas.

Es frecuente que el propio término abanico se utilice para describir algunas actividades; de modo que no es infrecuente escuchar en algunas descripciones militares que las tropas se han desplegado en abanico, ya sean éstas de tierra, mar o aire. Su espectacular forma sirve, en ocasiones, como inspiración de los coreógrafos, y el propio observador es capaz de apreciar la atractiva disposición en abanico de los bailarines, asumiendo como habitual este tipo de movimiento; igualmente ciertos deportes lo han incorporado a su estrategia y así, no nos resulta raro escuchar al periodista deportivo que nos describe, una carrera ciclista, decir cómo el grueso del pelotón avanza en abanico.

 

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La geografía física también presenta algunos ejemplos significativos entre ellos citaremos el término abanicos aluviales; que describen gráficamente las típicas formas cónicas que adquieren los detritos al distribuirse como sedimentos en zonas próximas a escarpes montañosos; o los deltas de los ríos que en sus desembocaduras se abren al mar en forma de abanico; para mayor abundamiento citaremos también las fértiles terrazas que las corrientes de agua van formando, con el transcurso del tiempo, al erosionar el terreno por el que discurren, que en ocasiones adquieren también una típica forma en abanico.

 

Citamos estos ejemplos para incidir en el tema y demostrar cómo el abanico forma parte de nuestra vida cotidiana; y para a continuación incidir en el tema del arte y de las Artes Decorativas y comprobar cómo artistas de diferentes disciplinas también lo han incorporado a su quehacer artístico y de este modo a nuestra vida diaria, estando presente como motivo ornamental en telas, muebles, objetos de orfebrería, madera lacada, encuadernaciones, etc…

 

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Oriente siempre fue para el occidental una fuente de inspiración, su lejanía y el propio desconocimiento del tema la conferían un gran atractivo y los métodos posibles de acercamiento a través de relatos de los viajeros o los objetos que comenzaron  a comercializarse acabaron de materializar su influjo. El término es realmente amplio ya que el concretar lo que cada uno de nosotros entiende por Oriente podría convertirse en un verdadero problema al circunscribirlo a la subjetividad de cada ser humano y su propio conocimiento del medio. Artísticamente y tradicionalmente se conocen dos términos que nos aproximan al entorno oriental y que a veces se convierten en un cajón de sastre: las chinerías y el japonesismo; que de esta manera determinan el influjo y la penetración que el arte de cada uno de estos dos países, y otros muchos indeterminados que les son próximos, y que al occidental le resulta difícil concretar, han conseguido en nuestra cultura. Sin olvidar la tradicional influencia islámica que el mundo occidental ha recibido, en este caso muy directamente, pues su presencia activa, no está sólo presente en nuestro país en el que podemos encontrarla incorporada a nuestro acervo cultural, sino en otros del centro y/o sur de Europa que también han recibido su influjo directamente.

 

 

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Alain Gruber menciona, en sus estudios sobre el tema, un cierto carácter peyorativo en el término chinerías, que al parecer tuvo, y quizás retiene aún, durante el siglo XIX al asociarse al exotismo de pacotilla que triunfó entre la nueva burguesía, clase social de rápido enriquecimiento que consumía este tipo de objetos como demostración del estatus social en el que quería incluirse. Connotación que aun persiste entre el público que se considera experto. Durante los siglos XVII y XVIII el influjo estaría más próximo al término indien como proveniente de las Indias y relacionado o haciendo referencia a la expansión portuguesa por el subcontinente asiático conocido entonces como las Indias Orientales donde, a partir de 1498, fueron estableciéndose con vistas a su conquista y al comercio; adquiriendo así la lejana Catay medieval carta de naturaleza en Occidente.

 

 

 

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 Entre los objetos que llegaron de Oriente está el abanico aunque su procedencia no sea exclusivamente oriental, si podemos considerar que su mayor difusión coincide con la importación a Europa de productos orientales.

Aunque Japón fue, en principio, considerado un anexo de la cultura china siendo consideradas como tales mientras su influencia fuera anterior al siglo XIX, finalmente y gracias a la singularidad de sus manifestaciones artísticas, consiguió diferenciarse y adquirir una denominación propia. Y ya en 1830 George Philips, en su obra Rudiments of curvilinean Design, se refiere específicamente a ornamentos inspirados en el arte japonés, de igual forma literatos como Proust incluyen en sus obras descripciones de interiores al gusto japonés y artistas pertenecientes a los movimientos artísticos de la época, a partir de los impresionistas incluyen motivos japoneses en sus obras, entre los que se encuentra el abanico.

 

Una de las primeras coleccionistas de objetos orientales que incluyen el abanico como ornamento fue la reina María Antonieta, quien, además de una excelente colección de abanicos, poseía una serie de objetos en los que el abanico era un elementos elemento decorativo básico; la Gaceta de las Bellas Artes publicó en 1879 el inventario realizado en los aposentos de la reina en Versalles en el año 1879, que incluía objetos de gran valor que fueron confiados al comerciante y joyero Daguerre Ligneris en octubre de ese mismo año, entre las que encontramos varias cajas lacadas y algún otro objeto, la mayoría del periodo Edo japonés que demuestran la importancia que este objeto tuvo para ambos mundos; igual sucede con la bandeja tipo jubako, utilizada para el servicio del té, o la que con forma de flor de ciruela contiene una decoración formada con cinco abanicos decorados a su vez, con crisantemos, clemátides, iris, y paisajes de montaña. Algo similar sucede con la bandeja metálica en forma de abanico realizada en la fabricada en Birmingham por la firma inglesa Elkington & Co. entre 1875-1880, e igualmente destinada al servicio del té, que seguía la línea que se impuso en Inglaterra, a partir de 1860 en diseño industrial, como la fábrica citada o la de cerámica de Minton la Royal Worcester Company.    

 

 

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Puede apreciarse que las decoraciones son variadas pudiendo encontrarlo sólo o acompañado de otros motivos decorativos tradicionales del arte oriental y/o japonés; como, flores, paisajes de bosques y montañas, jardines con pabellones, etc. Algunos ejemplos demuestran que el abanico era tratado como un objeto ornamental ya en Oriente, para ello hemos seleccionado dos biombos japoneses en los que aparece como tal: el conservado en el Museo Guimet de París, datado en el siglo XVII, a caballo entre la era Momoyama (1568-1603) y el período Edo (1603-1868) posterior, en el que se representa la rivera del Uji y abanicos flotando en sus aguas, o bien el conservado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en el que podemos verlo formando parte de un Kimono que a su vez se encuentra colgado en una especie de perchero junto con el resto de la indumentaria de una mujer japonesa, quizás una Geisha, aunque la vestimenta también podría ser masculina.

En el campo de la cerámica y la porcelana también existen ejemplos significativos, no solo de piezas decoradas con escenas de la vida cotidiana en las que se representa el abanico  en su uso habitual, sino también en otras en las que nuevamente puede apreciarse su valor ornamental. Así encontramos el plato de fayenza fabricado en Limoges entre 1670 y 1690, conservado en el Mueso Adrien-Dobouché, en el que abanicos plegables abiertos alternan con los de tipo pantalla, con diseño posiblemente inspirado en lacas y/o tejidos que llegaban de oriente o en piezas cerámicas de Imari.

Otro ejemplo singular es el plato de fayenza esmaltado en relieve fabricado por la fábria de Viellard de Bourdeos, datado ya entre 1882-1885, obra de  su jefe de taller Amédée de Caranza buen conocedor de la obra de Hokusay, y especialmente interesado en sus manifestaciones mangas como ejemplifica este guerrero de cuatro brazos, enmarcado por motivos florales y abanicos; al igual que los bocetos existentes en la misma fábrica, para la vajilla denominada Abanicos, modelo que tuvo gran aceptación y de la que, al parecer, se hicieron numerosas versiones: camafeo rosa, camafeo marrón y policromada como es el modelo que presentamos.

Al igual que sucede con los diseños de Adrien Doubouché en la fábrica de porcelana de Limoges para la fabricación de piezas cerámicas, modelo que podemos contemplar en los dos jarrones elegidos como muestra.

 

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El Museo del Tejido de Lyon conserva telas japonesas que hacen del abanico su motivo ornamental, a su vez decorados, en flash, siguiendo una tendencia también frecuente en el Art Nouveau; el abanico desempeña un papel importante en el ceremonial de la vida japonesa, contrastando con las costumbres occidentales, algo que señalaba el jesuita portugués Luis Frois, en su Tratado sobre las contradicciones de las costumbres entre europeos y japoneses, al mencionar que los occidentales consideraban afeminado al hombre con abanico y, sin embargo, en Japón es signo de clases humildes y de pobreza del hombre que no tiene uno que llevar en la cintura para poder hacer uso de él, este primer ejemplo es un tejido bordado y brocado realizado en Japón en el siglo XIX y el segundo un terciopelo pintado, también japonés de la misma época, apergaminado y decorado con abanicos plegables semiabiertos, abiertos y cerrados, distribuidos en aparente desorden, permitiendo por ello mismo, una visión multifocal que permite la visualización de las diferentes escenas que en ellos se representan: conejos escondidos detrás de matojos, mariposas en vuelo, lirios, peces en el agua, ratas pequeñas, bandadas de pájaros revoloteando sobre las flores, etc.

 

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Los encuadernadores también se inspiraron en el abanico para crear sus cubiertas con este tipo de decoraciones, quizás, en este caso sin ser de inspiración asiática, pero sin por ello dejar de sentirse atraídos por una distribución en abanico empleando diseños más cercanos a nuestra cultura basadas en elementos islámicos o mudéjares, sin olvidar otros elementos como el círculo renacentista que aparece normalmente en el centro y situándose los abanicos en las esquinas. Un modelo mixto inspirado en diseños de abanicos y telas podría ser el denominado en cortina que aprovecha la forma desplegable del abanico prolongando sus dimensiones en uno de sus extremos. López Serrano atribuye el modelo a encuadernadores franceses; basándose, precisamente en el auge del abanico en la corte francesa. Otros expertos buscan su origen en Italia ya que a principios de la tercera década comienzan a aparecer también ejemplares de este tipo. En España existen ya ejemplares en el primer tercio del siglo y continúa su uso hasta la primera mitad del siglo siguiente; como ejemplos tenemos el Tratado de la probanza <ad perpetuam memoriam> sobre la nobleza e hidalguía de Juan José Ortiz de Zárate, manuscrito firmado en Valladolid el 13 de mayo de 1632; La vida de Fray Francisco Molinero fechado en 1698, ambos conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid;  y el tercero, ya europeo, es la Biblia Sacra o Vulgata, realizada por Le Gascon, y fechada en Colonia en 1630; destaca también la encuadernación del Libro de Horas, conservado en la Biblioteca Nacional realizada en madera con cubierta de terciopelo enmarcada por cuatro abanicos en plata cincelada, que ha sustituido el habitual círculo renacentista por un esmalte montado también sobre plata con una representación religiosa.

 

También los decoradores de interiores se decantaron por este objeto decorativo y lo utilizaron como ornamento de papeles pintados, muy habituales en la Francia del siglo XIX, algunas pinturas de artistas de la época así lo recogen. El retrato que Monet hizo de su hija Camille vestida de japonesa lo pone de manifiesto e igualmente se aprecia en la obra de Manet La dama de los abanicos, fechada en 1873. Otro ejemplo de ellos es el modelo 579 Rixheim del catálogo de  Hartmann Risler et Cie, en el que podemos ver una disposición repetitiva y en escala de abanicos de plumas, con el que algunos franceses decoraron el interior de sus casas, siguiendo la última moda.

 

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Por último mencionar que también los ebanistas que realizaban diseños de muebles se inspiraron en Oriente para su diseño, y el abanico fue también un motivo decorativo, un ejemplo de ellos es el aparador que sirve para cerrar este trabajo, en el que varios abanicos semiabiertos se entrecruzan decorándolo y dándole un carácter exótico muy del gusto europeo de la época. 

 

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Estamos seguros que el tema no esta agotado y que si seguimos buscando encontraríamos, en los campos artísticos citados y en otros no mencionados aquí, más ejemplos del uso del abanico como motivo decorativo, pero consideramos que con lo expuesto el tema queda suficientemente claro, dejando en manos del lector el placer de continuar la búsqueda y disfrutar con ella.