Enseñar a Escribir. Por : José Julio Perlado

 

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                      La libertad creadora nace y se expande, y el que desee enseñar creación quizá deba sobre todo estimular invenciones, abrir puertas inesperadas en el reino de la imaginación y avivar la llama del proceso interior. Al menos eso es lo que yo he intentado hacer personalmente durante los doce años que he impartido Cursos de creación en Madrid y en México.   

             (José Julio Perlado)

 

 

 

 

 

 

Enseñar a Escribir. Por : José Julio Perlado.

 

¿Es posible enseñar a escribir creación? En principio esta pregunta tendría varias respuestas.  Hay quienes creen que esta tarea sería posible, y hay quienes, en cambio, la consideran una hazaña casi insuperable. En cualquier caso, sí aparecen numerosas matizaciones a la hora de contestar a tal interrogación.

 

 

En Madrid, en uno de los bellos parques de la ciudad, pueden leerse unas palabras de Goya colocadas en el monumento que al pintor aragonés le dedicó Vaquero Turcios.

 

 

“En la enseñanza

de la pintura/  – dice la inscripción

hay que dejarparquedeloestepaseomadrid1

en plena libertad/

correr el genio del alumno/

sin oprimirlo/

ni torcer su inclinación/

a éste o aquel estilo/

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                                                        No hay regla en la pintura/

                                                        lo mismo que la poesía/

                                                        Escoge en el universo/

                                           aquello que encuentra/

                                           más apropiado a su fin.

 

 

 

 

 

Como está bien comprobada la misteriosa correspondencia que siempre existe entre todas las artes, estas palabras de Goya pueden aplicarse perfectamente no sólo a la pintura sino igualmente a la literatura, y en cierto modo a los albores de la creación. Hay que dejar en plena libertad el genio del alumno, es necesario no torcer su inclinación forzándole hacia uno u otro lado, él mismo debe ir escogiendo su propio universo. La libertad creadora nace y se expande, y el que desee enseñar creación quizá deba sobre todo estimular invenciones, abrir puertas inesperadas en el reino de la imaginación y avivar la llama del proceso interior. Al menos eso es lo que yo he intentado hacer personalmente durante los doce años que he impartido Cursos de creación en Madrid y en México. Nunca he ahogado una vocación y he procurado orientar y corregir con un cuidado extremo, ya que el espíritu del artista recibe siempre las palabras hiriéndole la levedad de la  piel.

 

 

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 La gran novelista norteamericana  Flannery O´Connor, nacida en 1925 y muerta en 1964 tras haber sufrido una grave enfermedad en la sangre que le afectó los huesos de las piernas y le obligó a andar con muletas – enfermedad degenerativa que ella llevó con espíritu admirable – ( paralelamente a ello hay que recordar que sus excepcionales “Cuentos completos” han sido recogidos en la editorial Lumen), pronunció a lo largo de su corta vida una serie de conferencias sobre el arte de escribir, y en una de ellas comentaba: “No sé qué es peor, si tener un mal profesor o no tener ninguno. En cualquier caso, creo que la labor del profesor debería ser en gran parte negativa. No puede concederos el don, pero sí puede evitar, si lo encuentra ya en vosotros, que adopte un rumbo completamente equivocado. Podemos aprender cómo no hay que escribir, pero ésta es una disciplina que no tiene que ver sólo con la escritura, sino con la vida intelectual en su conjunto.(…) El profesor puede intentar arrancar lo definitivamente malo, y éste debería ser el objeto de toda la universidad. Cualquier disciplina os puede ayudar a escribir: la lógica, las matemáticas, la teología y, por supuesto y especialmente, el dibujo. Cualquier cosa que os ayude a ver, cualquier cosa que os haga mirar. El escritor nunca debería avergonzarse de quedarse mirando. No hay nada que no reclame su atención”.

 

 

 

Pero la mirada no sólo es exterior – la observación de los detalles, esos detalles que configurarán cada contorno del personaje o de la historia -, sino también una mirada interior, preguntándose, por ejemplo, cada vez que se miran los abismos del mal, por qué ese mal existe, y cómo los movimientos del bien y del alma recorren a lo largo de la existencia caminos insospechados y a la vez atrayentes. Mirar. Ver. Escuchar y no sólo oir. Asomarse a la ventana del yo y salir de uno mismo para contar esas historias de los otros que parecen novelas pero que en realidad son sufrimientos y alegrías vividos cotidianamente

 

 

Después – mucho después – vendrán las correcciones. Es el paso atrás del artista adquiriendo perspectiva antes de volver a acercarse al cuadro, y ese acercamiento nunca deberá ser tan impulsivo que modifique antes del tiempo justo el poder de la creación. Luego vendrán también los alientos para proseguir la asignatura de la constancia, esa disciplina tan cara de aprobar pues a veces se cree que únicamente con la invención ya se es escritor.

 

 

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“Está la página en blanco y el tema que te obsesiona – recordaba la canadiense  Margaret Atwood -. Está la historia que quiere dominarte y está tu resistencia a que eso suceda. Está tu deseo de liberarte de aquello, de esa servidumbre, hacer novillos, hacer cualquier otra cosa. Hacer la colada, ver una película. Están las palabras con sus inercias, sus matices, sus insuficiencias y su grandeza. Están los riesgos que corres y la serenidad que pierdes, y la ayuda que te llega cuando menos lo esperas. Está la revisión minuciosa, las tachaduras, las páginas arrugadas que inundan el suelo de papeles para tirar. Está la frase que sabes que vas a conservar”.

 

 

 

 

 

 

“No es imperioso que escriba – recomendaba Raymond Chandler en una carta -, y si no tiene ganas es mejor que no lo intente. Puede mirar por la ventana, o retorcerse en el suelo, pero no tiene que hacer ninguna otra cosa positiva, no leer, escribir cartas, hojear revistas o escribir cheques. O escribir o nada”. Chandler era realmente duro con todas estas cuestiones. “Mi experiencia en ayudar a la gente a escribir- decía – ha sido limitada pero en extremo intensiva. Lo he hecho todo, desde dar dinero a futuros escritores para que vivan, hasta darles argumentos y reescribir sus textos, y hasta el momento no ha servido para nada .La gente que Dios o la naturaleza quiso que fueran escritores encuentran sus propias respuestas, y a los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. Son simplemente gente que quiere ser escritora.”

 

 

 

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En medio de todo esto se encuentra aquel que intenta enseñar a escribir. Sentado al lado de cada vocación, escucha, lee y anima a mirar cuanto prodigioso existe en la vida, que es mucho. Ayuda a descubrirlo.

 

 

 Luego vendrá el aprender a escribir.

 

 

Pero eso será ya tema del próximo artículo.