La Vida: Candidatos dignos para responder. Por: Macías Berenguer Ivars.

  (Foto: Clara Gil Bordallo)

clara-aEmpezó a nombrar grandes autores de la literatura y sus citas más célebres con respecto a la vida, la VIDA con mayúsculas. La pregunta era que qué opinaba él, García Montero el poeta, que era la vida. Él titubeó brevemente y comenzó a hablar. ¿Cuál sería vuestra respuesta?

( Macías Berenguer Ivars)

 

 

 

 

 

 

 

La Vida: Candidatos dignos para responder. Por: Macías Berenguer Ivars.

 

  (Fotografia de : Adam Cawood)

adamcawood No elegimos el mejor lugar para ver el fin del principio, otros eligieron castillos, peñones, mirandas.  Nosotros, sin embargo, optamos por una cuenca junto al río. Suerte que la primavera no había hecho estragos allá abajo y así pudimos atisbar entre el ramaje de los chopos cómo el perfil de la ciudad desaparecía en un estruendo. Me acuerdo que tras el derrumbe nos miramos a los ojos y deseamos que los grillos rompieran el silencio. Tú apoyaste tiernamente la cabeza sobre mi hombro y me dijiste: -Esto es vida.

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El otro día pude ir a una conferencia de Luis García Montero que, como lo califican, es uno de los poetas más significativos de la poesía española de hoy y un consagrado ensayista y columnista de opinión.

Llegué solo, no tengo muchos amigos que se sientan atraídos por este tipo de eventos, y menos cuando se celebra a las once y media de la noche de un viernes que huele a juerga. Entré en el auditorio y me senté observando al personal que entraba en la sala a cuentagotas. Así fue mejor, ya que si hubieran entrado todos en tropel, imagínense, no los podría haber analizado como lo hice, escrupulosamente, cribando a los alopécicos de los miopes, a los barbudos de los lechuguinos, a los viejos de los jóvenes, incluso a los aparentemente cuerdos de los eruditos. Hice el recuento: el setenta y cinco por ciento del público era de la tercera edad, el acto era gratuito; el veinte era de edad comprendida entre los cuarenta y cincuenta, con ése ramalazo bohemio que gastan, el cinco por ciento restante era de veinte y treintañeros, a cada cual más freak -yo incluido-, desde el opusiano de la raya al lado, hasta el de la tribu urbana en peligro de extinción. -A estos por la juventud les vibra el corazón en la garganta -pensé-, seguro que al final de la charla sueltan alguna pregunta.  

                                                                                                                                               ( A. Cawood. )

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Comenzó el acto. Una chica con gafas presentó a Montero con una emoción poco fingida, -¡el amigo de Alberti!, ¡votante de Izquierda Unida!, ¡admirador de Sabina!.. sin pasar por alto toda la retahíla de libros y premios que jalonan su carrera.-.

La conferencia estuvo bien, habló de García Lorca, Campoamor, Bécquer, Espronceda  y tantos otros autores solapando las ideas con los versos. No eché de menos el haberme ido a ningún botellón.

El caso es que al final de la conferencia se dio paso a la tanda de preguntas. A mis espaldas levantaron la mano y se cedió el micrófono. Yo no quise darme la vuelta para adivinar por oído quién era el emisor. Todos escuchamos expectantes. Por el timbre de voz pude percatarme de que se trataba de uno de los barbilampiños a los que me refería anteriormente, entre el cinco por ciento. Empezó a nombrar grandes autores de la literatura y sus citas más célebres con respecto a la vida, la VIDA con mayúsculas. La pregunta era que qué opinaba él, García Montero el poeta, que era la vida. Él titubeó brevemente y comenzó a hablar. ¿Cuál sería vuestra respuesta?

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“El paso de la vida, no es atravesar una llanura”   Proverbio ruso.

   (Fotografía: Adam Cawood)

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 Has llegado hace poco con un pajarito de extraordinario plumaje que decidió posarse sobre tu hombro en otro lugar y juntos os habéis embelesado con las maravillas de un mundo que se ofrecía ante vuestros ojos; parecía sencillo. De repente, ha irrumpido en el terreno la ladera de una montaña colosal que, apenas advertida debido a vuestro arrobo, la subís con resolución. El pajarito liba felicidades de una antera despistada y las comparte contigo porque todo es mucho para uno sólo. Por contra, un atardecer no es suficiente, así que otoñas las mejillas del ave, las nutres de nuevos cromatismos, te deleitas de hasta cuánto puede rayar la belleza de su plumaje con una sencilla puesta de sol. Enarboláis píos, os queréis infinitamente…La cuesta se pronuncia, hallas en los rizomas del bosque en donde medrar vuestra sonrisa, os regaláis garatusas, golosinas, arrumacos. Le ofreces el pecho para que te ame a bocajarro.

Una vez en la cima, todo cambia: La nostalgia te oprime con su soga el corazón. No te apetecen chanzas, algazaras o bailes, te recluyes en un baluarte de tristezas incomprensibles, te haces muro, blindaje. El pajarito canta muy fuerte para llegar a tus oídos, para aniquilar los mohínos pensamientos. Tú, dejaste de beber palabras del arroyo desde que anocheció tan pronto, construyes jaulas y duermes.

¡Qué solaz para lo incomprensible!, en una crisálida te envuelves, ruedas, el pajarito atraviesa tu membrana indagando en las entretelas que te abaten. Se transforma en riada de caricias, te haces dique con tu aterido rigor mortis, no llega, no llega: Las cabriolas no enardecen tu corazón coraza.

El pajarito llora. Te vuelves un ser mediocre de tez cetrina y te empeñas en que toda la culpa la tienen los paisajes. Esa cúspide no era la esperada y así, comienzas a mutilar pétalos estúpidamente… ¿me quiere? ¿No me quiere?, o revisas los manuales del buen amante, -¡cómo si existieran!-, mientras el ave cuelga de un sauce su dolorido llanto, exudando por sus poros el elixir de la alegría.

                                                           …

 clara ( Fotografía: Clara Gil )                                                      

La vida es con quien te encuentras por el camino, somos seres que requerimos compañía, por lo tanto, solemos asociar ese gregarismo a la felicidad. La familia y los amigos juegan un papel más que significante en éste nuestro paso. En la infancia, cuando nos empezamos a percatar de que existe la muerte y por tanto la vida (o viceversa), nos entra un miedo infernal, y caemos en la cuenta de cuán vulnerables somos. El ser humano puede aguantar en las circunstancias más adversas, en las situaciones más extremas y sobrevivir (a la soledad, el hambre, la fatiga, el dolor…). No obstante, cualquier accidente fortuito puede hacer que muramos. Qué ironía. Eso nos recuerda la fragilidad del finísimo hilo en el que nos mecemos, que cualquier día puede ser el último, que hay motivos para descorchar una botella de champán a cada momento, y que en el arte de la vida hay que aprender a valorarla, ser feliz con poco y respetar a los que como usted, también la gozan. Lejos de querer dar moralinas pretendo con estas reflexiones azuzar a los lectores y que me digan qué es para ustedes, la vida. No es necesario recurrir a un gurú, a un erudito, a un científico o a un filósofo para que esta pregunta obtenga respuesta. Somos observadores en banco privilegiado, no estamos muertos, sentimos, cumplimos los requisitos, somos candidatos dignos para responder.   

La vida a nivel subjetivo puede ser infinidad de cosas: unas aceitunas frente al mar y mientras tanto ya veremos, una infatigable empresa en la que hay que trepar hasta alcanzar las cúspides deseadas, una sonrisa y un abrazo, la lentitud de un poema, una ágil narrativa, una puesta de sol, el río que va a la mar, un viaje constante, una gota y un rayo, un abrir y cerrar de puertas, un sufrimiento perenne, una alegría incombustible, una carrera contrarreloj, una noria de colores, un batir de alas, metafísica revenida, biología pura y dura, química alquímica, física cuántica…

     ( Fotografía: Clara Gil)

clara3Cuando Luis García Montero contestó a las preguntas formuladas con menos o más esfuerzo, la chica de gafas nos invitó a todos a salir a tomar un pequeño aperitivo. Fuimos saliendo de la sala como habíamos entrado, el vino y los montaditos acechaban en el vestíbulo. Los ancianos se arremolinaban en torno a la pitanza y la juventud asía las botellas animosamente. Yo salí solo, me encendí un cigarro y me fui hacia casa, a vivir la vida junto a quien quiero, ella me esperaba aletargada en el sofá.

 

 

 

 

 

  (Fotografía: Clara Gil)

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