El Silencio en la Escritura. Por: Amando Carabias María.

 

valle-del-silencio1Parece contradictorio que el moldear frases exija silencio, que debiera ser su antagonista. Son las palabras el material maleable con las que el escritor trabaja, el vehículo con el que retrata o interpreta ideas y sentimientos, sueños y frustraciones, miedos y alegrías, grandezas y miserias, vilezas y heroicidades… Y sin embargo para que el universo aflore con algo de orden y belleza, de fuerza y nitidez, necesito del silencio.

( Amando Carabias María )

 

 

 

 

 

 

 

 El silencio en la Escritura. Por: Amando Carabias María.

 

 

 

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Cuando escribo, algo en mi interior se relaja, quizá la hermana menor de la paz acaricie los pliegues de mi corazón, y aunque no sea feliz del todo, estoy más cerca de rozar la sombra de ese estado de ánimo. Esta es la razón por la que sé que escribir es el laboreo que me revitaliza.

Al escribir, el mundo modifica muchas de las coordenadas que lo hacen reconocible a nuestra mirada, ya no es exactamente el pedacito de sílice que viaja en el tercer asiento del pequeño minibús llamado sistema solar que, a su vez, es un insignificante vehículo de un convoy al que algún poeta denominó Vía Láctea. Digo que cuando tomo mi péñola y espero que las palabras fluyan o broten desde mi interior, el retrato del mundo y sus seres es mi tarea. Y como soy consciente de que mis conocimientos sobre él son nulos o inútiles (a saber qué es peor), para hablar de él sólo puedo referirme a lo que he vivido… o lo que he soñado.

Cuando me pongo a esa tarea, necesito de un aliado que se convierte en imprescindible; sólo sé que tengo que escribir, la mayoría de las veces desconozco sobre qué o para quién. Sin él, sin su presencia casi táctil, me es imposible acometer esta tarea.

Hablo del silencio.

En mi caso el silencio es el pasillo despejado donde circulan las ideas, avanzan los sueños hasta emerger, sino al completo, al menos su cabeza, donde las imágenes que bullen en el recuerdo asoman con el color que otorga la memoria, es el laboratorio donde desmenuzo los hechos que alteran mi latido… El silencio, pues, es el verdadero oxígeno de mi escritura.

Parece contradictorio que el moldear frases exija silencio, que debiera ser su antagonista. Son las palabras el material maleable con las que el escritor trabaja, el vehículo con el que retrata o interpreta ideas y sentimientos, sueños y frustraciones, miedos y alegrías, grandezas y miserias, vilezas y heroicidades… Y sin embargo para que el universo aflore con algo de orden y belleza, de fuerza y nitidez, necesito del silencio.

Hay escritores, hay poetas, que afirman y afirmaron que escriben en cafeterías rodeados del ambiente propio de la vida cotidiana. Otros, entre los que me incluyo, somos incapaces de semejante proeza. Cuando formo parte del devenir de la existencia, todo me interroga: sonrisas, llantos, tabaleo de lluvia, formas de nubes, reflejos de luces, colores de pétalos, besos apasionados, caricias fugaces, lágrimas furtivas, soledades, asfixias, niños con el futuro intacto, ancianos que vislumbran la sombra del último escalón que han de alcanzar, la ilusión del primer día de trabajo, la destrucción de una impotencia… Sólo cuando llego a casa, cuando la noche o el amanecer, me sitúan en mitad del silencio de la habitación donde trabajo se ordena la vida, el caos bullanguero que transitamos.

Si pudiera, que no siempre puedo, tomaría cada imagen con la mayor de las delicadezas y, primero, la depositaría sobre la mesa, luego, la contemplaría de hito en hito, y, después, giraría sus contornos entre los dedos para que mis ojos hipermétropes obtuvieran cada detalle, para que nada les escapara a su escrutinio lento, intenso. Pero a veces, incluso aún sumergido en las entrañas del silencio, tal cosa es imposible puesto que el resto de ideas golpea intensamente en no sé qué punto de mis venas… Como si a esa hora vagamente luminosa del crepúsculo de la mañana, fuera la hora punta de mis sueños, de mis ideas, de mis anhelos. Y allí es la feria vocinglera, en medio del silencio, de los recuerdos cuanto más pretéritos más intensos y vigorosos…

Al salir luego a la calle, al ocupar el puesto de trabajo, al entrar en el bar, en el supermercado, al pasear por los senderos de un jardín, al columbrar el perfil de un paisaje… todo me acomete, todo entra, a veces sin pedir permiso, y parece que el mismo caos de fuera se reproduce en mi mente.

Algunos, más expertos, más sabios, más profesionales, más previsores, menos vagos, alojan en algún bolsillo de su indumentaria una libreta y bolígrafo y en cuanto algo llama su atención, se detienen, lo buscan y anotan con prestancia la imagen, la idea, el verso… Yo no, yo dejo que todo entre y después, envuelto en el silencio, procuro que aflore (unas veces más despacio, otras más deprisa). Tal que paciente jardinero abro un leve surco, riego con mimo, podo, cubro con un humilde plástico para que la cruel helada no destroce el brote de la flor…

Y cuando el silencio absoluto es imposible, busco en la inmensidad de algunas músicas, tan hondas como el propio silencio, la ayuda necesaria… Esos adagios, esos tiempos lentos, que se parecen a horizontes donde sólo la luz reina. No son el silencio, pero son el escudo que me aísla de intromisiones externas.

Cuando buceo en las entrañas de mi aliado, encuentro el son, y una poderosa fuerza se traslada desde lo más hondo, hasta las páginas que antes parecían un desolado páramo en blanco.