Marina López Lezcano: Rompeolas en clave surrealista. Por: Macías Berenguer Ivars

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No sé absolutamente nada de la autora de las obras que os presento. La conocí en un bar en Alicante, no hablé con ella más de tres minutos. Es más, mi forma de abordarla fue quizá un poco agresiva. “Tengo un plazo, debo escribir sobre alguien, me gusta lo que haces, eh, ¿me dejas que te haga un artículo?” Marina López Lezcano pensaría entonces que soy un chiflado (me faltaba mi diadema de borlas verdes que perdí hace ya, en algún sitio también verde).

 

( Macías Berenguer Ivars).

 

 

 

 

 

 

 

Marina López Lezcano: Rompeolas en clave surrealista. Por: Macías Berenguer Ivars.

 

“…La expansión del movimiento feminista con sus declaraciones de independencia y autonomía da lugar, finalmente, a que muchos hombres reflexiones sobre ellos mismos en lugar de plantearse y responder cuestiones humanitarias”

(Ralf König.)

 

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Puede ver el desenlace, se ha quedado aquí sola. Las copas rotas encima de la mesa, el líquido derramado en la alfombra de cenefas, las secuelas, los rastrojos, un espejo quebrado, ella, que no es la mujer ni el reflejo que os imagináis. Se llama Manuel  y ha atravesado ciento veinticinco entretelas para convertirse en trescientos setenta y cinco intentos malogrados. Casi ná.

Metro por dos al cuadrado, el aseo era escueto pero funcional. Desde arriba, la escobilla rosa llena de mierda, la colilla a la vera del retrete, los colores eran la grotesca metonimia de aquél váter austero. Brillaba. Esto se merece una fotografía –pensó- pero como no tenía cámara se limitó a mear, como mean los hombres desde arriba, con la minga fuera, afortunadamente, salpicando. –Si tuviera que sentarme sobre este borde cochino… – pensaba el alter ego de éste que escribe. Y Manuela travestido, se precipitaba en sus adentros femeninos y caía pesada, como saco de rocas. Y los árboles, las nubes, las murallas, los océanos, los mundos, le acompañaban en su caída hacia dentro. De sus vísceras hacía un pozo. Quiso ser mujer para componer un artículo sobre mujeres, hacienda infructuosa. La frivolidad le preocupaba.

Desde el fondo de aquel pozo bramó: ¡Qué sentís!

No obtuvo respuesta, -¡pobre Manuela!-, le despuntaba un bigote traidor del morro.

 

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No sé absolutamente nada de la autora de las obras que os presento. La conocí en un bar en Alicante, no hablé con ella más de tres minutos. Es más, mi forma de abordarla fue quizá un poco agresiva. “Tengo un plazo, debo escribir sobre alguien, me gusta lo que haces, eh, ¿me dejas que te haga un artículo?” Marina López Lezcano pensaría entonces que soy un chiflado (me faltaba mi diadema de borlas verdes que perdí hace ya, en algún sitio también verde).

Hace algunos años me dediqué brevemente a hacer encuestas en los autobuses de línea de la misma ciudad. Mi misión era entrar a la gente cuando yacía desprotegida en el asiento contiguo. Eran preguntas típicas: ¿Coge usted el transporte público con frecuencia?, ¿qué número?, ¿qué opina del servicio?, etc. El aburrimiento hizo que a medida que pasaba el día, fuera ignorando todo protocolo, la presentación y el consentimiento para hacer dicha encuesta. Así que una señora se sentó a mi lado durante mi séptima vuelta al mismo cansino itinerario. Le dije cual buitre aburrido del acecho, que se lía la manta a la cabeza y por fin va, al primer bocado del supuesto cadáver:

-¿Coge usted el transporte público con frecuencia?

– ¡Y a ti qué te importa!- increpó la anciana escandalosamente.

Mi bolígrafo se quedó fláccido. El autobús atestado lanzó una carcajada. Rubor fue poco lo que sentí.

Algo así sucedió con Marina en el bar, las cervezas supongo que mitigaron mi acometida. Sin embargo, ella me pasó sus fotos y aquí están, aquí os las presento.

 

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Hubiera querido hablar de la femineidad porque es lo que desborda en su obra pictórica. Me hubiera gustado meterme en el pellejo de la mujer que pinta, que transmite y que siente pero desafortunadamente mi condición humana de varón, ha acabado por diezmar ésa sensibilidad si la proceso. Sí que me parece tocarla, amigablemente, mas no puedo traspasarla, digerirla, ofrecérosla sin contaminarla. Dicen que es por falta de empatía hacia vosotras. 

Bien que veo en los cuadros a una mujer entera, sólida, fuerte; la sonrisa que renace a pesar de los embistes de la vida, una mujer rompeolas, un fénix que emerge de sus cenizas, el brote que se superpone al sufrimiento. La estoicidad de la fémina sin disimular sus martirios. Marina lanza un guiño al arte de Frida Kahlo y al movimiento surrealista ahora que su obra rebosa un carisma original, propio. Un carisma que es a veces traslúcido –en un torso derramando entrañas, germinando en yemas-, y otras enigmático, –un desfile arbolado, un cigarrillo sofocado en una manzana-. He querido interpretar en estos cuadros la ventana a la esperanza que le regala el futuro, un latigazo de dolor pretérito, un corazón ligado a lo que le pasa, lo bueno y lo no tan bueno, y que habría que experimentar las vivencias como esta mujer, para importarlo al lienzo de manera tan particular.

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Con todo, lamento que Marina no me haya descubierto que hay detrás de las pinceladas y que Manuela, mi alter ego en este texto, se haya sentido apesadumbrada observando el colgajo que le pende entre sus piernas porque lo que quería era hablar de mujeres. Sentiros como sois.

Al fin y al cabo, no se trata sólo de sexualidad ni de género, ser mujer u hombre es parte de lo que uno es. Yo sigo reflexionando y Manuela, desde su escondite en mi codo se abre camino y me susurra su secreto para conocer a las/os personas/os: Escuchar en vez de oír.

 

 

 

Ya me callo.