One flew over the Cuckoo’s nest. ( Alguien Voló sobre el Nido del Cuco ) Por : Carmen Amaralis Vega.

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No había entrado aún McMurphy al manicomio, cuando ya me encontraba al borde de la esquizofrenia. (Diagnóstico psiquiátrico de tipo crónico y severo que describe el comportamiento de personas con alteraciones en la percepción o distorsión de la expresión de la realidad).

( Carmen Amaralis )

 

 

 

 

 

One flew over the Cuckoo’s nest. ( Alguien Voló sobre el Nido del Cuco ) Por : Carmen Amaralis Vega.

 

 

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Para ese entonces ya me había cambiado de asiento varias veces a lo largo y a lo
ancho de la sala del cine. Para maldición mía el hombre estaba determinado a meter su mano por debajo de mi falda y tocarme la piel de la rodilla. Dios sabe que más deseaba tocar para saciar el ardor de su sexo enarbolado en esa noche lúgubre y lluviosa en la que se me ocurrió ir sola al cine. La película la protagonizaba Jack Nicholson, mi artista favorito de todos mis tiempos.

Por un momento me dejó tranquila, quizás respondiendo al dolor por el pellizco que le diera directamente en sus “guevos” (pelotas, genitales, escrotos, o que sé yo…) o como diría mi madre, “la joya de la familia”.

Me moví a la primera fila, y luego de diez minutos, cuando ya el cuello se me trancaba, y las cervicales comenzaban a salirse del lugar correcto en la espina dorsal, sentí una fuerte respiración jadeante resoplándome en el oído.

 

 

Concentrada en la trama donde Dourif descabritaba a Ratched, que trataba de suicidarse por segunda vez en una semana, no me dí cuenta de que la malévola mano hurgaba nuevamente, puesta sobre mi rodilla izquierda. Inconscientemente la moví, como quien mueve la lechuga para comerse el tomate en una ensalada mixta.

De súbito aparece en escena un paciente colgando ahorcado, y grito con todos mis pulmones: “¡Aaah!”. .. En realidad, mi grito se unió al del colectivo frenético y en suspenso: “¡Aaah!”…

Bastó que me levantara del susto para que el pobre diablo desistiera de sus intentos eróticos. Seguro de que esta vez le arrancaría los “guevos”, genitales, pelotas, escrotos, o como diría mi madre, “la joya de la familia”, se alejó disparado.

Pude terminar de ver la película sin mayores interrupciones. Una vez en la calle, crucé el bosquecillo del parque a paso rápido.

La noche, mojada aún por la lluvia, encerraba un aroma de locura y lujuria reprimida. Y de cada rama de los árboles salía una mano a tocarme las rodillas.