La esencia de Jan van Scorel: Por: Pilar Moreno

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Sacerdote, diplomático, ingeniero, pintor apasionado y fértil, y todavía le quedó tiempo para ser en varias ocasiones peregrino a Tierra Santa. Jan van Scorel responde así a la imagen moderna del hombre en el Renacimiento, “que puede hacer todo lo que quiere” con habilidad y conocimientos suficientes para destacar en las más diversas disciplinas; una vida nada habitual para quien como él era hijo bastardo de un párroco en el pueblecito costero Schoorl, al noroeste de los Países Bajos. A pesar de todas estas cualidades, Jan van Scorel seguía siendo para mí un personaje envuelto en el discreto encanto del silencio, y esto me hacía difícil intuir la esencia de su pintura: símbolos, espacios, matices, un lenguaje que daba sentido a la época que le tocó vivir.

( Pilar Moreno )

 

 

 

 

 

La esencia de Jan van Scorel: Por: Pilar Moreno.

 

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El Renacimiento fue una época de grandes hechos, que dieron un cambio radical al mundo conocido hasta entonces. Se inventó la imprenta, se hicieron largos viajes y fueron descubiertas y conquistadas nuevas tierras. Fue también el tiempo de las reformas religiosas. Las Artes florecieron. Poetas, escultores, arquitectos y pintores se inspiraban en asuntos profanos y en los clásicos de la Antigüedad. Italia, en particular Florencia, era el centro del Arte, y Leonardo da Vinci un ejemplo de la figura del hombre en el Renacimiento.

Jan van Scorel visitó Italia en los años 1520 hasta 1523. Allí fue nombrado por Adriano VI, único papa de origen holandés, administrador de la colección de arte del Vaticano. El conocimiento de los grandes maestros como Rafael, Miguel Ángel y Leonardo, quedaría reflejado en la composición y estilo de su pintura, en el color, en la luz. Una vez de regreso en Flandes, dio a conocer las nuevas ideas y formas del Renacimiento italiano, atrayendo un gran número de alumnos a su taller de trabajo en Utrecht y Haarlem.

 

 

 

 

jan van scorel4Estos días está su obra en el Museo Central en Utrecht. Era una oportunidad muy deseada por mí para llegar hasta el fondo de este pintor que, a pesar de ocupar un lugar importante en la vida artística de Holanda, su figura no arrastra multitudes como ocurre con Rembrandt, Vermeer o Rubens. El museo presenta unas sesenta obras, la mayoría son de Jan van Scorel aunque también entre ellas hay algunas que pueden ser adjudicadas a pintores próximos a su entorno. Lo expuesto me da a conocer a un hombre activo y seguro de sí mismo, interesado en las más variadas materias y sobre todo se aprecia la armonía en su trabajo, el cuidado dedicado a la composición, a los paisajes y al contraste en los colores. Paneles con representaciones bíblicas, peregrinos en camino hacia Jerusalen, trípticos, maravillosos retratos, tienen un lenguaje persuasivo y brillante que traduce los esfuerzos de un artista que cuida al extremo los detalles. En el panel “Bautizo de Cristo en el Jordán”, pintado durante su estancia en Haarlem, los trazos brillantes e inquietos hacen resplandecer las figuras y da movimiento -y una cierta alegría- a la escena representada.

 

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Verdaderamente, Jan van Scorel, era un artista “que hizo todo lo que quiso” con los pinceles, con habilidad y conocimiento tal como corresponde a un hombre destacado de su época. Fértil y exuberante en sus pinturas, admirado en las cortes europeas, con benefactores como Enrique III de Nassau y Floris van Egmond, se relacionó con personajes importantes de la sociedad donde vivió. Pero esta exposición me hice ver también a un Jan van Scorel sensitivo, todo sentimiento, capaz de dejar que sea el corazón el que maneje sus pinceles. El precioso retrato de Agatha van Schoonhoven, que ha sido cedido temporalmente al Museo Central por la Galeria Doria Pamphili en Roma, nos cuenta la historia íntima de una relación que duró hasta la muerte del pintor en 1562, y de la que nacieron seis hijos. En la mirada de Ágatha hay un aire transparente de discreción que no oculta su interior equilibrado, pero solamente Jan van Scorel conoce el secreto de sus promesas en la sonrisa cómplice que los une. Es lo que yo llamo el discreto encanto del silencio.