El Cómic: Del Tebeo a la novela Gráfica y el testimonio. Por: Macías Berenguer

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No sé por donde empezar. La verdad es que encontrándonos en los albores de agosto, con un calor que achicharra, cualquiera se sienta y escribe sobre algo relacionado con el arte. Sudor, cerveza fresca que no mitiga la sed pero atiborra a mis musas, carencia de artistas en una urbe despoblada –todos se han ido a Salou o a la Luna-, sí, creo que ya estoy listo para empezar, me demoraré lo justo para prenderme un cigarrito. Abróchense los cinturones, hoy toca el mundo del cómic, allá vamos, allá voy.

( Macías Berenguer )

 

 

 

El Cómic:  Del Tebeo a la novela Gráfica y el testimonio. Por: Macías Berenguer.

 

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 Mi primer contacto con el mundo del cómic fue cuando se llamaban tebeos, los leía al revés, la historieta boca abajo, yo era muy pequeño para darme cuenta donde estaban los pies y las cabezas. De hecho tengo una foto que lo constata, una pila de tebeos de Tintín a la vera de mi cama cuando tan sólo tenía tres años. Entonces, claro está, no hubiera supuesto que este arte (el noveno, no lo olvidemos) marcaría mi modo de ver el mundo ni que Hergé, el creador de mis adorables Hernández, Fernández y el Capitán Haddock, fuera a ser tachado de pro-colonialista por su obra Tintín en el Congo.

Después ocurriría en el peluquero, cuando y donde en la sala de espera Mortadelo y Filemón apaciguaban los miedos si todavía el barbero era un ser monstruoso que te apuraba las patillas con una navaja increíble. En aquella misma sala de espera coincidí un par de veces con el repelente niño Vicente, un chaval estereotipado de camisa a cuadros, jersey de cuello picudo, gafas y raya al lado. Aquel ser se reía a carcajadas con los caracoles que aparecían camuflados en las viñetas de Francisco Ibáñez. No me puedo creer que la editorial Bruguera tan marcada por la censura y lo predecible de sus gags pudiera provocar semejantes risotadas, pero lo cierto es que, a los niños de los setenta y ochenta, nos marcó y mucho.

 

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En Estados Unidos las cosas habían ido a otro ritmo, el cómic underground (el cómix), ya había hecho mella en la sociedad de los años sesenta. Robert Crumb, -padre de El Gato Fritz o Mr. Natural- había comenzado sus andanzas en el mundo del fanzine, cuadernos de ínfimas tiradas, -apenas unos cien ejemplares en algunos casos-, paridos de la autogestión por parte de unos adolescentes con acné que ansiaban crear y recluirse en su particular universo. La gente empieza a conocer a este dibujante a través de la muy pirateada revista Zap, donde ya lanzará alguno de sus eslóganes: “Ayudad a construir una América mejor!, ¡pasaros! No sabemos si es casualidad que unos pocos años más tarde las convulsiones sociales producidas por la guerra de Vietnam pasaran factura tanto al gobierno como a los ciudadanos por objetar. El arte underground mete el dedo en la llaga pero me consta que es pacífico. ¿Qué hubiera pasado si Crumb hubiera dibujado en Hermano Lobo o en El Papus aquí en España?…

Haciendo un flashback en década, Frank Miller, guionista, dibujante, entintador y director de cine en los últimos tiempos, comentaba en un artículo reciente que el mundo del cómic en EEUU sufrió durante los años cincuenta una gran crisis a raíz de un libro muy malo escrito por “un psiquiatra pop”. No nos revela sin embargo, quién fue el tal “psiquiatra pop” pero lo cierto es que traumatizó a su –nuestro- querido arte durante toda aquella generación. Los cómics fueron etiquetados como la causa principal de la delincuencia juvenil, las editoriales se tambalearon, se acongojaron ¿a qué parámetros ceñirse? ¿qué sería lo políticamente correcto para la familia americana de bien?…Los años sesenta fueron un sueño febril y Robert Crumb, un valiente que contribuyó a la explosión creativa y porque hacía falta, a la explosión irreverente. Sin ser tan ácido y en otra onda, el estadounidense Richard Corben nos introduciría en el mundo del erotismo y la ciencia ficción despreciando a su manera a las instituciones establecidas de ayer y de siempre.

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Aquí, en el viejo continente y a partir de los años setenta, Milo Manara y Hugo Pratt han sido los grandes exponentes de un cómic estilizado, de una finura y de una delicadeza en cada trazo –y aunque suene un tanto chauvinista lo voy a decir-, propiamente europea.

A nivel estatal, en los años ochenta pudimos ver un renacimiento del cómic en revistas como el Cairo, Bésame Mucho, el Víbora, Tótem, Makoki…con toda la amalgama de artistas nacionales e internacionales que aquello supuso, ¿qué fue de ése renacimiento?

Supongo que hoy día, editoriales como Planeta han ocupado, devorado el panorama. Lo callejero no triunfa, el fanzine, si costó en España despuntar, murió prematuramente. Todo tiene que ir en tapa dura y en edición de lujo. Sí que encontramos cómics en librerías especializadas pero como en todo arte, el elitismo absorbe y desprestigia a los hermanos pequeños.

Hoy día se ha acuñado el término “novela gráfica” ¡pero cuidado!, cualquier cosa no es novela gráfica –y no porque yo lo diga-, novela gráfica supone una calidad, normalmente en formato de lujo, donde el guión es fundamental y la historia está cerrada, es indivisible en capítulos. Llaman novela gráfica por ejemplo a Maus, de Art Spiegelman. Es una historia verídica del holocausto judío que relata las experiencias del padre del mismo autor y sus tribulaciones por Polonia y Auschwitz. La obra provocó grandes elogios por parte de la crítica, de ahí que fuera el primer cómic que ganara un premio Pulitzer. Las historias reales calan, por eso también caló profundamente en los lectores Persépolis, de Marjane Satrapi, su autobiografía sin embargo nos lleva a Irán en los ochenta, y el cómo tuvo que huir de su país debido a la educación progresista que había recibido, el choque que conllevaba tener una ideología libre en un régimen islámico extremo. 

 

little nemoEn contraposición, y lejos de todo lo que nos toca el corazón, tenemos a Philippe Vuillemin, que con su obra Hitler=SS publicada en la revista francesa Hara-Kiri y posteriormente en Makoki ofendió al público por su sátira tanto de los nazis como de los judíos y tuvo consecuencias graves, por ejemplo la de ir a juicio. Fue la gota que colmó el vaso para la revista catalana que ya sufría de la solvencia de su mecenas. Aquello cerró. ¿Nos podemos mofar de todo, hasta de lo más sagrado? La crítica y la ley dicen que no.

Volviendo a mi infancia, recuerdo cómo me marcó el universo Marvel, el de los superhéroes musculados, de mallas y patriotismo barato que daban puñetazos a todo villano que pretendía atentar contra la sociedad del bienestar. Hoy ya no puedo decir que aquel mundo rezume frivolidad gracias a autores como Frank Miller, -previamente mencionado-, ilustradores como Dave McKean o guionistas como Neil Gaiman que han hecho de esta imaginería algo literario. Sus obras también merecen el título de novela gráfica. El arte llama al arte y el compendio acaba siendo mucho más rico, más hermoso. Tenemos gente que ve y se reúne creando un mismo universo, enredándolo en el  psiquiátrico Arkham o en las historias de Sandman, entre otros escenarios. Y cuando este mundo toca lo literario…¿qué pasaría si el Sr. Buendía se topara una mañana con Batman?.

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Sé que me dejo en el tintero muchos autores, muchos títulos y muchas referencias, Quino, Simon Bisley, Jim Lee, Will Eisner, Watterson, Ralf König, Mauro Entrialgo, Miguelanxo Prado, Shelton, Josep M. Beà, Ivà, John Buscema, Uderzo y Goscinny, Schulz, Rosinsky y Van Hamme, Windsor McCay, Franquin, Peter Bagge…en apenas dos folios es imposible resumir la historia de este arte indudable, el debate que crea y ha creado, sus detractores y amantes, en fin, lo que tanto ha dado que hablar desde sus inicios en el panorama nacional como internacional. Espero me disculpen y disfruten del verano.