La Iluminación de Libros: Octavi Aluja. Por : Cárlos Fernández

autor1En uno de mis paseos vacacionales me encontré en un pueblo de la costa levantina un mercadillo medieval como hay tantos repartidos por el paisaje veraniego español. Entre puestos de abalorios y comestibles encontré algo distinto que inmediatamente despertó mi curiosidad. Un hombre con aspecto de monje medieval se afanaba, entre plumas y pinceles, en dibujar unas miniaturas llenas de vivos colores. La mayoría de la gente optaba, como es habitual por los puestos de collares de latón y pulseritas de cuero, la compra de hogazas de pan de pueblo y los quesos de cabra de finas hierbas al estilo tradicional.

Aprovechando que nadie se acercaba a curiosear por el toldillo de nuestro artista decidí abordarle y proponerle una corta entrevista para descubrir los misterios de ese arte centenario, casi desconocido, que es la iluminación.

 

 

La Iluminación de Libros: Octavi Aluja. Por : Cárlos Fernández.

 

caligrafía japonesa

Si nos dice alguien que se dedica a la iluminación seguramente que lo primero que nos viene a la mente es que nuestro interlocutor trabaja o es propietario de una tienda de lámparas, bombillas y material eléctrico. Si especifica un poco más y nos dice que es iluminador de libros seguramente se nos aparece la imagen de alguien que instala lamparitas de lectura en bibliotecas y mesillas de noche. Pues nada más lejos de la realidad. Uno de mis defectos, llámenlo si quieren deformación profesional, en estos artículos de Alenarte es que me gusta ser algo didáctico así que permítanme explicarles un poco de la tradición de iluminar libros y así ya podré presentarles un poco más tarde a Octavi Aluja, el iluminador que conocí.

            Pues bien, para no alargarme mucho en el tiempo me remontaré a los primeros siglos de la Edad Media en los cuales los monjes y unos cuantos nobles solían ser casi los únicos que tenían acceso a los libros. Unos porque los escribían y los guardaban celosamente en las pequeñas bibliotecas de monasterios, conventos y misiones ya que solían versar sobre el tema religioso (evangelios, salmos, misales, libros de moral, etc) y los otros porque eran los únicos con suficiente poder adquisitivo para encargarlos (tanto para hacer un regalo valioso como para presumir delante de otros nobles o para hacer ostentación de su riqueza en eventos especiales como bodas o recepciones).

            bibliasanpererodaSi se puede poner una fecha clave en la popularización de los libros –siempre usando el término popularización como algo minoritario en aquellos días- deberíamos centrarnos en los siglos XII y XIII. En el XII se empezó a secularizar la escritura de libros y se empezaron a crear talleres laicos en los que había grupos no religiosos que, tal y como hacen ahora los grupos empresariales, financiaban entre todos la carísima y costosísima creación de un libro. En el siglo XIII la fundación de las primeras universidades fue decisiva en el aumento de libros de contenido eminentemente secular: textos legales, tratados de astronomía, poemas, libros de botánica, anatomía, zoología etc. Las universidades de Bolonia, Oxford o París, que fueron de las primeras en fundarse, comenzaron el lucrativo negocio de crear las primeras editoriales que comerciaban con libros, los cuales, generalmente, versaban sobre temas relacionados con las áreas que allí se impartían. Pero no sólo la universidad propició la expansión del libro. También los aristócratas encargaban volúmenes en los que se recogían gestas, crónicas de casas reales, tratados de costumbres, canciones de gesta o de amor, libros de viajes, de caballerías, crónicas de torneos y batallas y muchos otros temas que interesaban a las clases acomodadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

  ( Miniatura S. XV)

tresrichesheuresEn el siglo XV se hicieron muy populares entre la aristocracia los llamados “Libros de Horas” y más tarde, hasta el siglo XVI fueron los textos humanistas de la Grecia clásica los que causaron furor entre los lectores.

Realmente, hasta ese siglo XVI, los iluminadores de libros jugaron un papel fundamental en la creación de los manuscritos, fuera cual fuese el tema que trataran. Fue un arte tan reconocido que, muchos de los artistas que pintaban además frescos o cuadros para capillas o casas nobles se dedicaron casi en exclusiva a la realización de miniaturas para los libros. Por supuesto que en los primeros siglos de la edad media fue una tarea solamente realizada por monjes, a veces ayudados por alguna religiosa o algún miembro del clero secular que ayudaban en las bibliotecas de los monasterios, siempre bajo la supervisión de un monje experto. Alguno de ellos empezó a firmar sus trabajos desde el siglo VI, pero no se han encontrado firmas de estas obras hasta el siglo VIII o IX.

            Si nos acordamos del libro o de la película “El Nombre de la Rosa” de nuestro querido Umberto Eco recordaremos como un puñado de iluminadores se afanaban en iluminar una misma obra bajo la supervisión de su maestro, el cual resolvía los detalles técnicos más difíciles y les iba indicando el modo de proceder a los aprendices o a los más inexpertos, casi siempre dedicados a tareas sencillas como la mezcla de colores, la elaboración de los pigmentos a partir de materiales vegetales o de minerales molidos mezclados generalmente con huevo, la aplicación de los colores básicos, el repasado de la tinta del boceto y cosas así.

            Según pasaba el tiempo las tareas se especializaron más y más, de tal modo que ya había un especialista en dibujar letras, otro en hacer personas o animales o flores, otros que sólo daban color a las figuras, algunos que cosían los volúmenes, otros que maquetaban la obra…en definitiva, nada muy distinto de lo que actualmente hace una editorial moderna. Tanto es así que el que escribía el texto solía dejar espacios en blanco para las ilustraciones dejando notas al margen tal y como hacemos ahora los que escribimos libros didácticos, por ejemplo para que posteriormente el ilustrador sepa lo que queremos representar. El iluminador leía las sugerencias del escriba y componía lo que éste quería.

            En muchos códices que podemos observar en iglesias, museos o bibliotecas podemos apreciar que la caligrafía de la primera letra solía ir adornada con motivos alusivos al texto, de modo que si este trataba sobre animales podías encontrar detalles de alguno de ellos en una ornamentada mayúscula inicial.

            Se llegaron incluso a escribir manuales sobre cómo iluminar los libros y muchas veces las miniaturas se copiaban de otras ya existentes.

            Parece ser que el orden de color era muy estricto, aplicándose primero los colores básicos, la delineación de las figuras, posteriormente las sombras y los colores más oscuros y finalizando con los blancos para dar efectos de luz.

            Los manuscritos que propiamente se podían llamar iluminados eran los que contenían láminas de oro o de plata en sus dibujos y eran éstos los más caros, obviamente, no sólo por los materiales empleados sino por la dificultad de su realización.

            Volviendo ahora, después de este pequeño apunte didáctico, a nuestro mercadillo medieval y a nuestro iluminador tarraconense, comencé a interesarme por su trabajo y una de las cosas que le pregunté es si había muchos iluminadores en España actualmente. Me respondió que según él creía saber, no llegaban a la decena.

            Es de mérito que personas como Octavi hayan tenido el interés de recuperar y mantener este arte casi perdido en la memoria medieval, en muchos casos con formación autodidacta, a partir de la lectura de textos y manuales antiguos y en muy pocas ocasiones lo suficientemente reconocido. Tengamos en cuenta la cantidad de años que tardaba en formarse un iluminador dentro de un taller dirigido por un maestro que ya era ducho en las técnicas del oficio y aún así el talento que había que atesorar para llegar a ser uno de los mejores. Pues bien, Octavi Aluja ha necesitado también muchos años de formación e investigación para llegar a unir sus dos grandes pasiones: unir la palabra y la imagen. Según su biografía, desde que nació en 1958 hasta el año 1995 no pudo cumplir este deseo. Entre medias se obligó a estudiar y aprender el riquísimo mundo de la caligrafía y del libro manuscrito iluminado. Empezó sobre tabla realizando iconos y retablos hasta que poco a poco fue dominando el arte de la miniatura. Desde entonces hasta ahora ha realizado numerosas exposiciones y ha participado en numerosos talleres donde enseña su arte con orgullo y pasión. Los veranos, como antaño hacían juglares y otros artistas medievales, va de pueblo en pueblo popularizando el noble arte de la iluminación para que no sólo clérigos y nobles tengan acceso a los manuscritos iluminados sino que también nosotros, el vulgo, los villanos,  podamos, al menos, disfrutar de la bellísima inicial de nuestro nombre hecha a mano por uno de los pocos iluminadores que quedan en España y hacernos la ilusión de que esa letra pueda ser el comienzo de un manuscrito donde, en un futuro, puedan cantarse nuestras gestas.

* Más información sobre el artista, aquí.

Y en estos dos enlaces pueden escuchar una entrevista realizada al artista en 2008 por nuestro redactor.

entrevista copista1

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