La muerte del Joven Werther… El Nacimiento de J. W. Von Goethe. Por : Luís Felipe Valencia

Nubes_nocturnas_radiantes_casa_jardin_Goethe

Mientras Goethe haya sacado provecho de su experiencia catártica en el desarrollo del Werther, poco le importa el lugar que pueda tener su obra en el corazón de quienes la vayan a leer. Si mediante su desahogo espiritual Goethe ha dejado de naufragar y toma las riendas de su vida, puede darse por contento. Con el Werther, bien lo refiere Rafael Cansinos Assens, «Goethe mata a un pelele para no matarse a él mismo». ( Luis Felipe Valencia).

 

 

 

 

La muerte del Joven Werther…  El Nacimiento de J. W. Von Goethe.  Por : Luís Felipe Valencia.

 

 

Wilhelm_Amberg_Vorlesung_aus_Goethes_Werther

A la medianoche, se escuchó el disparo proveniente de la habitación. El joven Werther se ha suicidado y el no menos joven Johann Wolfgang von Goethe, con su pluma, le ha prestado el arma al suicida. Sobre el escritorio, Emilia Galotti ha presenciado lo sucedido. Goethe ha escapado y en una especie de sacrificio se ha librado a sí mismo de la muerte con los últimos suspiros de Werther. «Me liberté con una violenta revolución», nos dice el escritor refiriéndose al hecho. Pero no ha sido simplemente un librarse de la muerte: Goethe se rescata a la vida. El hombre se ha protegido de las manos del romántico suicida. Si no era él, era yo: se trató de un crimen en defensa propia —argumentaría el poeta cuando le llaman homicida—. Bien que la muerte del impulsivo Werther trae muchas otras, jóvenes que se identificaron tanto con su vida que entregaron también la existencia, como lo dice la leyenda que hay tras la obra, Goethe se salva para la historia, con todo y que el temor y las tristezas nunca le abandonen.

Sobre la mesa, la imagen cruenta de aquella muerte; y en el amigo, el fiel Guillermo, el diario de sus padecimientos. Werther se ha despedido del mundo. Queda su testimonio en las cartas que a Guillermo dirigió: sus palabras, sus descripciones y, en últimas, sus padecimientos, que vienen a ser el discurso del alma romántica —tal vez la más extrema en su momento— que Goethe luego valorará con distancia. El escritor alemán se alejará como de un vicio. No sobra recordar sus palabras a aquellos que, sin ninguna reserva, vinculan a Goethe con el romanticismo: «El romanticismo es la enfermedad, el clasicismo es la medicina». El Goethe romántico fallece en el suicidio del joven Werther; o, bueno, podría decirse que si los ánimos frenéticos no se despiden de él, el poeta ha comprendido la lección. Y, sin embargo, la romántica obra y su influencia se mantienen. Mientras Goethe haya sacado provecho de su experiencia catártica en el desarrollo del Werther, poco le importa el lugar que pueda tener su obra en el corazón de quienes la vayan a leer. Si mediante su desahogo espiritual Goethe ha dejado de naufragar y toma las riendas de su vida, puede darse por contento. Con el Werther, bien lo refiere Rafael Cansinos Assens, «Goethe mata a un pelele para no matarse a él mismo».

Nada más acercarse a Stefan Zweig para recordar la lucha interior que subyace a la creación de la obra de arte: lucha con el demonio que tan bien suena a los oídos románticos. Goethe era consciente de su necesidad de lucha, de ruptura, para despertar a todo lo que le espera en la naturaleza; así, aquel abrir los ojos ya se puede entrever como uno de los deseos del pusilánime Werther. Sin reservas, éste le escribe a su amigo: «Sólo la naturaleza posee una riqueza inagotable; sólo ella forma a los grandes artistas». Goethe sabe que el arte se alimenta de dos fuentes: la naturaleza del alma humana y la naturaleza del cosmos, y siempre tendrá presente tales principios en su incesante actividad de comprender mejor la vida sintiéndola transcurrir. Mundología goetheiana. La amistad con el joven Schiller y el contacto con el inestimable Byron removerán luego en Goethe, al final de su vida, aquellas emociones internas de su juventud.

Pero, regresemos al Werther. Lejos de su casa, en un lugar en el que pretendía reposar y deleitarse en las páginas de Ossián y Shakespeare, el joven encuentra a «la más amable de las criaturas», Carlota. Tras conocerla, escribe a su muy querido Guillermo: «Soy feliz y estoy contento; por tanto, seré mal historiador». Con sus cartas, el enamorado quiere recrear la historia de su muerte, reconociendo —como lo hará años después el italiano Benedetto Croce al acercarse a la filosofía de la historia y a la labor de los historiadores—, que su historia no podrá tener nada de objetivo o pasivo de su parte; más bien mucha emotividad. El amor romántico, impulso y ardor del corazón a la vista y el recuerdo del ser que se ama, ya se entrevé en las primeras líneas que Werther envía a su amigo. Las extrañezas del corazón —extrañezas que Goethe siempre exploró—, esas rarezas del amor, son las que refiere el joven en sus cartas: el deseo que Carlota despierta en él no es correspondido con igual intensidad.

Ella se sabe comprometida para el matrimonio, encuentra en los niños la alegría de su corazón y en los libros, el piano y los paseos por el jardín la cura de sus tristezas. Semejante al Sterne del Viaje Sentimental que con una encantadora facilidad logra escaparse de las penas dirigiéndose a una «misteriosa senda de terciopelo que la fantasía riega con capullo de rosas». Carlota, como lo fue la amiga que Goethe amó durante toda la vida, es una gran mujer. Sin mucho ruido, se convierte también en una de las proyecciones del poeta, quien incansable busca su personalidad. Así, no olvidemos un detalle bien especial en la obra: Goethe entrega a la muerte su confusa juventud, su pasado en Werther; a Carlota la deja viva, aunque en las últimas líneas de la novela nos diga que se tema por su vida.

El contraste de personalidades ya es de hecho llamativo en Alberto y Werther, los dos amantes de la bella Carlota. Aquél, su prometido; éste, su desesperado pretendiente. Son dos hombres de naturaleza distinta y no sin inteligencia logra ella que sean amigos. Y cuán extraño suena que este par tan dispar puedan serlo, sobre todo con una mujer amada en común. El mérito es todo de Carlota quien, para provecho propio, logra que sus adoradores se estimen. Werther dio cuenta de ello en sus cartas, así como también da cuenta de sus animadas y fraternales discusiones con Alberto. Nuestro héroe romántico, como sujetándose a su final, no puede ver en el suicidio más que un acto de admirable valentía en el que el corazón y la sinrazón tienen la última palabra; por el contrario, el prometido de Carlota, Alberto, se indigna ante tal valentía: que no tal, cobardía viene a ser desatender la luz que la razón brinda. Así, es Goethe mismo quien amonesta al joven Werther, al joven del que trata de librarse, y es Goethe mismo quien le envía en su cumpleaños —el mismo 28 de agosto del que el poeta procede— la obra de Homero, empacada y entregada por el queridísimo Alberto.

«Sí; yo no soy otra cosa que un viajero, un peregrino en el mundo. ¿Y tú? ¿Eres algo más?», pregunta Werther en sus cartas; pero, bien lo sabemos, su lectura de Homero no es más fuerte en su corazón que la impresión producida por la de Ossián. Si existen líneas que alegran el espíritu, con facilidad Werther encuentra las otras, las que se acomodan a su angustia y argumentan sus determinaciones. Goethe, sin menoscabo de estas últimas, prefirió siempre las primeras: con todo y que la oscuridad demoníaca siempre le haya coqueteado, prefirió siempre la luz. Mientras Werther clama, sin afán paródico y desde lo más profundo de su corazón, «¡Dios mío!, ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?», Goethe reclama su libertad, libertad que viene de Grecia cuando le hablan al oído Píndaro y Homero.

Y, ¿cómo transcurren los últimos días de Werther, del joven Goethe? En sus últimas páginas, el poeta se aleja del tono personal y epistolar que guiaba el libro; se desprende de Werther y observa su muerte desde la distancia del narrador que todo lo ve. El joven suicida ya no escribe. A las dificultades técnica y narrativa se suma el deseo de contemplar el desprendimiento. Werther se lamenta por su suerte y otra voz nos cuenta lo ocurrido, nos narra su desesperación. El joven vacila —«¡Ah! ¿Es que me falta valor para morir?»—, no se convence; no obstante, las sinceras palabras de Carlota le ayudan a resolver sus sufrimientos. Con términos prestados por un Goethe que después emprendería un nuevo camino, la bella le dice al desesperado amante: «Podéis y hasta debéis venir a vernos; pero también debéis procurar ser más dueño de vos. […] Sed hombre… y triunfaréis de esa fatal inclinación que os arrastra hacia una mujer que todo lo que puede hacer por vos es compadeceros. […] Tened calma. ¿No comprendéis que corréis voluntariamente a nuestra ruina? …¡Ah! Temo que la imposibilidad de obtener mi amor es lo que exalta vuestra pasión».

Sí, todos lo sabemos y hemos sido testigos: aquella imposibilidad es la que lleva a la muerte al joven Werther. Goethe, por su parte, aprende en el rechazo una forma más de ver los aconteceres naturales de la vida —acontecer por demás desalentador—. Y no podemos decir que Carlota no correspondiese el amor del jovenzuelo, ella también asumía su tragedia mezclada con el real amor que sentía por Alberto. Goethe no tiene necesidad de morir para superar el amor por tal mujer: tras la desfachatez de Werther, el poeta comprende mejor la naturaleza de sus tristezas y sus alegrías. Goethe se asume a sí mismo y consigo a la vida en sus obras. «Lealtad para la vida —dice el maestro Alfonso Reyes—, lealtad que viene a ser con la resignación, la verdadera figura de su mística». La mística goetheiana. Asimismo, Beethoven nos envía su empujón, animado en sus notas: «Goethe vive, y todos nosotros debemos vivir con él».