Llegar al Norte. Por : Isabel Sacristán

GauguinOtahi

 

Cambiaba de rumbo buscando los puntos más elevados del paisaje que se ofrecía a su vista, y cada vez los valles iban quedando más atrás y las pequeñas aldeas sólo eran ya diminutos puntos más oscuros que destacaban sobre el color amarillo de la árida tierra.

( Isabel Sacristán )

 

 

Llegar al Norte. Por : Isabel Sacristán.

 

Gauguinjinetesenlaplaya

La indígena caminaba sobre el pedregal que iba clavándose en sus pies desnudos. Vestía varias faldas superpuestas de lana y una especie de chaquetilla corta, negra, ajustada, como las faldas, al talle. Un sombrero de paja  resguardaba del sol su cabeza y apretado a su pecho a modo de bandolera un pañolón bordado con llamativas flores también de lana, sujetaba y daba calor al único hijo, casi recién nacido, que le quedaba.

            El resto de su familia había muerto de enfermedad y hambruna.

            Nada sabía, es decir, solo sabía parir y sufrir. Uno a uno había visto como morían sus hijos sin remedio, sin llanto, entregándose a la muerte con deseo, para terminar con su calvario, y de sus ojos ni siquiera había brotado ni una lágrima, tan convencida y resignada como estaba de su desgracia y destino. Su compañero se había ido AL NORTE. Ninguno de los dos sabía donde estaba ese lugar, pero habían oído que allí la vida era otra, con oportunidades, comida, trabajo y seguridad.

            Por eso él se había ido, a buscar la esperanza para poder  siquiera sobrevivir y conseguir algo que ofrecer a su familia.

            Se había despedido serio, con mucha dignidad, como comprendiendo la importancia del paso que daba, pero sin reales expectativas, con el peso del dolor en su espalda y extrañamente con un poco de ilusión en la idea anhelada de que todo iba a arreglarse.

            Ella no había recibido noticia alguna desde su partida, no sabía donde ir y empezó a caminar con la línea del horizonte en sus pupilas.

            Antes, cuando él planeaba su definitivo y final viaje, habían hablado de aquella tierra, EL NORTE, que parecía como un milagro a pesar de  desconocer su ubicación.

            Él le decía: “El NORTE  está arriba, hay que ir subiendo, me han dicho que hay que subir mucho camino, pero que al final encontraremos todo lo necesario para que nuestros hijos no mueran”.

            Eso había hecho florecer una triste sonrisa en su morena cara andina y sus ojos se abrieron esperanzados a otra posible realidad, mirando al cielo emocionada.

            Pero nada, ninguna noticia, no podía seguir así y emprendió el viaje definitivamente el viaje AL NORTE.

            Cambiaba de rumbo buscando los puntos más elevados del paisaje que se ofrecía a su vista, y cada vez los valles iban quedando más atrás y las pequeñas aldeas sólo eran ya diminutos puntos más oscuros que destacaban sobre el color amarillo de la árida tierra.

            El sol comenzó a calentar primero por un costado, luego desde arriba y ahora casi no lo sentía. Sus pies estaban helados.

            Miró a su alrededor y vió que a la derecha se elevaba una enorme roca y cada vez más rápido se dirigió hacia ella. Trepó y el niño salió de su mutismo y comenzó a llorar.

            Poco a poco fue escalando el accidentado entorno y finalmente llegó a la cumbre.

            En ese momento, el sol se estaba ocultando, era nítido, intenso y rojo, pero poco a poco  descendió del todo y el cielo se convirtió en un manto primero azul y luego negro que dejaba ver las estrellas  radiantes y limpias, que brillaban ajenas a todo, serenamente.

            Agotada se sentó en la cima y puso al pequeño a su teta pellejuda y seca, apretándolo fuertemente contra ella.

            Miró en derredor, respiró hondo y fijando sus ojos en el niño le dijo: ¡Hijo, ya hemos llegado! ‘EL NORTE, a lo más alto!, ahora tu padre vendrá a por nosotros, hay que esperar.

            Y esperó, esperó, esperó…