Reivindicación de la Palabra: El Idioma, tradición y modernidad. Por: Amando Carabias.

El idioma (no sólo el léxico) es un monumento similar al legado arquitectónico, pictórico, escultórico o musical que nos enorgullece y al que defendemos incluso con leyes penales que castigan a quienes atentan contra el patrimonio histórico-artístico, cualquiera que sea su índole.

 

 

Es verdad que el abuso de términos cuyo conocimiento es infrecuente o ha caído en desgracia genera la huida masiva de los lectores. También es cierto que, probablemente, el consejo más sabio sobre el método para escribir, lo dio Miguel de Cervantes cuando en el prólogo de la primera parte del Quijote sentenció: “Escribe como hablas”.

 

( Amando Carabias )

 

 

 

 

 

 

 

  

 Reivindicación de la Palabra: El Idioma, tradición y modernidad. Por: Amando Carabias.

 

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¿Con qué herramientas trabaja el escritor?

No me refiero a los trebejos con los que concreta su actividad. No hablo ahora de escritura amanuense o mecanográfica o informática. Pienso en algo más básico y que aúna a cuantos escriben. Me refiero, en fin, a la palabra.

Pudiera ocurrir que ni siquiera sea la palabra la materia prima de esta actividad que nunca nos satisface. Quizá fuera más cabal hablar de ideas, sentimientos, psicologías, argumentos, pero emprenderíamos un viaje demasiado largo y abisal, porque se reflexionaría, no sobre la tarea específica del escritor, sino sobre la de todo creador. Al fin y al cabo, los artistas plasman con los útiles propios de su arte las convicciones, dudas, sueños, deseos, frustraciones…, la vida que le circunda o la que bulle en su entraña más inaccesible. Quedémonos, por hoy al menos, en que la palabra es materia prima con que el escritor laborea el surco cotidiano de una tarea cuyo fruto pocas veces está en sus manos.

Uno no se imagina a ningún profesional inexperto en las destrezas básicas del manejo de los adminículos de su actividad. Se me ocurren multitud de ejemplos que nos ruborizarían. Supongamos un taxista ignorante del código de la circulación o de la misión de los pedales del freno, el embrague y el acelerador; pensemos en un fontanero que desconozca el funcionamiento del soplete o el uso de la estopa; imaginemos un albañil que escrute la llana o la plomada como si debiera activar el panel de control de una nave espacial; o un cirujano que temblase a la hora de tomar el bisturí en la mano…

En pura consecuencia, lo mínimo exigible a un escritor es que conozca las palabras de su idioma con cierta profundidad y amplitud. Un escritor (como cualquier profesional en el desempeño de su oficio) no debe limitar el uso del idioma al habitual manejo cotidiano. Bajo mi humilde percepción, el registro idiomático de quien utiliza las palabras como si fueran arcilla con la que el alfarero moldea sus piezas, ha de ser más variado y amplio que el del común de los hablantes.

Una de las críticas que más me sorprenden cuando la escucho o la leo (no pocas veces) es que tal o cual escritor utilizan un lenguaje rebuscado y difícil para los lectores.

EdQ

Es verdad que el abuso de términos cuyo conocimiento es infrecuente o ha caído en desgracia genera la huida masiva de los lectores. También es cierto que, probablemente, el consejo más sabio sobre el método para escribir, lo dio Miguel de Cervantes cuando en el prólogo de la primera parte del Quijote sentenció: “Escribe como hablas”. Y ya metidos en la harina de dichos, sentencias, refranes y consejas, podríamos traer a colación el famosísimo aserto de Baltasar Gracián: Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Aun suscribiendo lo anterior, siempre me ha parecido que en el quehacer del escritor debería existir una faceta, no pequeña, que tiene que ver con la conservación del tesoro transmitido por nuestros predecesores.

El idioma (no sólo el léxico) es un monumento similar al legado arquitectónico, pictórico, escultórico o musical que nos enorgullece y al que defendemos incluso con leyes penales que castigan a quienes atentan contra el patrimonio histórico-artístico, cualquiera que sea su índole.

El idioma también es una criatura viva y esta circunstancia pareciera que lo transforma en menos venerable que nuestros monumentos, cuadros, esculturas… Que se sepa, al menos yo lo ignoro, ninguna normativa penaliza su mal uso. Lo que vulgarmente se califica como dar patadas al diccionario, a veces parece chistoso, si se me apura se enarbola como seña de contemporaneidad.

Pero más que el uso indebido, me preocupa el desuso, el empobrecimiento, lo paupérrimo de la expresión escrita.

Desde aquí defiendo la excarcelación de centenares de palabras. No cometieron delito, ¿por qué, entonces, se les priva de libertad? Sería menester una vastísima ley de amnistía para palabras enclaustradas en un eremitorio que les fuerza al mayor suplicio para las voces: el silencio. Si pudieran ellas por sus medios, saldrían ufanas de las páginas de los diccionarios donde permanecen hacinadas e inactivas para incrementar el vigor de nuestra musculatura idiomática.

Es verdad que en estos umbríos vasares de palabras aparece con relativa frecuencia la abreviatura ‘desus.’, es decir, desusado. Tanto no reclamo, pues con tal reivindicación es como si pretendiera que el retrato del tatarabuelo bajase del lienzo para ver a nuestro lado el último partido de fútbol. Pero sin llegar a tales extremos (aunque, ¿por qué no en los casos en que se den circunstancias favorables?), creo que es misión del quehacer del escritor resucitar palabras que quizá nunca se debieron perder.

Es malo para la comprensión lectora abrir muchas veces esos museos de palabras durante la lectura del mismo libro. Probablemente sea una razón suficiente para que ese volumen no se acabe nunca. Pero también es perverso, e igual de contraproducente, pensar que, porque el diccionario se consulte de vez en cuando, el escritor que nos obliga a semejante esfuerzo es artificioso, rebuscado e ilegible, y no se pondere, en cambio, su afán por incrementar la riqueza de un vocabulario tan exuberante como el nuestro, o lo que es lo mismo, la búsqueda de precisión en la expresión de las ideas.