Ícaro y las Palabras. Por: Amando Carabias María.

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Acortar, alargar, espulgar, esparcir, recortar, acrecer, rodear, omitir, mostrar, sugerir, ordenar, desordenar, son tareas que forman parte del oficio, del laboreo silencioso del que se hablaba en el primer artículo de esta serie. Pero en algunos casos, antes o después, llega el instante en que las historias o reflexiones que uno ha vestido con palabras salgan a la calle, solas por primera vez, con la única misión de que otra mirada diferente a la de su creador las contemple.

 

( Amando Carabias)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ícaro y las palabras. Por: Amando Carabias María.

 

Desde que uno asomó sus pestañas al mundo de la red, ha experimentado en sus propias carnes, lo que en teoría es sabido desde los tiempos estudiantiles. Sin embargo, nunca es lo mismo conocer algo por referencias, aunque éstas sean muy precisas, que experimentarlo. Es verdad (y procuraré no repetirme en exceso) que en Internet hay mucho rostro cubierto con caretas y que utilizan el disfraz para disparar a dar, pero no es menos cierto que también hay mucha sinceridad y mucho afán por construir, por aportar. Si, como es mi caso, se cuenta con la fortuna de gozar de un puñado de lectores (máxima aspiración de un escribidor) y además se tiene acceso a ellos y se ha instaurado un canal de comunicación cuya base sea la sinceridad, el escribidor descubre muchas cosas.

Aclararé antes de continuar. No se trata de que quien escriba varíe su escritura (ni en forma ni en temas) por lo que demanden los lectores. Mal camino, mal escribidor y malos lectores, si tal sucediera. Se trata de otras muchas cuestiones, pero hoy ni siquiera quería reflexionar sobre ello, sino sobre la independencia de los textos, o sobre su propia personalidad.

laperegrinaciónbasquiatEl otro día, no hace mucho, con un par de breves textos de mi autoría, que no vienen al caso, se produjeron interpretaciones dispares, pero no contrarias, más bien complementarias, poliédricas, al menos. Y esto me llevó a pensar sobre el asunto.

Por así decir, las palabras surgidas como por arte de magia de las yemas de mis dedos, en el momento en que se publican, se convierten en pájaros que abandonan el nido y que son autónomos para siempre, y emprenden un camino que a los padres sólo les es dado controlar en la distancia. Mientras esas mismas palabras (nada especiales, por otra parte) palpitan en mi casa, y sólo mi corazón es testigo de su crecimiento y de su maduración (no importa el tiempo que dure este proceso) quien escribe sabe que todo depende de sí. Acortar, alargar, espulgar, esparcir, recortar, acrecer, rodear, omitir, mostrar, sugerir, ordenar, desordenar, son tareas que forman parte del oficio, del laboreo silencioso del que se hablaba en el primer artículo de esta serie. Pero en algunos casos, antes o después, llega el instante en que las historias o reflexiones que uno ha vestido con palabras salgan a la calle, solas por primera vez, con la única misión de que otra mirada diferente a la de su creador las contemple.

Quien escribe sueña con que lo lean, es decir, sueña con que sus textos alcancen el destino por el que nacieron: el corazón de otras personas. Pero de lo que no se es muy consciente, o se es tan consciente que no se tiene en cuenta, es que las mentes a las que llegan nuestras palabras no están en la misma sintonía vital que quien las escribió. En muchísimas ocasiones ni siquiera el contexto temporal o espacial es el mismo. Esta diversidad de situaciones anímicas, vitales, espaciales, temporales, culturales, educacionales, etcétera, tiene como consecuencia que las palabras, al posarse sobre el vuelo de las miradas de los lectores, adquieran significados inimaginables para el escritor. No hablo, por supuesto, de errores de interpretación o de interpretaciones sesgadas provocadas por lecturas rápidas y superficiales, eso es otra cuestión; me refiero a interpretaciones, mejor dicho resonancias, perfectamente plausibles, lícitas y que, una vez desenmascaradas por el lector, al escritor le iluminan más si cabe.

Y lo más curioso es que un texto cuanto más íntimo, más sincero con uno mismo, más personal, más evocaciones diferentes provoca, cuando la teoría dice que, a priori, menos interpretaciones diferentes debiera tener.

Llego a la conclusión de que se cierra el circuito de la comunicación.

Una realidad, la que sea, provoca al escribidor a tomar sus útiles que plasman tales pensamientos en un texto. Una vez soportados todos los controles de calidad que se quieran, y que el autor haya establecido como necesarios, concluye en su publicación cuyo destino es otra persona, a menudo anónima y bien distinta del autor que, de pronto, al zambullirse en el texto, encuentra en esas palabras una candela que ilumina un trocito de su propia experiencia; ese efecto iluminador, al mismo tiempo, rebota sobre el propio texto en el que, de pronto, como si un arqueólogo hubiera trabajado con extremado cuidado, aparecen realidades que ni la propia conciencia del escritor había detectado. Sí quizá de modo inconsciente, pero justo es reconocer que sus ojos no las habían descubierto.

Lo habitual es que el lector guarde para sí tales descubrimientos, semejantes miradas diferentes y conclusiones que para el autor son absolutamente desconocidas… Salvo que ocurra, como a mí me sucede, que el lector se atreva a hacer partícipe al autor de sus hallazgos.

Quizá haya escritores que estimen intolerable semejante atrevimiento. Para mí, cuando hay sinceridad y respeto, es emocionante que un lector comente con el autor su visión del texto, esa sugerencia, esa interpretación, y quizá sea ésta una de las suertes de la inmediatez que provoca la comunicación vía Internet, a pesar de sus muchos problemas, porque al final, el escribidor descubre que sí, que no es sólo una metáfora decir que el texto es una criatura que adquiere independencia en cuanto se publica, sino que es una fiel descripción de unos hechos comprobables a diario.