Mujeres Escritoras: I: Natalia Ginzburg. Por: José Julio Perlado.

palermoNacida en Palermo en 1916 y muerta en Roma en 1991, pasó la infancia y adolescencia en Turín, en 1938 se casó con Leone Ginzburg, ruso de nacimiento, estudioso de literatura rusa y conocido antifascista. Desde 1934 a 1936 Leone es encarcelado en Roma y en Civitavecchia. Siendo uno de los fundadores de la editorial Einaudi, trabajó en ella junto a Cesare Pavese. Años más tarde es detenido de nuevo y llevado a la prisión de Regina Coeli. Interrogado y golpeado por la policía alemana, muere en la enfermería de la prisión en febrero de 1944.

( José Julio Perlado )

 

 

 

 

Mujeres Escritoras. – I – :  Natalia Ginzburg. Por : José Julio Perlado.

 

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“Quien escribe siente con fuerza la necesidad de tener interlocutores – confesó la escritora italiana Natalia Ginzburg en sus “Ensayos” (Lumen) -. Es decir, de tener tres o cuatro personas en el mundo a las que mostrar lo que escribe y piensa para después hablar sobre ello. No necesita muchas: le bastan tres o cuatro. El público es, para quien escribe, una proliferación y una proyección de estas tres o cuatro personas en lo desconocido y en lo infinito”.

 

 

RomaNacida en Palermo en 1916 y muerta en Roma en 1991, pasó la infancia y adolescencia en Turín, en 1938 se casó con Leone Ginzburg, ruso de nacimiento, estudioso de literatura rusa y conocido antifascista. Desde 1934 a 1936 Leone es encarcelado en Roma y en Civitavecchia. Siendo uno de los fundadores de la editorial Einaudi, trabajó en ella junto a Cesare Pavese. Años más tarde es detenido de nuevo y llevado a la prisión de Regina Coeli. Interrogado y golpeado por la policía alemana, muere en la enfermería de la prisión en febrero de 1944.

 

 

 

 

 

 

Tras la muerte de su marido, Natalia Giznburg permanece escondida con sus tres hijos en un convento. En 1945  es contratada como redactora en la editorial Einaudi., en el 47 publica su segunda novela, “É stato cosí”, en el 49 conoce en Venecia a quien sería su segundo marido, el estudioso de literatura inglesa, crítico, musicólogo y escritor, Gabriele Baldini. Natalia Ginzburg publica en el 47 “Nuestros ayeres”, en 1957 “Valentino”, con el que gana el Premio Viareggio, en 1961 una excelente colección de ensayos, “Las pequeñas virtudes”, en el 62 “Las palabras de la noche” y en el 63 gana el premio Strega quizá con su mejor libro, “Léxico familiar” (Lumen). Escribe teatro, traduce, y publica – entre varias obras más – “Querido Miguel”, en 1973.

 

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Pero, ¿ cuáles son las indecisiones y certezas de esta mujer dura y afable a la vez, cuáles son sus secretos domésticos como escritora? Cuando habla de los “interlocutores” que necesita señala que “estas personas ayudan al escritor a no sentir por sí mismo una simpatía ciega e indiscriminada o a no sentir por sí mismo un desprecio mortal. Lo ayudan a defenderse de la sensación de desvariar o delirar en soledad”. “Quien escribe corre dos riesgos: el peligro de ser demasiado bueno y tolerante consigo mismo, y el riesgo de despreciarse”. Natalia Ginzburg tenía cuatro interlocutores: un amigo, dos amigas, y su hijo mayor. El primero de ellos era crítico y poseía la virtud de saber alentar a cualquier escritor; exclusivamente para las obras teatrales Natalia había escogido a una de sus amigas, mujer que poseía el don de la atención, “un don precioso – decía ella – que no se encuentra demasiado a menudo”. Y por fin, como “interlocutor” original tenía a su lado a su hijo primogénito. 

“Pensé durante mucho tiempo –cuenta la Ginzburg – que él no podía servirme como interlocutor porque los hijos no pueden ser interlocutores ya que suelen mostrarse frente a nosotros hipercríticos y de una sensibilidad despiadada. Si esto no ocurre, ocurre lo contrario y es todavía peor: ocurre que, consciente o inconscientemente, tienden a mitificarnos. Sin embargo, en un momento dado, descubrí que este hijo mío, a su extraño modo, es un interlocutor para mí. Es un interlocutor del siguiente modo: le doy a leer lo que escribo, él se lo lee, e inmediatamente después me cubre de insultos y de injurias. Lo raro es que sus insultos no me hieren en absoluto y que me provocan la risa. (…) Me resulta difícil explicar qué saco yo de semejante retahíla de insultos. No se trata de críticas, sin de insultos .Esencialmente le parezco una escritora azucarada y sentimental. (…) Es un misterio para mí cómo, después de tantos insultos, puedo sentirme revivificada y reanimada y urgida a seguir escribiendo. Tengo la idea secreta de que a veces lo que escribo despierta de algún modo su curiosidad, lo intriga y no le disgusta del todo. No me desprecia. En sus insultos no hay ni rastro de desprecio”.

 

 

Pero Natalia Ginzburg añade algo más que se adentra en el espíritu de todo creador. “Yo no tengo un juicio absoluto sobre mis obras, y esto me parece una mala señal. Me parece un signo de inmadurez. Cuando uno ha alcanzado un mínimo de madurez en la escritura, debe saber qué demonios ha escrito y por qué. Para esto no le sirven los interlocutores. Los interlocutores le sirven en el momento en que escribe e inmediatamente después, como a quien, en el momento de ascender una montaña, le sirve un sorbo de agua, o una mano en el hombro, o la sensación de que cerca de él hay un paso o un descanso. A los interlocutores no se les pide tanto un juicio crítico, lúcido y desencantado como una especie de participación, un aporte de palabras y de pensamientos a nuestra escritura solitaria”.

 

 

He aquí las confesiones de una mujer escritora, que podían ser muy bien las de cualquier escritor del mundo. Los creadores son así. Siempre que escucho estas confidencias se abre ante mí todo ese temblor indeciso que solemos llevar dentro los que escribimos. Ningún oficio es parecido a éste. No me imagino yo a un fontanero, a mitad de trabajo, preguntándonos desde la cocina, si creemos que lo está haciendo bien, si merece la pena seguir. Y lo mismo ante un funcionario, un comerciante, un abogado o un aviador. El escritor, en cambio necesita –en el fragor de sus dudas y de sus certidumbres – el aliento cercano de dos, tres, quizá cuatro interlocutores.